26 de septiembre de 2020

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Todo el poder al Sultán, por Guadi Calvo

Como hemos aprendido de las novelas policiales, tras la aparición del muerto hay que preguntarse: ¿A quién beneficia? La misma pregunta habría que hacerse tras el fallido golpe de Estado en Turquía del último viernes.

La respuesta, a apenas 48 horas, es clara: el mayor beneficiado ha sido el presidente Recep Tayyip Erdogan, que ha salido infinitamente fortalecido en el frente interno y en la consideración internacional.

Quién siga los movimientos que ha realizado Erdogan en estos últimos tiempos, pocas dudas podrá tener acerca de que se dirige a conseguir la suma del poder público; desembarazarse de los anclajes democráticos y convertirse, como lo que claramente viene evidenciando, en el Sultán de una nueva Turquía. Para ello no ha dudado en exhumar la historia del “glorioso” Imperio Otomano del Siglo XVI, de quién pretende ser el heredero, refiriéndose a una raza turca y recreando toda la parafernalia del viejo Imperio.

A principio de mayo, de manera sorpresiva, forzó la renuncia del Primer Ministro Ahmet Davutoglu, que hasta el momento era uno de sus hombres de máxima confianza, y que había conducido con éxito las negociaciones con la Unión Europea (UE) por la cuestión de los refugiados. Erdogan temió que el éxito de Davutoglu se volviera en su contra y lo colocara como un escollo para sus ambiciones de perpetuación en el poder. En el lugar de Davutoglu nombró a uno de sus más íntimos colaboradores y anémico de poder, Binali Yildirim, quien también se ha hecho cargo de la jefatura del partido gobernante de la Justicia y el Desarrollo (AKP).

Semanas antes de los atentados en el aeropuerto Atatürk, ya se mencionaba las posibilidades de una asonada militar contra Erdogan. En un artículo de mediados

de mayo del The Wall Street Journal, el columnista Dion Nissenbaum se refería a la creciente influencia del Ejército, históricamente un factor de poder en la política turca, pero al que Erdogan, desde que llegó al gobierno en 2003 como Primer Ministro, ha ido minando. Desde de 2007, Erdogan ha comenzado a perseguir jurídicamente al golpismo y ha conseguido llevar a juicio a los cabecillas de los distintos golpes de Estado producidos en 1960, 1971, 1980, 1997, que llevaron a prisión a más de trescientos oficiales, entre ellos al exjefe del Estado Mayor Ilker Basbug, quien se convirtió en el primer militar de ese rango preso en la historia del país.

Nissenbaum se refería en su artículo que el “ejército turco es el único agente que quiere poner freno y generar contrapesos a las ambiciones de Erdogan”; luego se refiere a que el crecimiento de la influencias militar habría generado preocupaciones en el espectro político y que la llegada de los generales al palacio presidencial terminaría con la clausura de un complejo y discutido sistema democrático en marcha desde 1997.

Erdogan está tejiendo un cuidadoso entramado de complicidades para perpetuarse en el poder por varias décadas, por lo que el factor militar sería un impedimento insalvable a sus ambiciones.

Una asonada demasiado oportuna

Es difícil creer que en la reunión llevada a cabo en Moscú entre el Presidente Vladimir Putin y el jefe del Departamento de Estado John Kerry, apenas horas antes de que comenzara el golpe en Turquía, haya pasado desapercibido para dos de los hombres mejor informado del planeta. Podrían desconocer que estaba tramado un importante sector de militares, en una de las naciones de más crítica importancia geoestratégica del mundo.

Erdogan gobierna un país que además de ser miembro de la OTAN cuenta con la segunda Fuerzas Armadas más numerosas de la organización atlantista, con  411 mil efectivos. Además de contar con varias bases de la OTAN y la poderosísima base norteamericana Incirlik en el sur del país, Turquía se ha convertido en un enclave fundamental para las políticas militares en la región, y de Washington tanto respecto a Medio Oriente como a Rusia, ¿Podría haber permitido la Casa Blanca la caída de uno de sus alfiles más fieles?

Si la importancia geoestratégica y el poderío militar fuera poco, Erdogan se ha hecho en estos últimos años con un arma de coerción clave para Europa: 4.5 millones de refugiados sirios, iraquíes y de otros naciones, que aspiran llegar a Europa. Tras el acuerdo en marcha desde el 20 de marzo último, Turquía impide que sigan su camino, por la módica suma de más de 6 mil millones de euros. Sin alguien intentara reprochar a Erdogan sus andanzas y sueños de perpetuación usando para ello la represión como la que está llevando a cabo tras el golpe, el Sultán abe que permitiendo que unos cuantos miles de refugiados “escapen” de Turquía convertiría a la Unión Europea en un polvorín próximo a estallar.

El presidente turco tiene todas las condiciones “éticas y morales” para haber podido alentar el golpe, para producir la consabida represión y así descabezar la resistencia militar a sus fines de continuación -son más de seis mil los militares detenidos-, y ha limpiado de un plumazo alrededor de tres mil jueces y funcionarios judiciales. Sin duda, un número demasiado importante para no haber sido captados sus movimientos antes del viernes.

Recordemos que casualmente al presidente la intentona lo “sorprendió” en su residencia del balneario Marmaris, cerca de la ciudad Bodrum, a menos de 30 minutos de Grecia, por si las cosas salían mal.

La represión que costó casi 500 muertos y 1500 heridos, sin contar los soldados que están siendo degollando en el puente Boğazi a manos de fundamentalistas que se han plegado a última hora a las huestes del Sultán, es una bicoca para las ganancias que ha sacado de todo esto Erdogan.

Desde mañana mismo podrá continuar con su guerra con la nación kurda, deteniendo y desapareciendo periodistas, cerrando medios de comunicación opositores y violando a su antojo los Derechos Humanos. Ya se le ha perdonado sus negociados petroleros con Estado Islámico, y el sostén logístico que le ha brindado desde que comenzó la guerra en Siria, a todos los opositores de Bashar al-Assad.

Occidente permitirá que Erdogan lave su imagen de demócrata que acaba de vencer una insubordinación militar, seguirá tolerando sus caprichos.

Quizás a partir de esta asonada Erdogan también haya dado un paso más para aproximarse a su ansiado ingreso a la Unión Europea. Mientras por otra parte ya ha comenzado a presionar a Washington para que le entreguen a uno de los más importantes opositores de su gobierno, y ex compañero de ruta, Fethulá Gülen exiliado en los Estados Unidos y a quien se ha señalado como la cabeza de la insurrección.

Erdogan podrá continuar, ahora mucho más legitimado, con los resientes acuerdos con Israel, donde se ha comprometido a impedir actuar a Hamas desde su territorio y profundizar los acuerdos sobre de la cooperación militar y de inteligencia. Además de algunos pactos comerciales relacionados a la construcción de un gasoducto que permitirá exportar gas israelí a Europa.

Quien funge como el líder de la intentona golpista es el general Akin Ozturk, exjefe de la Fuerza Aérea entre 2013 y 2015 unos de los héroes con más condecoraciones de la OTAN y las Fuerzas Armadas turcas, fue detenido junto a altos mandos como el general Adem Huduti y el mayor general Avni Angun y el teniente general Ishak Dayioglu y cuya ejecución ya ha sido reclamada por Erdogan.

Si bien todavía es muy temprano para confirmarlo, el golpe tiene todas las características de haber sido una operación de inteligencia para permitirle a Erdogan limpiarse de mucho elemento opositores dentro de las fuerzas armadas y en la sociedad civil.

Ya tampoco tiene demasiada importancia jugar a los detectives y saber a quién ha beneficiado el muerto, los hechos hablan claramente de que el Sultán Erdogan, parece tener un largo reinado por delante.

Guadi Calvo

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