21 de septiembre de 2020

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Realidad efectiva y falsos augurios, por Raúl Dellatorre

Malas perspectivas para la economía argentina, según los datos que pueden recogerse en diversos sectores de actividad. Un futuro inminente auspicioso, en cambio, es lo que augura el gobierno prometiendo un segundo semestre con fuerte reactivación, al impulso de una lluvia de inversiones y precios estabilizados. Pero la realidad se empeña en sembrar dudas sobre ese pronóstico.

La devaluación de diciembre y los ajustes de tarifas (electricidad, transporte, gas y combustibles) fueron presentados como un “sinceramiento necesario” para ordenar los precios y alfombrar el camino de una recuperación “en serio”. Diversas mediciones sectoriales muestran que ese camino todavía se mantiene intransitado. Muchas de esas estadísticas privadas que así lo revelan fueron elaboradas con el financiamiento de empresas que apostaron a la entronización de Mauricio Macri. El aluvión de inversiones, tanto locales como externas, faltó a la cita.

El índice Construya, que mide la demanda de insumos para la construcción en base a datos de las propias empresas proveedoras, marca el fuerte retroceso de las inversiones en la rama de actividad con mayor efecto multiplicador (por la cantidad de sectores que impulsa con su crecimiento). El descenso del 22,3 por ciento con respecto a un año atrás indica una menor cantidad de obras iniciadas o el freno o desaceleración de las que ya están en marcha. Es un indicador, además, de expectativas poco optimistas en cuanto al futuro inmediato de parte de quienes deciden demorar o abandonar las obras proyectadas.

El dato del sector de la construcción no va a contramano del proveniente de otros sectores, lamentablemente. Caen las ventas en supermercados, se multiplican las suspensiones en grandes empresas (automotrices y petroleras, por tomar solamente dos ramas de fuerte peso específico) y los sectores intermedios, principalmente las pymes manufactureras, denuncian una situación de ahogo entre el aumento de costos y caída de sus ingresos por ventas.

Frente a ese panorama de estancamiento, la dura realidad se empeña en desmentir los preceptos neoliberales: los precios siguen aumentando. En abril, más allá de los primeros cien días que el gobierno se dio para “sincerar” la economía, una entidad como FIEL, insospechable de querer justificar la demanda de los sectores populares, informa que el costo de la canasta básica total para una familia tipo aumentó en un 7,8 por ciento con respecto al mes anterior. Hasta el ex “golden boy” Martín Redrado advierte sobre el riesgo de estanflación en la economía de lo que resta del año.

Y mientras el Gobierno atiende la emergencia agropecuaria, sigue ignorando la emergencia ocupacional. Como si le faltaran evidencias.
Raúl Dellatorre
Página12

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