27 de septiembre de 2020

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Turquía: réquiem para un sultán, por Guadi Calvo

Justamente el día en que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan encaraba la ímproba tarea de limpiar su imagen frente al mundo, firmando acuerdos con Tel Aviv para superar la crisis diplomática tras el “incidente” del 31 de mayo de 2010, cuando el carguero Mavi Marmara, que se dirigía a Gaza con ayuda humanitaria, fue asaltado por fuerzas israelíes, asesinando a 10 pacifistas turcos e hiriendo a otros 60.

Justamente el día en que, como si estuviera jugando a dos bandas, Erdogan pedía disculpas oficiales por el derribo del caza ruso Su 24 en noviembre del año pasado. Ese mismo día, tanta muestra de humanidad -como si lo hubiera sospechado- fue respondida con un violento ataque contra el aeropuerto Atatürk de Estambul que, hasta el momento, ha dejado más de 40 muertos y un número indeterminado de heridos, cifras que en el transcurso de las horas sin duda se irán ajustando.

La operatoria de los atacantes tiene la marca de Estado Islámico, que ya ha perpetrado numerosos atentados en Turquía. En este caso un número indeterminado de atacantes abrió fuego contra viajeros en un sector de aeropuerto con AK 44 para luego estallarse.

Pero como decíamos, este no ha sido el primer atentado, ni el más sangriento, realizado en suelo turco. Desde el año pasado una seguidilla de ataques han sacudido reiteradas veces al país.

El 20 de julio, en el pueblo de Suruç, mientras se desarrollaba un acto de las juventudes socialistas opositores a Erdogan, varias explosiones terminaron con la vida de 33 militantes, mientras otros 100 resultaron heridos. Algunos meses más tarde, el 10 de octubre, luego de que dos suicidas se inmolaran frente a la estación ferroviaria central de Ankara, murieron 95 personas y 256 terminaron heridas.

Estado Islámico se adjudicó la bomba que mató a 13 turistas alemanes en la plaza de Sultanahmet de Estambul el pasado 12 de enero. Pocas semanas después, el 17 de febrero, un coche bomba mató a otras 29 personas, aunque el gobierno acusó a un grupo armado llamado Halcones del Kurdistán (TAK en siglas kurdas), a pesar de que este tipo de atentados no son propios de la resistencia kurda. El domingo 13 de marzo, en el parque Kizilay, en el centro de Ankara, otro ataque suicida finalizó con 40 muertos y 125 heridos. El último ataque de envergadura fue registrado el 6 de este mes en Estambul, cuando al paso de un ómnibus, fue detonado un coche bomba que dejó 11 muertos y cerca de 40 heridos.

El atentado de este martes 28 de junio, sin duda, ha golpeado de manera especial a las autoridades, ya que el aeropuerto de Atatürk es uno de los nudos de conexión más importantes del mundo, el tercero de Europa: el año pasado 61 millones de pasajeros pasaron por allí, con más de 1500 vuelos al día.

Con cariño para Erdogan
No hay que ser un experto para entender que este nuevo atentado ha tenido un solo destinatario y este es el presidente Erdogan, a quien Estado Islámico ahora sí le ha declarado la guerra.

Los intentos del presidente por limpiar su imagen y despegarse de los sabidos vínculos con el Califa Ibrahim confluyen en este golpe que, más allá del número de víctimas, ha buscado dar, muy del estilo del Daesh, un golpe mediático. Todo en el contexto del mencionado blanqueo de las relaciones con Israel, que en realidad nunca estuvieron cortadas y se incrementaron a partir de 2011 con la guerra contra Siria, en la que Erdogan puso su país a disposición de los miles de combatientes que llegaron allí para penetrar al territorio sirio a través de algún punto de los casi mil kilómetros de frontera.

Campos de entrenamiento, hospitales, hangares de abastecimiento, inteligencia, información, incluso un gigantesco centro de distribución de Captagon, la droga más utilizada por los salafistas, todo lo dispuso Erdogan para colaborar con la caída del presidente sirio Bashar al-Assad, con el obvio guiño de los Estados Unidos, Francia, Reino Unido, el apoyo económico de Arabia Saudita, Qatar y el beneplácito de Tel Aviv.

Guadi Calvo

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