4 de julio de 2020

¿Todos somos Vicentin?, por Karina Micheletto

¿Todos somos Vicentin?, por Karina Micheletto

La «pueblada espontánea» en Avellaneda, «la ciudad de Vicentin», dejó instalada una «carpa del aguante», una cadena de mujeres rezando el rosario, y más recientemente un «tractorazo y bocinazo rural» en el pago chico.

Bajo las consignas «Defendamos lo nuestro, defendamos la República» y “No a la intervención y expropiación de nuestras empresas”, la movilización transformó a todos los participantes en empresarios. Ya había despertado adhesiones caceroleantes en algunos, rechazo y sobre todo asombro en otros.

Y una pregunta que se reedita una y otra vez, atravesando el drama argentino: ¿Cómo es posible que se moldeen subjetividades tan disociadas de la experiencia directa, al punto de generar identificaciones que no solo son ajenas, sino que además van en contra de los propios intereses?

Entre el huevo y la gallina, el relato mediático hegemónico parte de y al mismo tiempo instala y amplifica una cadena de significantes que moldean el relato en cuestión. Veamos el de un gran medio que tuvo la delicadeza de cambiar su edición web y agregar que «Los vecinos en su mayoría rechazan la decisión del Gobierno».

La crónica sin firma ubica a Luis Hacen, hijo de Alcira Vicentin, «tercera generación de fundadores», tomando mate con los vecinos frente a las oficinas de la agroexportadora, en lo que simbólicamente se configura como «el aguante».

La descripción resalta la idea de «empresa familiar, que siempre se quedó acá», donde este hombre empezó a los diez años «archivando papeles», y «ahora se encarga de supervisar y controlar gastos». «Acepta que no tuvieron forma de evitar el concurso y que trabajaban para alcanzar acuerdos con los acreedores. Hasta que el Presidente anunció la intervención», dice la crónica. ‘Fue un baldazo de agua fría. No es lindo que te quieran sacar lo tuyo'», dice el hombre, y la crónica. De la irregular deuda con el Banco Nación y de lo que hoy investiga la AFI como sospecha de fuga y lavado de dinero, nadie dice ni palabra.

«Acá si la empresa tiene que rendir cuentas, que lo haga. Pero ante la Justicia. Porque hoy vienen por Vicentin, mañana por Techint, después por un campo y al final por tu casa”, dice en la crónica Bruno, un empleado de comercio que participó de las manifestaciones en Avellaneda. La frase resulta una síntesis perfecta de ese sentido común que todo lo mezcla, lo tergiversa y lo confunde, pero que en un punto siempre coincide, y al final suele triunfar. Como ha dicho Sandra Russo en diversas contratapas de este diario y de diversas maneras, el sentido común podrá operar en más de un sentido, pero siempre termina siendo de derecha.

El discurso que dio el intendente (el macrista Dionisio Scarpin) ese día, y también lo que respondió en el reportaje a este diario , es otra buena síntesis: el énfasis en los «90 años de historia» de «una empresa familiar» que «siempre se quedó acá», configura un relato que choca al primer análisis cuando se lo contrasta, como hizo Sonia Tessa en las repreguntas de esa entrevista, con el escenario a futuro de venta a una multinacional.

Y más aún con el pasado, como cuando en los 90 la empresa no dudó en mudar la aceitera a Rosario dejando gente sin trabajo. O un poco más atrás, cuando en 1976 fueron secuestrados dentro de la planta cerealera 22 trabajadores , entre ellos 14 delegados , en un caso por el que aún se reclama que se investigue la responsabilidad empresarial.

Como suele suceder, hay relatos que no encajan en «el» relato (en este caso, el clamor popular «Todos somos Vicentin»). Como el que dejó la lectora de Página/12 María Jose Canosa en la nota de Fernando D’ Addario «El relato de las cacerolas «. Ella cuenta su experiencia directa: «A mí me gustaría que la gente que salió a protestar con sus cacerolas leyera mi texto.

Yo vivo en Comandante Nicanor Otamendi, durante muchísimos años la planta de Nidera Semillas fue la gran dadora de trabajo en la zona. En 2014 los dueños la vendieron a una empresa china, luego los chinos se la vendieron a Syngenta, a quienes no les resultó rentable y cerraron la planta. En 2019 el pueblo se llenó de tristeza cuando muchas familias se quedaron sin trabajo. Los más viejos tuvieron su buena indemnización, los más jóvenes quedaron en Pampa y la vía. Nadie salió a cacerolear por ellos».

¿Pero por qué, por qué y por qué, las personas insisten en identificarse y empatizar con el que está arriba, con el que además lo suele estar pisando, y no con el que tiene al lado, con el que comparte su experiencia, con su igual? Viene al caso una de las grandes obras de León Rozitchner, La cosa y la cruz.

La trasposición puede ser algo forzada, porque aquí el filósofo desmenuza el mito fundante, la identificación con un dios y no con un fraterno, y así avanza en la relación entre cristianismo y capitalismo, en la «servidumbre voluntaria».

Romper con el mandato que fija un punto lejano y siempre encima hacia el cual elevar la mirada, animarse a mirar simplemente hacia los costados, sigue siendo un ejercicio imperioso.

Karina Micheletto

Página/12

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