“Cada uno se caga en el país como quiere” Principios de los libres del mundo. Asumamos que al Sr. que dice “Ud. no huele a República” no le gusta laburar.

Y asumámoslo sin rodeos, total no pasa nada. El problema es el régimen que ha establecido el hábil lord, pues se expandió por los jardines reales y virtuales. Hoy una gran porción de la población se arroga la virtud de distinguir, por medio de su olfato, quiénes perfuman con aroma republicano la vida social y quiénes no.

Es tal la psicosis que se ha convertido en una auténtica cacería de brujas, perjudicando incluso a propios. Llegar unos minutos tarde al trabajo, te hace perder ese olor que te eleva de la muchedumbre que vive una vida sin orden y reglas claras.

Para conocer con profundidad este fenómeno, se han hecho encuestas y focus groups en las principales urbes del país. Pero los resultados aportaron mayor incertidumbre al asunto. Sólo una certeza: el 95% cree que es una idea nueva, perteneciente a los estados más modernos y desarrollados del mundo contemporáneo. Este elevado porcentaje, alarmó a juristas e historiadores.

Así emprendieron un documental en el cual se desmitifica dicha creencia. En el film se explica que la idea es tan clásica que ya se registra en Platón. Nadie sabe del paradero de estos expertos… algunos dicen que los obligaron a sorber la cicuta socrática.

El columnista de un prestigioso diario se atrevió a llamar “vetusto carcajo” a la República, y la multitud corrió a buscarlo para descuartizarlo en la plaza pública. Su esposa e hijos debieron marcharse del país la madrugada siguiente.

Dicen que uno de los signos principales es el del ceño fruncido. Quienes poseen la virtud de la cata olfativa, emiten juicios y valoraciones de manera constante, acompañados con ese solemne gesto facial.

Si una dama o un caballero afirman que fueron amenazados de muerte, con el solo hecho de decirlo se vuelve una verdad incuestionable. Entonces se echa mano de un perejil que no huele bien y se lo juzga de forma express. A posteriori, salen a vanagloriarse envueltos con la bandera del país, con ceño fruncido y señorial altivez.

El fenómeno abarca dimensiones inéditas en la historia de la cultura. Hasta se adjetiva con improperios por doquier “pajaritos corruptos”, “geranios malvivientes”, “lentejuelas asesinas”, “almohadas golpistas”, por nombrar solo pocos ejemplos.

Se ha llegado a modificar la constitución. Con esa reforma, la palabra “transparencia” se repite 2785 veces y “en serio” unas 6266 veces. También, se ha incorporado un artículo que permite señalar con dedo inquisidor a personas, animales, objetos y astros que atenten contra los hábitos y buenas costumbres del pueblo republicano.

Inquietos científicos han hecho el intento de extraerle sangre al Sr. que dice “Ud. no huele a República”. Pero casi no se puede tener contacto con él, dicen que está encerrado en su casa acicalándose los bigotes. Y como tampoco va a trabajar a la legislatura nacional, ni siquiera un pelo se ha obtenido, para estudiar su excelso ADN.

Se conoce que el verano anterior, este distinguido Sr., saludó con un beso de mejilla transpirada a un colega opositor, el cual sufrió quemaduras de primer grado en la cara por causa de aquel bendito sudor.

Se podría contar mucho más, pero lo cierto es que este parlante ético ha traído un verdadero cambio de paradigma. Gracias a él, se puede decir, como si se estuviera oliendo un cadáver en descomposición, “yo soy un santo y vos no.”

Jorge Otero

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