28 de septiembre de 2020

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Similitudes poco alentadoras, por Silvia Torres

Ni bien comenzado el año, el gobierno nacional confirma medidas que tienen efectos similares a los que llevaron a la Argentina a la debacle del 2001: ajuste, apertura de las importaciones, fuga de divisas, endeudamiento, aumento de la inflación y del déficit fiscal con lapidarios efectos sobre los puestos de trabajo que empujan a la tan ansiada flexibilización laboral.

Nadie que no sea banquero, sojero, importador de bienes suntuarios y no tanto, puede, en su sano juicio, esperar que el 2017 será un año mejor que el pasado 2016, cuando la “pesada herencia”, muchas de cuyas obras el presidente Mauricio Macri se ocupó de inaugurar como si fueran propias, era (¿y seguirá siendo?) la explicación de todos los desastres que tienen lugar en el país y que dejan un tendal de afectados:.

Argentinos que pierden sus trabajos y/o que ven amenazada la continuidad de los mismos, que engrosan la multiplicación de comedores en barrios y asentamientos precarios, en donde la gente no cuenta con los recursos para alimentarse en sus hogares. Ocurre a lo largo y a lo ancho del país, sin excepción.

La actividad económica cayó en todas las regiones del país, convirtió en dramática realidad el objetivo de Cambiemos y el despiadado cinismo de su calificación como “campaña del miedo”, cuando desde por el entonces oficialismo se explicitaban las verdaderas intenciones de la alianza macrista-radical. Lo cierto es que no era una campaña de ficción, sino una lectura fáctica del sentido del neoliberalismo en acción, toda vez que ocupó el gobierno.

El ajuste y los aumentos en los combustibles, peajes, servicios públicos generales, el despido de trabajadores de las áreas sociales –reemplazados por menor número de agentes que responden al macrismo, pero con sueldos fabulosos-, dan cuenta de la burla que significa la “modernización” del Estado, ya conocida por los argentinos en los tiempos del tándem Menem-Dromi.

Tan conocida como los efectos de los ajustes, que no detienen la inflación sino que la leudan por la voracidad de los sectores concentrados, tal como se vio en el 2016, cuando se duplicó la del año anterior, mientras afectaba al mercado interno en todas sus expresiones, excepto la venta de automóviles nuevos, no ya de fabricación local/regional, sino los importados de alta gama, que gozan de los beneficios de la exención impositiva. Todo lo demás, en caída libre por una pendiente cuyo fin no se atina a vislumbrar.

Esta situación, que se tensó aceleradamente con la insistencia en las políticas neoliberales en tiempos de De la Rúa, tuvo un final harto conocido por los argentinos. A este repetido cóctel, se debe agregar el pavoroso endeudamiento externo que superó al llevado a cabo durante todos los años de la dictadura genocida, con el agravante de que ni un solo dólar de los ingresados sirvió para invertir en alguna que otra infraestructura o en alguna mísera obra pública, lo que permitiría incentivar la demanda laboral y el mercado proveedor de la industria de la construcción. ¡Todo va a parar a la timba financiera y a la fuga! Ah! Y también a la fabulosa campaña publicitaria en donde se cuenta exactamente lo contrario, ilustrada con impactantes imágenes de la “pesada herencia”.

La crisis institucional –ignorada por los oligopolios de prensa y, por lo tanto, por gran cantidad de ciudadanos que se valen de ellos para “informarse”-, se hizo presente con renuncias muy importantes en el gabinete nacional: ministros como el de Hacienda, Adolfo Prat Gay, secretarios y la titular de Aerolíneas Argentinas, Isela Costantini, por su resistencia a la llegada de empresas que abaratan costos gracias a la flexibilización laboral y a la reducción de controles técnicos de las aeronaves, entre las cuales se encuentra Macair, (abreviatura de Macri Airlines) y, ya se sabe, nadie que se atreva a impedir los negocios del presidente, puede permanecer en el Gabinete nacional.

Los ajustes seguirán siendo el instrumento preferido de la alianza macrista-radical-massista, como lo hizo Menem y De la Rúa y, sin pretender ejercer la adivinación, es lógico prever que el mercado laboral seguirá achicándose, al igual que el consumo; el cierre de negocios, fábricas, servicios, etc. continuará acentuándose con una repercusión negativa en los índices de recaudación fiscal. Recuérdese que en 2016, la recaudación de la AFIP fue de 27 %, ¡ínfima en comparación del 42 % de inflación!

El efecto sobre la vida de los argentinos, también es conocido: Desfinanciamiento/endeudamiento del Estado nacional y provinciales, reducción de todos las inversiones y servicios que éstos deben prestar, incluido sueldos y jubilaciones… Cómo diría Mafalda, ¡de nuevo sopa!

Silvia Torres
Medios del Mercosur

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