Que sea lo que sea, por Delfina Corti

Mi mamá define como la “etapa de la farsa” a los primeros meses en los que uno se enamora y ve todo color de rosas: nos mostramos perfectos ante el otro aunque sepamos que no lo somos, y aunque sepamos que el otro tampoco lo es.

Ponemos en juego el corazón y que sea lo que sea. Después empiezan los desencuentros, pero si uno está enamorado, las piezas sueltas las empieza a encajar, de alguna manera, para que la cosa funcione.

Antes de que arrancara el Mundial, en la etapa de la farsa, nos olvidamos de los defectos del equipo, aquellos que había mostrado en las eliminatorias. Nos olvidamos de los problemas que atraviesa el fútbol argentino, y volvimos a apostar y creer en el amor. No teníamos causas claras, pero en el amor nunca las hay. Uno se la juega y que sea lo que sea.

En el primer partido, el equipo nos mostró el primer defecto, un viejo defecto: orden en ataque y desorden en defensa. Sin embargo, el amor. La ilusión. Y si alguien sabe del amor a la selección es Diego Maradona: cuando la hinchada estaba desmoronada después del penal errado de Messi, el Diego desde el palco empezó a aplaudir y a agitar los brazos para alentar el grito de los hinchas. Únicamente él levantó la tribuna cuando los corazones estaban débiles. El partido terminó y la desilusión llegó.

Sin embargo, días después, el corazón mandó una vez más. Los hinchas se volvieron a ilusionar con la confirmación de los cambios. ¿No se trataba de encajar las piezas sueltas? Se alentó en la cancha, incluso después del primer gol, cuando la historia mostraba que la situación de la Argentina no era la mejor.

Después, vino el segundo, vino el tercero y los jugadores y los hinchas nos desmoronamos. Terminó el partido y todos teníamos el corazón roto: los que estaban tristes y los que estaban enojados. Era una misma sensación. La etapa de la estafa había terminado y, después del partido, era la hora de analizar las cosas que no habían funcionado: las tácticas no claras del entrenador, los jugadores, el arquero, los dirigentes.

Las causas de un desamor nunca son claras, son muchas, son todas, no es ninguna. Nunca se sabe. Lo cierto es que en los desencuentros, cuando uno está enamorado, es difícil hacerse a un costado si existe la posibilidad de jugársela una vez más.

Las horas empezaron a correr y, a las dos y media de la mañana, en Niznhy está por amanecer. Ya no importan las causas del desamor que corrían por la cabeza hace unas horas. “¿Mañana qué nos conviene? Hagamos cuentas”. Y acá estamos pensando en que Nigeria le tiene que ganar a Croacia y, después, tenemos que ganar, y que Islandia, en lo posible, no sume tres puntos.

La etapa de la farsa ya terminó. No sé cuándo nos van a volver a romper el corazón, pero mañana hincharemos por Nigeria.

Si tenemos un poco de suerte, ojalá encajemos algunas piezas.

Y que sea lo que sea.

Delfina Corti
lavaca

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