Por agitar lo que estaba quieto, por Joselo Riedel

Hace 83 años un grupo de colonos inmigrantes que marchaban reclamando precios justos para las cosechas de tabaco y yerba mate fueron emboscados por policías y civiles armados en el Cementerio Viejo de Oberá. De esa cruda situación resultaron varios heridos y muertos.

Los hechos fueron fríamente preparados. La policía sabía que no era posible que fuesen avisados a tiempo a todos los colonos que se intentaría efectuar el acto; por lo tanto ultimó los preparativos para el recibimiento.

Desde días antes, en la comisaría se limpiaban febrilmente las armas. Todos los agentes fueron munidos de carabinas. Se reclutó a numerosos particulares, de manifiesta ideología, gente de mal vivir; a los cuales convenía andar bien con las autoridades por ser infractores a las leyes, contrabandistas, jugadores tramposos, comerciantes felones.

Hacia las 11 de la mañana pudo divisarse una gran columna de cientos de personas, que se aproximaban por el camino que va a la Colonia Samambaya. Viejos de tez bronceada y ruda, de blancos cabellos; hombres serios, con arrugas como surcos, gigantones rubios, robustos ucranianos. Niños, mujeres, jóvenes. Algunos encaramados en toda clase de vehículos, con carros o a caballo; pero la mayoría a pie, bajo un sol ardiente, misionero.

Los cabellos al viento, o envueltos en pañuelos, campesinos de colores y bajo amplios sombreros de paja. Gritando, cambiando chanzas, cantando alegremente. Voceaban: «¡Viva la unión de los colonos!». Venían a pedir por su vida, para que no fuera inútil deslomarse diariamente sobre la tierra, para que los pequeños pudieran crecer sanos, con muchas escuelas que los libraran del analfabetismo de sus padres. Traían banderas. Banderas argentinas y carteles con letras negras sobre fondo blanco. Sus leyendas no incitaban a la revolución, precisamente. No. Una decía: «Mas precio para el tabaco». Otra: «Que no se reduzca la producción de yerba».

Los colonos venían por el camino… Al pasar frente al cementerio, una descarga cerrada de fusilería, hirió, mató, dispersó. Entre una confusión terrible, los sobrevivientes fueron acorralados y presos, perseguidos por los montes y baleados; violadas las mujeres, las niñas no florecidas aún. Después fueron asaltadas las chacras, saqueadas, robados los animales o dispersos por el monte.

Fueron las palizas en la comisaría, el terror…

Nunca se ha sabido exactamente la cantidad de muertos que dejó como saldo la Masacre de Oberá (…) Se sabe que fueron enterrados en el monte, sin ceremonia, sin cajón, sucios de barro y sangre, tal como habían caído.

Ocurrió el 15 de marzo de 1936 en Oberá; la historiografía local y los intereses quisiseron olvidar lo ocurrido; pero no pudieron…

El presente relato contiene fragmentos de La Masacre de Oberá de Alfredo Varela.

Joselo Riedel