28 de septiembre de 2020

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The Boss y el aprendiz

Los fans de Springsteen, trabajadores de cuello azul, veteranos de guerra y en su mayoría blancos, comparten el amargo resentimiento del votante de Trump. Bruce Springsteen actúa esta semana en el estadio Met Life (sic) en Nueva Jersey, su estado de origen.

Y, cuando hablé con algunos de sus fans, me di cuenta de algo preocupante. Existe algo en la triste melancolía del rock del Boss que está presente también en el amargo resentimiento del trabajador blanco votante de Donald Trump. Con la diferencia de que Springsteen puede ofrecer, quizás, otra salida alternativa para los perdedores de la globalización que no pase por el venenoso supremacismo blanco de Trump: quizás en aquellas baladas tristes de Nebraska y The River existe un nuevo nacionalismo de clase que unifica a todos en su rechazo al falso internacionalismo de Davos y de Hillary Clinton.   

Los fans de Springsteen, casi todos blancos y, la mayoría de edad bastante avanzada, que esperaban en la cola en la Port Authority de Nueva York de donde salían los autobuses al estadio, parecían estar buscando alguna comunidad en la que poder compartir su crisis. La añoranza de un pasado de trabajo digno y sindicalizado, y, es triste decirlo, también de los privilegios de la clase obrera blanca de antaño.

“Hay bastantes votantes de Trump en el público de Bruce”, dijo Terence Paul de 61 años, residente en New Hampshire, que iba a ver al Boss por segunda vez en la misma semana. Había comprado una gorra de béisbol con la frase “Make America great again” en la tienda de souvenirs en la Trump Tower de la Quinta Avenida. «Mira esto», dijo, señalando su polo blanco con la etiqueta “Made in the USA”.  “Aquí hay una rabia que hierve lentamente”, prosiguió antes de proponer hacer unas entrevistas delante del estadio. “Si yo me pongo la gorra de Trump, verás cómo se montan unas buenas discusiones”.

«Algo se comparte en el humor melancólico y nostálgico de Trump y de Springsteen. Los sueños perdidos; el orgullo por lo que uno tenía y lo que hacía y que ya no”, dijo Jim Naureckas, el sabio columnista de Fair. “Está bien para un elepé de rock pero, como programa político, deja bastante que desear”.

Puede resultar chocante para quienes hayan visto a Springsteen en Barcelona en esta gira mundial, o en Múnich, donde el cantante levantó aquel cartel que rezaba: “Fuck Trump, queremos bailar con el Boss”. En Europa un fan de Springsteen jamás sería votante de un tipo tan desagradable como Trump. Pero la política del nuevo nacionalismo estadounidense es muy compleja…

Trump lleva ventaja en los sondeos entre aquellos veteranos de guerra homenajeados en Born in the USA, ex combatientes que temen más aventuras militares en nombre de la democracia aconsejada por los asesores neoconservadores de Hillary Clinton. Veteranos como Evan McAlliser, de 23 años, ex combatiente de Iraq que dijo lo siguiente a The Washington Post: “La mayoría de los veteranos ven que han perdido a su país; ya pertenece a los corruptos; y llega Trump y de repente identifica a los corruptos en cada lado del pasillo”. Recuerda seguramente aquel momento inolvidable en el que Trump anunció, en aquel debate de las primarias: “Yo he pagado a todos estos”.

Otro veterano veinteañero de Iraq, Jim Webb, citado en el mismo artículo, expresó la misma simpatía por Trump: “Muchos tíos que perdieron su juventud allí sienten un sabor amargo por lo que pasó en Iraq; hay una mentalidad de ‘yo no quiero más de eso'», dijo Webb, que teme “mas aventuras militares” si gana Hillary. Trump ha defendido «construir naciones en EEUU y no en el extranjero», aunque, como todo en el ideario del constructor, se contradice al defender los bombardeos al Estado Islámico.

Asimismo Trump atrae a algunos trabajadores blancos con tarjeta sindical (es el “caldo tóxico de resentimiento” según la frase de Bill Greider, uno de los primeros críticos con la globalización), a aquellos trabajadores de cuello azul antes protegidos y luego expuestos al modelo neoliberal de los Clinton. Springsteen tal vez corría con su «baby» demasiado cerca del chovinismo de una clase obrera blanca y privilegiada, al igual que Woody Guthrie en sus homenajes a América en «This land is your land». Pero, al menos, el Boss ha identificado el problema. Ahora, el discurso terrorífico de Trump, es un problema que amenaza la democracia. 

Porque la nostalgia post obrera de Springsteen por un mundo de Estados-naciones y no corporaciones y bancos globales, siempre comprometidos con la diversidad de sus plantillas, se traduce, en el discurso de Trump, en un racismo que, de manera alarmante, vuelve a perder su vergüenza. Seguro que la mayoría de los fans que esperaban en al cola del Port Authority, intercambiando anécdotas sobre los conciertos del Boss en los que han estado, rechazarán la opción Trump. Pero siguen buscando desesperadamente una comunidad que les salve del aislamiento y la atomización del mercado global y de Estados Unidos. Y Hillary Clinton no se la va a dar. 

Andy Robinson

Contexto y Acción

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