16 de junio de 2021

Todas somos Pandora y Eva, por Silvia Risko

Pandora, según la mitología griega, fue creada por Zeus, dios de dioses, a imagen y semejanza de los mortales para castigar a los humanos; para ello le fueron otorgadas cualidades no comunes, a fin de sobresalir y encantar a sus víctimas.

Atributos como la persuasión, curiosidad, belleza descomunal, habilidades manuales, gracia y encanto le fueron dados, estos reforzados por un don especial que la distinguiría aún más, el don de la mentira.

Para que el castigo se llevara a cabo, Zeus da a Pandora una caja que debía entregar a Epimeteo (el zonzo de la historia) con la condición de que jamás fuera abierta. Está más que claro que Zeus contaba con que el “atributo” de la curiosidad opere en Pandora para llevar a cabo su objetivo, no?

Siguiendo con el mito, dicen que Pandora no resistió al gran impulso de saber qué había oculto y abrió la caja, sin sospechar que dentro de ella se encontraban males como la envidia, la enfermedad, el odio, el miedo, la ira, entre tantos otros, que inmediatamente fueron esparcidos por el mundo contaminando a la humanidad con ellos.

Y la culpa de todo la tuvo Pandora…

La versión judeocristiana de Pandora es nada más ni nada menos que Eva, que en vez de una caja hizo uso de un fruto del árbol prohibido, una insípida y nada ilustre manzana, y haciendo abuso de su belleza y encanto (sexo, sexo y más sexo…ahh y la viborita) convence al pobre ingenuo, santo y puro de Adán para que la coma…ups, nunca más literal. El castigo fue la expulsión del Edén y chau vida eterna.

Y la culpa de todo la tuvo Eva…

Podríamos agregar a innumerables mujeres -ficticias o reales- en las cuales se personifica las pestes, caos, muertes, terremotos, huracanes, castigos celestiales (del dios que elijan) por promiscuidad y lujuria de ellas, castigando con horrores y dolores a la humanidad toda. También están las santas y mártires, la otra cara de la misma moneda, que lo dan todo, sufren, sufren y sólo sufren, pero estas serán protagonistas de otra nota.

Analizar a fondo estas construcciones patriarcales, que a pesar de estar en el rubro de “mitos o leyendas” son basales culturales de la humanidad, nos permite comprender-nos, abrazar-nos y ayudar-nos entre nosotras en el duro tránsito a la deconstrucción.

La falta de justicia a la hora de definir nuestro rol social, desde el comienzo de los siglos, se intensifica cuando caemos, nosotras mismas, en el olvido de dónde venimos, qué tijeras han cortado nuestro molde, qué “atributos” nos han sido dados “generosamente” por los Zeus y los señores del Edén (buenas, castas y puras) y con qué “defectos de género” nos han castigado (putas, torpes, brutas, malas e incapaces).

La pregunta que no debemos dejar de hacernos es ¿para qué?

Lo más cruel es que tanto las Pandora como las Eva, o sea todas nosotras, terminamos siendo las peligrosas del cuento (no se olviden que, de chusmas, envenenamos con sentimientos oscuros y dañinos a la noble humanidad y -por si fuera poco- somos las culpables de no tener acceso a “la vida eterna”) entonces tienen que controlarnos, alejarnos -como sea- del sabor, el verdadero sabor de la libertad.

Ser libres a decidir sin ser juzgadas, pero es ahí cuando caemos en el olvido de nuestro ADN femenino tan vapuleado, y somos nosotras mismas las jueces y verdugas de nuestras pares. Perdemos de vista que, con eso, replicamos modelos donde siempre, siempre, hemos perdido el poder de decidir sobre nuestras vidas, nuestro sexo, nuestro cuerpo y nuestras ideas.

Abracemos a Pandora, aceptemos a Eva y librémonos de juicios que sólo buscan mantenernos dentro del corral, con la cabeza gacha y el alma rota.

Silvia Risko

Magazine Henryka

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