30 de septiembre de 2020

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Un magnate se pasa de la raya, el comportamiento de Trump con las mujeres

Donald Trump apenas había conocido a Rowanne Brewer Lane cuando le pidió que se cambiara de ropa. “Donald organizó una fiesta en la piscina de su mansión en Mar-a-Lago. Había cerca de 50 modelos y 30 hombres.

Había chicas en la piscina, dándose un chapuzón. Por algún motivo Donald parecía estar un poco embelesado conmigo. Comenzó a charlar conmigo y con nadie más”, dijo Brewer Lane.

Continuó: “De pronto me tomó de la mano y comenzó a mostrarme la mansión. Me preguntó si tenía traje de baño. Le dije que no. No tenía la intención de nadar, pero me llevó a una habitación, abrió cajones y me pidió que me pusiera un traje de baño”.

Brewer Lane, que en ese momento tenía 26 años y trabajaba como modelo, hizo lo que Trump le pidió. “Entré al baño y me probé uno”, recuerda. Era un bikini. “Salí y él dijo: ‘¡Caray!’”.

Trump, que entonces tenía 44 años y estaba en medio de su primer divorcio, decidió presumirla ante los invitados en Mar-a-Lago, su propiedad en Palm Beach, Florida. “Me sacó a la piscina y dijo: ‘Esta es una chica Trump espectacular, ¿no creen?’”, dijo Brewer Lane.

Donald Trump y las mujeres: las palabras evocan una cascada familiar de insultos por parte del ya virtual candidato republicano a la presidencia; emite esas palabras desde la distancia segura de una cuenta de Twitter, un programa de radio o un podio al hacer campaña.

Pero la anécdota de 1990 en Mar-a-Lago que describió Brewer Lane fue diferente: un humillante encuentro cara a cara entre Trump y una joven que apenas conocía. Aquí presentamos la forma en que Trump trató en privado a algunas mujeres, los encuentros más cercanos e íntimos.

The New York Times entrevistó a decenas de mujeres que han trabajado con Trump o para él a lo largo de las últimas cuatro décadas, así como mujeres que han salido con él o han interactuado socialmente con él. En total, se realizaron más de 50 entrevistas.

Sus descripciones revelan acercamientos románticos que no eran bienvenidos, comentarios interminables acerca de la figura femenina, una astuta dependencia de mujeres ambiciosas y una conducta inquietante en los lugares de trabajo, de acuerdo con las entrevistas, así como con registros judiciales y relatos escritos.

Lo que surge a partir de las entrevistas es un retrato complejo y a veces contradictorio de un hombre provocador y las mujeres que lo rodean, un relato que desafía una categorización simple.

Al sentirse presionado por las afirmaciones de estas mujeres, Trump ha negado muchos de los detalles, como cuando le pidió a Brewer Lane que se pusiera un traje de baño. “Muchas cosas se inventan a lo largo de los años”, dijo. “Siempre he tratado a las mujeres con mucho respeto. Y las mujeres lo confirmarán”. Pero en muchos casos había una dinámica indiscutible: Trump tenía poder; las mujeres, no.

Para Brewer Lane, conocer a Trump en Mar-a-Lago fue el comienzo de un romance fugaz… una embriagadora mezcla de viajes en helicóptero, habitaciones de hotel lujosas y destellos de cámaras.

“Fue intimidante”, comentó. “Se trataba de Donald Trump”.

En compañía de mujeres

Con la compra de Miss Universe Organization, Trump entró al negocio de las mujeres jóvenes y hermosas.

Temple Taggart, que fue Miss Utah a los 21 años, se sorprendió con lo atrevido que era Trump con las jóvenes participantes en el concurso en 1997, su primer año como propietario de Miss USA, una rama de la organización de concursos de belleza. Según recuerda, se presentó de una manera inusualmente íntima.

“Me besó directamente en los labios. Pensé: ‘¡Por Dios, qué asco!’”, dijo Taggart. “Estaba casado con Marla Maples en ese entonces. Creo que hubo algunas otras chicas a las que también besó en los labios. Yo pensaba: ‘Caray, eso es inapropiado’”.

Trump niega esto, pues dice que no suele besar a extraños en los labios.

Su nivel de participación en los concursos era intenso, y sus juicios, según las participantes, podían ser hostiles. Carrie Prejean, que tenía 21 años cuando participó en el concurso Miss USA en 2009 tras ganar Miss California, se sorprendió cuando descubrió que Trump evaluaba personalmente a las mujeres en los ensayos.

“Nos dijeron que nos pusiéramos la ropa del número de apertura —era casi tan reveladora como nuestros trajes de baño— y que nos formáramos arriba del escenario para que nos viera”, escribió en su libro de memorias “Still Standing”.

“Donald Trump se acercó con su séquito y nos inspeccionó más de cerca que cualquier general que haya inspeccionado a un pelotón. Se detenía frente a una chica, la veía de pies a cabeza y decía: ‘Hmmm’. Después repetía lo mismo con la siguiente. Tomaba notas en una pequeña libreta mientras continuaba”, escribió Prejean.

Continuó: “Se volvió claro que el punto de todo el asunto se trataba de dividirnos en las chicas que le habían parecido atractivas y las que no. El ejercicio le pareció humillante a muchas. Algunas sollozaban tras bambalinas después de que se fue, devastadas por haber sido incapaces, incluso antes de que la competición hubiera comenzado, de impresionar a ‘Donald’”.

En una entrevista, Trump dijo que “jamás haría eso”. Semejante comportamiento lastimaría egos y heriría sentimientos, afirmó. “Yo no lastimaría a la gente”, dijo. “Eso es hiriente para las personas”.

Una fijación con los cuerpos

Dentro de Trump Organization, la compañía que gestiona sus múltiples negocios, Trump interrumpía ocasionalmente reuniones de trabajo para opinar acerca de los cuerpos de las mujeres. Barbara A. Res, la exdirectora de construcción de Trump, recordó una junta en la que ella y Trump entrevistaron a un arquitecto para un proyecto en la zona de Los Ángeles. De la nada, según Res, Trump evaluó el estado físico de las mujeres en Marina del Rey, California. “Cuidan sus nalgas”, comentó Trump.

“El arquitecto y yo no sabíamos a qué venía eso”, dijo Res. Años más tarde, en la oficina, después de subir significativamente de peso, Res soportó un molesto comentario por parte de Trump acerca de su propio cuerpo. “Se ve que te gustan los dulces”, le dijo. “Me estaba recordando que tenía sobrepeso”.

Su colega Louise Sunshine recibió comentarios similares de Trump cuando subió de peso. Pero ella lo consideró un comentario de amigo, no un insulto cruel. “Él pensaba que delgada me veía mucho mejor”, dijo. “Me recordaba lo bella que era”.

A menudo Trump buscaba que los demás —a veces incluso extraños— le dijeran que las mujeres con las que vivía eran hermosas. Durante el concurso Miss Teen USA de 1997, se sentó en la audiencia mientras su hija adolescente, Ivanka, colaboraba con la conducción del evento arriba del escenario. Se acercó a Brook Antoinette Mahealani Lee, Miss Universo por entonces, y le pidió su opinión acerca del cuerpo de su hija.

“‘¿No crees que mi hija es atractiva? Lo es, ¿no?’”, Lee recordó que le dijo. “Yo pensé: ‘¿Es en serio?’ Eso es muy extraño. Tenía 16 años. Qué perturbador”.

Las mujeres, colegas de confianza

Para llevar a cabo sus negocios, Trump recurría a las mujeres por una sencilla razón: trabajaban más… a menudo mucho más que los hombres, les decía.

Cuando Trump contrató a Res para que supervisara la construcción de la Trump Tower, la invitó a su apartamento en la Quinta Avenida y explicó que quería que fuera su “Mujer Trump” en el proyecto, cuenta ella. Pocas mujeres habían alcanzado semejante posición en la industria.

“Trump dijo: ‘Sé que eres una mujer en un mundo de hombres. Y aunque los hombres tienden a ser mejores que las mujeres, una buena mujer es mejor que 10 buenos hombres’”, dijo Res. “Creía que me estaba halagando”.

Trump encomendó enormes responsabilidades a varias mujeres en su compañía… una vez que demostraban que valían la pena y eran leales. Sunshine tenía poca experiencia en el mercado inmobiliario, pero como había sido la mejor recaudadora de fondos para el entonces gobernador de Nueva York, Hugh Carey, ella cumplió un deseo que Trump había tenido toda la vida: le consiguió una placa de automóvil con sus iniciales, DJT, la cual adornó su limusina durante años.

Sunshine trabajó para Trump 15 años y se convirtió en una figura del mundo inmobiliario neoyorquino por cuenta propia. Res siguió en la compañía durante 12 años, se fue después de un desacuerdo en torno a un proyecto y luego regresó como consultora durante seis años más. Ambas expresaron gratitud por las oportunidades que Trump les había dado.

En un sector que se mueve rápidamente y que los hombres suelen dominar, la oficina de Trump destacó por su diversidad, recordó Alan Lapidus, el arquitecto que diseñó el casino Trump Plaza en Atlantic City.

“Trump es mucho más complejo que su personaje de caricatura. Las personas más importantes en su compañía eran mujeres, como Barbara Res”, dijo Lapidus. “De hecho, era sorprendente que cualquier compañía contratara a una mujer como directora de construcción. No sé de ningún otro constructor que tuviera a una mujer en ese puesto. El respeto a las mujeres siempre estuvo ahí. Por eso, a pesar de los comentarios que hace ahora —y solo Dios sabe por qué dice esas cosas—, las mujeres fueron la columna vertebral cuando estaba construyendo su imperio”.

Esposa, socia y arrepentimiento

No hay mejor personaje que reúna las paradojas de la manera en que Trump trata a las mujeres en el trabajo que su primera esposa, Ivana.

Le encomendó responsabilidades importantes en su grupo de empresas y le otorgó los títulos que conllevaban esos puestos. Era la presidenta del Trump’s Castle, un gran casino en Atlantic City, y el Plaza Hotel, un complejo de varios pisos en Central Park, en Midtown. “Ivana dirigía ese hotel”, dijo Res. “Y lo hacía bien”.

Pero él la compensaba como esposa, no como una empleada de alto nivel, pues le pagaba un salario anual de 1 dólar por su trabajo en el Trump’s Castle, según las declaraciones de impuestos. Además, llegó a resentir el importante papel que ejercía en su negocio. Cuando terminó su matrimonio, Trump escribió en su libro de 1997, “The Art of the Comeback”, que se arrepentía de haber permitido que su esposa dirigiera un negocio suyo. “Mi gran error con Ivana fue sacarla de su papel como esposa y permitir que dirigiera uno de mis casinos en Atlantic City y después el Plaza Hotel”, escribió Trump. “El problema era que solo quería hablar del trabajo. Cuando llegaba a casa por la noche, en vez de hablar acerca de temas más íntimos, quería contarme sobre lo bien que le estaba yendo al Plaza o el grandioso día que había tenido el casino”.

“Jamás volveré a darle responsabilidades dentro de mi negocio a una esposa”.

Parece que cumplió su palabra. Su actual esposa, Melania, ha creado sus propias líneas de productos de belleza y joyería. Pero Trump sigue sin involucrarse en su trabajo. Después de decir que era un negocio “muy exitoso”, le costó trabajo describirlo. “¿Qué es lo que hace, en la televisión, con eso de las ventas?”, preguntó.

Acusaciones y negaciones

Una vez que su primer matrimonio comenzó a venirse a abajo, Trump enfrentó las acusaciones más serias de agresión hacia las mujeres.

En 1993 se publicó “Lost Tycoon: The Many Lives of Donald J. Trump”, del periodista Harry Hurt III, en el que se incluye una descripción de una noche en la que se dijo que Trump violó a Ivana en un arranque de ira. También incluía una declaración por parte de Ivana que los abogados de Trump insistieron en que se colocara en la portada del libro. En la declaración, ella describe una ocasión en la que sostuvieron “relaciones maritales” en las que Ivana se “sintió violada, pues el amor y la ternura que normalmente me demostraba estaban ausentes”.

“Durante una deposición que yo ofrecí en relación con mi caso matrimonial, declaré que mi esposo me había violado. Me referí a esa situación como ‘violación’ pero no quiero que mis palabras se interpreten en un sentido criminal o literal”, declaró.

Trump negó haber violado a Ivana y ella no respondió a una solicitud para comentar el asunto. Después de que la acusación resurgiera en los medios el año pasado, Ivana dijo en una declaración: “Esa historia no tiene ningún valor”.

A principios de los noventa, Jill Harth y su entonces novio, George Houraney, trabajaron con Trump en un concurso de belleza en Atlantic City, y después acusaron a Trump de comportarse inapropiadamente con Harth durante su relación laboral. En una declaración de 1996, Harth describió su primera reunión con Trump en la Trump Tower.

“Donald Trump me miró fijamente a lo largo de la reunión. Me observaba incluso mientras George daba su presentación”, dijo Harth en la declaración. “A la mitad, le dijo a George: ‘¿Te estás acostando con ella?’. Se refería a mí. George, que se sorprendió, le contestó: ‘Pues, sí’. Trump dijo: ‘Bueno, ¿solo el fin de semana o qué?’”.

Houraney dijo en una entrevista reciente que se sintió impactado por la respuesta de Trump después de que dejó claro que él y Harth eran monógamos.

“Él dijo: ‘Bueno, hay una primera vez para todo. Voy a ir tras ella’”, recordó Houraney, y agregó: “Pensé que estaba bromeando. Me reí. Pero él dijo: ‘Es en serio’”.

Para el momento en que los tres se encontraban cenando en el Oak Room del Plaza Hotel la noche siguiente, los acercamientos de Trump se volvieron físicos, dijo Harth en la declaración. “Básicamente, mencionó a gente importante durante toda la cena, cuando no estaba toqueteándome debajo de la mesa”, testificó. “Déjenme decir que trabajar para él fue una experiencia muy traumática”.

Harth, que rechazó hacer comentarios, hizo esa declaración en una demanda que afirmaba que Trump no había cumplido con sus obligaciones como socio comercial. Trump llegó a un acuerdo en ese caso pero negó haberse comportado incorrectamente. Harth retiró su propia demanda contra Trump, en la que alegaba acercamientos indeseados, pero ha reiterado sus declaraciones originales.

Trump dijo que fue Harth quien lo buscó y su oficina compartió correos electrónicos en los que Harth, a lo largo del año pasado, le agradeció a Trump por haberla ayudado personal y profesionalmente, además de expresar su apoyo en su candidatura presidencial.

Defendiendo su historial

Trump dice que el mundo malinterpreta su relación con las mujeres. Se considera un promotor de las mujeres… un hombre cuyos negocios les han dado fabulosas oportunidades de empleo y progreso. “Cientos y cientos de mujeres, miles de mujeres, ahora están mejor gracias a eso”, comentó.

Varias mujeres que han desempeñado puestos de poder dentro de la Trump Organization en los últimos años dijeron que jamás han visto que Trump trate a las mujeres como objetos o irrespetuosamente.

“Creo que hay caracterizaciones falsas de él”, dijo Jill Martin, vicepresidenta y asesora auxiliar de la compañía. Martin dijo que Trump había apoyado con entusiasmo su decisión de tener dos hijos a lo largo de los cinco últimos años, aun cuando eso significó trabajar desde casa y reducir los viajes de negocios.

“Eso es difícil cuando eres abogada”, comentó. “Él ha permitido que sea una situación en la que puedo sobresalir en mi trabajo y a la vez dedicarle el tiempo necesario a mi familia”.

Críticas que marcan

En ocasiones, los comentarios de Trump han dejado cicatrices profundas en la vida de las mujeres.

Después de que Alicia Machado ganara el título de Miss Universo 1996, algo muy humano le ocurrió: subió de peso. Y Trump no se quedó callado. Según ella, el magnate la avergonzó públicamente.

“Le dije a la presidenta de Miss Universo, una mujer muy dulce, que necesitaba tiempo para recuperarme, descansar, hacer ejercicio y comer bien. Les pedí que me trajeran un doctor para ayudarme con una dieta saludable y una rutina de ejercicios y me dijeron que sí. Me llevaron a Nueva York y me instalaron a un hotel. El próximo día me llevaron al gimnasio y quedé expuesta ante 90 medios de comunicación. Donald Trump estaba ahí. Yo no tenía idea que eso iba a pasar.”

“Estaba a punto de llorar en ese momento, con todas las cámaras. Le dije, ‘Yo no quiero hacer esto Señor Trump’, y él me respondió, ‘no me importa’”.

Trump aceptó que la obligó a perder peso. “Eso lo reconozco”, dijo sin arrepentimiento.

Sin embargo, para Machado, la humillación fue insoportable. “Después de ese episodio me enfermé, tuve anorexia y bulimia durante cinco años”, dijo. “En los últimos 20 años he ido a muchos psicólogos para combatir eso”.

Michael Barbaro y Megan Twohey 

The New York Times

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