Anda dando vuelta por las redes una serie de justificaciones y de autoayuda para el buen antiperonista dignas del nivel intelectual de Iglesias… absurdas, patéticas y obvias…

Sólo tres presidentes volvieron al poder luego de al menos un período intermedio desde el Proceso de Organización Nacional, iniciado por Bartolomé Mitre: Julio Argentino Roca, Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón.

Los tres regresos tuvieron, como era de esperar ya que la historia nunca se copia a sí misma, resultados disímiles. Cristina Fernández de Kirchner, si quisiera, podría llegar a ser la cuarta.

Pensar el pasado ayuda a saber cuáles pueden ser los objetivos, los costos, los beneficios y las posibilidades de un posible regreso.

La pregunta, entonces, es, como dice la zamba, “¿A qué volver?”; si “la casa ya es otra casa, el árbol ya no es aquel. Han volteao hasta el recuerdo, entonces, ¿a qué volver?” Sobre todo, teniendo en cuenta que, de los tres regresos anteriores, sólo un presidente pudo terminar su mandato: Roca, ya que Yrigoyen fue derrocado y a Perón lo alcanzó la muerte.

“El Zorro”, como lo llamaban al tucumano, gobernó entre 1880-86, cuando asumió no había cumplido los 40 años, y entre 1898 y 1904. Creador del Partido Autonomista Nacional, la gran maquinaria de poder que gobernó ininterrumpidamente el país durante 36 años, Roca se convirtió en el titiritero de la política del Orden Conservador.

Si bien su primera presidencia estuvo signada por la instauración de una república de corte oligárquica y fraudulenta, justo es reconocer que Roca logró, para bien o para mal, construir el Estado-Nación moderno en la Argentina: afianzó el modelo agroexportador; selló las fronteras con los países limítrofes; nacionalizó los territorios arrancándoselos a sangre y fuego a los pueblos originarios; nacionalizó el puerto de Buenos Aires, símbolo de las cruentas guerras civiles, de la mano de la Liga de Gobernadores; sancionó la Ley de Educación, primer pacto social (y al mismo tiempo operación de nacionalización de ciudadanos) en la Argentina; llevó adelante una serie de medidas laicas tendientes a separa el Estado de la Iglesia Católica, realizó una tímida política proteccionista y permitió la “peonización” del gauchaje federal hasta entonces perseguido.

El regreso de Roca a la presidencia ya no tuvo la impronta renovadora de su primer mandato. Continuidad, afirmación, institucionalización, fueron las marcas de su gestión conservadora y una fuerte política de control de los sectores populares vía: a) Servicio Militar Obligatorio (por supuesto con su doble estándar de “argentinización” de la ciudadanía pero también de políticas de salubridad y control estadístico), b) Ley de Residencia (expulsión de los inmigrantes sospechosos de cometer delitos “ideológicos”) y c) represión directa de trabajadores en las distintas huelgas llevadas adelante en los grandes centros urbanos.

En síntesis, el segundo Roca mantuvo las continuidades conservadoras pero morigeró las políticas modernizantes o dinámicas que su propio liberalismo parecía imponerles en su juventud. En términos de eficacia política podríamos decir que el único de los regresos con resultado positivo fue el Zorro.

Como todos sabemos, el regreso de Yirigoyen fue tan poco feliz como el regreso de Perón, aunque por motivos diferentes.

La primera presidencia del “Peludo” fue un escenario político en disputa en tres las tendencias conservadoras y un incipiente nacionalismo popular reivindicado por el propio presidente. De esa manera convivían las leyes obreristas, los primeros contratos colectivos con las brutales represiones de la Semana Trágica, la empresa La Forestal y los fusilamientos de la Patagonia, y la creación de YPF y la neutralidad en materia de Política Exterior con la continuidad del modelo agroexportador.

El golpe del 6 de septiembre de 1930, más allá del cansancio vital del presidente radical se debió fundamentalmente a una profundización de la política de nacionalización de la producción, tráfico y expendio de combustibles.

A mediados del siglo XX, el peronismo, nacido del seno de la disputada revolución del 4 de junio de 1943, surgió como respuesta no liberal a la crisis y decadencia de las democracias liberales europeas que hacían agua en el Viejo Continente.

Recuperando elementos de las experiencias nacionalistas de las primeras décadas y munido del cuerpo de la Doctrina Social de la Iglesia, resultó preñado y transformado –plebeyizado– por el encuentro entre Perón, el Movimiento Obrero Organizado, pero también en el abandono que hicieron del convite los sectores dirigentes de la industria. Sin esa combustión, el peronismo no hubiera tenido la potencia transformadora y subversiva que finalmente resultó para los sectores dominantes de la Argentina.

Como respuesta «nacionalista», es decir, como una apelación a una instancia comunitaria por encima del individuo y de sectores sociales cerrados, el peronismo «supone» la constitución de un «pacto social» permanente y que atraviese las diferentes instancias históricas.

Siempre resultan interesantes los análisis políticos sobre la cantidad de peronismos que incuba el peronismo. Dos, tres, cuatro, cinco, tantas posibilidades como definiciones ideológicas puedan encontrarse.

Y la clave está en comprenderlo como un suceder, pero en el que el pactismo reconoce diferentes correlaciones de fuerza. No es lo mismo la situación en 1946 con la economía de posguerra, que a principios del ’50, ni en 1973, 1989, 2003 o en la actualidad. ¿Cómo se evalúa la correlación de fuerzas? Difícil saberlo sin medirlo en la realidad empírica, pero puede servir como categoría analítica posterior.

¿Con quién pacta el peronismo? Sencillo: como fuerza política independiente de los sectores dominantes de la economía, utiliza como palanca de negociación la legitimidad electoral propia, las herramientas del movimiento obrero, el aparato bonaerense, para forzar un compromiso redistributivo de los distintos sectores económicos. Esta estrategia es clarísima en los discursos de Perón en los años cuarenta y en la forma en que operó en los años sesenta y setenta para forzar la posibilidad de retorno.

¿Debería haber vuelto Perón en los setenta o debería haber muerto en el exilio como anhelan todavía hoy los sectores progresistas y de izquierda cercanos al propio peronismo?

Es imposible responder una pregunta contrafáctica, pero es posible que sin ese regreso, la historia hubiera terminado de borrar por completo el recuerdo de ese viejo líder fallecido en el exilio. Su regreso en 1972 y 1973 dio una nueva existencia –incluso en su sentido trágico y brutal– al peronismo como movimiento histórico.

A esta altura es necesario aclarar que el peronismo, lejos del imaginario representado por los 18 años de prescripción más los siete años de dictadura militar, no constituye un movimiento revolucionario o contracultural en términos de pragmática.

Se trata fundamentalmente de un movimiento político de orden, de un orden alternativo al impuesto por los sectores hegemónicos del modelo agroexportador, pero que no renuncia a sus orígenes en cierto tradicionalismo estatista criollo. En última instancia, hay una ligazón entre algunos aspectos del roquismo del ochenta y el peronismo de los años cuarenta.

¿Pero qué ocurre en los setenta con el regreso de Perón? ¿Es el viejo líder un conservador de derecha, como sugieren los sectores progresistas y de izquierda del peronismo? Definitivamente, no.

En el imprescindible libro Perón, de Carlos Fernández Pardo y Leopoldo Frenkel, los meses fervorosos que van de noviembre de 1972 a julio de 1974 deben ser analizados desde la hipótesis del peronismo como movimiento de orden y al propio Perón como garantía –fallida, claro– de normalización del sistema político.

La institucionalización que propone Perón no es una unidad nacional boba.

Repasemos: desdeña el gran acuerdo nacional con el ejército liberal de Lanusse pero ofrece el abrazo a Ricardo Balbín como líder del otro gran partido popular y democrático, propone un pacto social progresista entre la CGE y la CGT con claras ventajas legislativas, en materia internacional enfrenta la administración de Henry Kissinger, rompiendo el bloqueo a Cuba, e intenta desmilitarizar la represión judicializando los actos de violencia política de organizaciones armadas.

Perón, contrariamente a lo que dice la izquierda y el «progresismo zonzo» (precisa definición dantesca), desafía la doctrina de seguridad nacional instalada desde el Plan Conintes por el apretado gobierno de Arturo Frondizi.

Perón fue mucho más coherente que lo que sus detractores –de afuera y de adentro– aseguran. Y fue mucho más sencillo, también. Si hay algo que podría definirlo es su concepción de nacionalismo popular pactista –no entendido en sentido peyorativo–, con una fuerte impronta reformista y el componente reivindicativo y simbólico aportado por Evita.

La construcción del Perón contradictorio, casualmente, está cimentada en los años noventa con los relatos de los intelectuales del neoliberalismo que necesitaban hacer maleable al General para justificar cualquier tipo de oportunismo estratégico y por los sectores de la izquierda peronista setentista que necesitaban justificar su propio fracaso político, generacional e histórico.

Las claves para entender al Perón de los setenta se encuentran en el Proyecto Nacional presentado el Primero de mayo de 1974. Ese, sin dudas, es el mejor Perón de todos los tiempos.

Cristina Fernández de Kirchner tiene, si quisiera, la posibilidad de ser la primera mujer en volver a ser presidenta y se equipararía con Perón en la posibilidad de un tercer mandato. Sería un proceso histórico.

Pero, claro, el pasado le ofrece algunas alternativas: a) la institucionalización conservadora de Roca, b) la radicalización fallida de Yrigoyen, c) la institucionalización radicalizada fallida de Perón. Tiene una cuarta posibilidad que es, obviamente, construir su propia continuidad. Pero parece difícil escapar a los modelos anteriores.

En mi opinión personal, Cristina Fernández de Kirchner debería, para ganar las elecciones y para obtener gobernabilidad cierta después de la asunción del mando, presentarse como la posibilidad de suturar la herida que dejó abierta la muerte de Perón: lograr una institucionalización “peronizante” de la Argentina.

¿Significa esto una totalización “peronística” de la sociedad? Por supuesto que no.

Eso sería un desvío totalitario. Significa, sencillamente, realizar los cambios estructurales necesarios para que el movimiento nacional –en términos de Pacto Social, protección del mercado interno, equitativa distribución de la riqueza- pueda diseñar un marco de negociaciones perpetuas en el célebre empate hegemónico con el liberalismo conservador.

Esto no significa otra cosa que impedir que la derecha liberal argentina pueda borrar, ya sea con golpes militares o democracias de bajísima intensidad con fusiladoras mediático-judiciales incluidas, los aportes democratizadores del movimiento mayoritario. Para eso es necesario asegurar algunas cuestiones:
a) Alentar el aparato agro-industrial exportador –alentando la descentralización hacia el interior del complejo- pero disputando los excedentes de los grandes grupos exportadores trasnacionales.
b) Impedir institucionalmente la posibilidad de realizar festivales de deudas externas que maniaten a la economía argentina a futuro, empeñando a gobernante y generaciones posteriores.
c) Nacionalización definitiva de los resortes principales de la matriz energética.
d) Democratización del Poder Judicial.
e) Desmonopolización del Espacio de Debate Público. No hay democracia posible con cartelización mediática.
f) Llevar adelante un esfuerzo estatal y privado para erradicar la infraestructura de la pobreza de la geografía argentina.

Nada de esto es posible sin un gran pacto nacional como el que pensaba Perón en 1973. En los procesos históricos de transformación se puede adelantar posiciones con patrullas perdidas, punzando, pero las ocupaciones definitivas se hacen en todos los frentes y con las alianzas más amplias posibles.

En el 2011 escribí, en un diario que ya no existe, que la “hegemonía” se conseguía con “generosidad política y una abierta convocatoria nacional” y no con una estrategia de “encierros y encapsulamientos”. Sigo pensando lo mismo, aunque hoy la correlación de fuerzas haya cambiado.

Cristina Fernández de Kirchner tiene hoy una oportunidad histórica. “Volver” no sería el camino más adecuado, en mi humilde opinión personal, nadie quiere regresar al pasado. La clave se encuentra en cómo seducir a las mayorías para poder “seguir al futuro”.

Para eso, creo que es necesario desanclar los rencores improductivos, evitar los pases de facturas indiscriminadamente, ejercitar la lógica de los acuerdos, circunscribir a los nudos adversarios, encapsularlos, convocar a las reconciliaciones, mostrarse falibles y ser “mansos como palomas y astutos como serpientes”.

Perdón por la ironía neotestamentaria.

Hernán Brienza

Deja una respuesta