23 de septiembre de 2020

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San Petersburgo no cree en lágrimas, por Guadi Calvo

Un nuevo atentando, en las primeras horas de la tarde del día lunes, sacudió el metro de San Petersburgo, dejando hasta ahora 14 muertos y una cincuentena de heridos.

Un artefacto explosivo de fabricación casera estalló momentos después de salir de la estación del Tejnologuicheski Institut, cuándo se dirigía rumbo a la estación Ploshchad Vosstaniya, una de las más transitadas de la ciudad.

La ministra de Salud, Veronika Skvortsova, declaró que siete de las víctimas murieron en el lugar mientras que el resto falleció cuando ya habían sido socorridas.

Los agentes de seguridad encontraron un segundo artefacto explosivo en la estación de Ploschad Vosstaniya, llegando a desactivarlo antes que explotase.

Todas las líneas del metro de la ex capital del imperio cerraron, al tiempo que el organismo nacional antiterrorista, reforzó las medidas de seguridad en los principales puntos de trasporte del país.

Lo más obvio será culpar del atentado al joven kirguizo de 22 años identificado como Akbarzhon Djaliliv, natural de la ciudad de Osh, la segunda más grande del país. Lo que aparentemente habría acreditado la Seguridad Nacional de Kirguistán (GKNB), que se encuentra trabajando junto al Servicio Federal de Seguridad (FSB) ruso y la seguridad de Kazajistán (Mientras se escriben estas líneas, fuentes rusas confirman que Djaliliv fue el autor del atentado).

Como también ha negado el Comité de Seguridad de Nacional de Kazajistán, que su connacional Maksim Aryshev, aparentemente muerto en el ataque, haya sido el responsable.

Si bien Rusia tiene una larga y trágica experiencia en este tipo de ataques, vinculados al integrismo musulmán, será difícil establecer si Djaliliv, actuó por la propia, o como un lobo solitario perteneciente al Imarát Kavkaz (Emirato del Cáucaso), el grupo checheno vinculado al Daesh más activo de Rusia (Ver Chechenia: La guerra personal de Putin) o proviene de algún grupo wahabita de Asía Central.

Kirguistán como Kazajistán, son parte de las cinco repúblicas centroasiáticas, que se independizaron tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, todas de mayoría musulmana. Rusia, ha acogido un número importante de trabajadores centroasiáticos, que realizan por lo general trabajos en el área de servicios o de la construcción.

Más allá de las primeras investigaciones no se podría desestimar que el atentado haya sido realizado por grupos opositores al presidente Vladimir Putin, que han iniciado una dura campaña de desestabilización asociados a mafias locales e inteligencias occidentales.

Tras la explosión, el conductor del convoy atacado, decidió no detenerlo en el túnel y llevarlo hasta la siguiente estación, facilitando las tareas de rescate.

Los videos subidos a las redes sociales muestran personas heridas en los andenes atendidas por servicios de emergencia, mientras otros escapaban buscando la calle.

El vagón donde se colocó el explosivo tienen sus puertas estalladas y casi todos los vidrios astillados, lo que muestra claramente lo perversidad del artefacto, repleto de clavos, tornillos y tuercas, para que la onda expansiva sea todavía más letal y conseguir alcanzar la mayor cantidad de víctimas posibles.

Rusia ha sido blanco de ataques de separatistas e integristas chechenos en años anteriores y siguen siendo frecuentes sus amenazado de nuevos ataques, mucho más desde que Rusia se ha involucrado en la lucha contra el terrorismo que desde principio de 2011 asola Siria.

Un ataque similar al de ayer se produjo en marzo del 2010, en el metro de Moscú, dejó 38 muertos, a cargo de dos mujeres suicidas, vinculadas a los integristas chechenos. El primero de los dos ataques en aquella oportunidad se produjo a las 07h57, en la estación Lubianka, en las proximidades del Kremlin, cuando  el servicio estaba atiborrado de pasajeros. El segundo atentado, se produjo cuarenta minutos después en la estación Park Kultury, también en el centro de Moscú.

Como es su práctica, el Daesh no tardará en adjudicarse el ataque, más allá de que haya sido o no su injerencia, tal como lo ha hace casi siempre aunque posteriormente quede demostrado lo contrario como fue el último ataque en Londres o el de Niza en julio de 2016, entre otros.

Instrucciones para hundir el Arca Rusa

El ataque del día lunes se produjo en momentos en que el presidente Putin se encontraba en San Petersburgo, su ciudad natal por otra parte, para entrevistarse con su par de bielorruso Alexander Lukashenko, para zanjar diferencias comerciales por el suministro de gas y petróleo.

La reunión en la que finalmente se pautaron los acuerdos hasta el 2020, donde se aclaró que “no queda ninguna controversia pendiente y se reforzara la relación entre ambas naciones” fue interrumpida por el ataque al Metro.

Este nuevo acuerdo entre Putin y Lukashenko desactiva uno de los tantas misiles periodísticos con los que desde hace semanas la Octava Flota Norteamericana, formada por los grandes medios de comunicación pro occidentales, intenta hacer puntería en el presidente ruso.

Por otra parte Lukashenko, un fuerte aliado de Putin, ha merecido docenas de artículos donde se lo tilda de dictador, fundamentalmente en medios polacos: Varsovia es el ariete de la OTAN, en la frontera rusa,

La prensa ha agigantado las diferencias entre Moscú y Minsk, que existen pero que para nada son insalvables, como lo acaba de demostrar la reunión finalizada ayer en San Petersburgo.

Si alguien se pone a comparar el tratamiento de la información sobre Siria e Irak constatará que los ataques de la aviación rusa contra Alepo en Siria que las bombas solo están destinadas a matar civiles inocentes. En cambio que los ataques en Mosul, Irak, por parte de la coalición internacional, entiéndase Estados Unidos (quitando el inocultable ataque a más 300 víctimas civiles la semana pasada) tendrían unos muy especiales misiles que detectarían exclusivamente a fanáticos fundamentalistas.

Respecto al ataque de ayer en San Petersburgo, algunos articulistas occidentales se permiten echar un manto de sospecha sobre el presidente Putin arguyendo, que el atentando le permitiría al gobierno ruso impedir las marchas opositoras que “casualmente”, en estas últimas semanas junto a la embestida mediática de occidente, se han incrementado.

Entre otras acusaciones a Moscú, que desde hace más de uno año está barriendo el terrorismo en Siria, como no lo han hecho ni los Estados Unidos, ni la OTAN, hasta hace pocas semanas en ninguna parte, se señala que, según el Centro Antiterrorista de la Comunidad de Estados Independientes (CEI),  alrededor de 5 mil combatientes del Daesh, eran originarios de  territorios de la ex Unión Soviética y que Vladímir Putin, habría alentado la ida de otros 2 mil terroristas entre 2013 y  2014, para despejar de “indeseables” los Juegos Olímpicos de Sochi, de 2014.

Rusia,  desde hace años, combate el terrorismo wahabita, el que  ha producido infinidad de ataques dentro de Rusia y contra objetivos rusos fuera de su fronteras:  recuérdese el ataque contra el avión comercial Airbus A-321 por un grupo integrista afiliado al Daesh, Wilayat Sinai,  radicado en la península del Sinaí, que causó más de 200 muertos en noviembre de 2015.

El gigantesco costo humano que lleva Rusia en su lucha contra el terrorismo es demasiado alto como para acusar a su gobierno de convivencia con esas fuerzas.

Recientemente, la prensa occidental se refirió a la posibilidad de una alianza entre los Talibanes afganos con militares rusos, para combatir la presencia del Daesh, en ese país.

Si bien es muy cierto que desde hace más de un año el Talibán lucha en dos frentes:  el primero contra el gobierno de Kabul y  el otro contra el Daesh, en las provincias de Kunduz y  Helmand,  no se puede ignorar absolutamente la dura idiosincrasia talibana que se ha negado desde siempre a cualquier tipo de alianza con extranjeros, de allí surge el enfrentamiento con los hombres del Califa Ibrahim, que ahora intentan echarle mano a los plantíos de adormidera,  de cuya flor se elabora el opio, principal fuente de sustentación del grupo fundado por el Mullah Omar, en 1994.

Si bien Moscú pretende combatir el terrorismo en cualquier lugar del mundo, volver a ingresar a Afganistán, nada menos que de la mano de los talibanes, es una opción tan alocada que carece de sentido analizarla.

El terrorismo es el mayor problema de seguridad del presidente Putin, que ha dado sobradas muestras que no es una justamente una Carmelita Descalza a la hora de tomar decisiones,  por drásticas que sean, por lo que, sea quien sea  el responsable del ataque al metro, sabrá que San Petersburgo no cree en lágrimas.

Guadi Calvo

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