28 de septiembre de 2020

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No vamos a gobernar con gente así, por Ernesto Semán

A Federico Sturzenegger lo conocí en 1997 en las

oficinas de Chacho Álvarez. Era el economista jefe de YPF, uno de los cavallistas que sobrevivía en el gobierno de Menem pero veía, con algo de intuición, la necesidad de cambios, la llegada de los mismos, su lugar luminario en ellos. Álvarez, por lejos el tipo más lúcido de la política argentina moderna, incluyendo todos los jefes de Estado desde Frondizi para acá, estaba obsesionado por esa ladera enjabonada de la credibilidad y los mercados y la construcción de una fuerza política con capacidad de imaginar el poder político y de ejercerlo, dos cosas mucho más difíciles de amarrar que lo que parece.

Álvarez sabía de la importancia gramatical de cada uno de esos gestos, de las sospechas que los mismos levantaban entre sus interlocutores. Sturzenegger era un gesto. Un gesto Sturzenegger, si se quiere. “Ernesto: Sturzenegger estudió en Estados Unidos, es un tipo reconocido” decía, por ejemplo, con algo de candidez, o sin nada de ella. Algo importante en la atmósfera de esa época embrionaria de la Alianza era la postura sintomática de Álvarez, justificatoria. No pedía perdón; se adelantaba. Miró a su alrededor en esa oficina chica, en el primer piso sobre la avenida Callao y siguió, confesando un secreto, acercándose.

“Porque, Ernesto, no vamos a gobernar con gente así, ¿eh?”

Alineando el mentón y los dedos de la mano hacia adelante, indicaba un espacio amplio de gente así que incluía, por orden de llegada, a él, a mí y a todos los que estaban del otro de la puerta: los economistas de saco de corderoy y anteojos sin gracia, los militantes, los políticos que poblaban los otros pisos de la casona y que trabajaban día y noche para ver si por fin esta vez se les daba, los seguidores, los periodistas, los ex presos. A todos menos a Sturzenegger.

Sturzenegger llegó al rato, su traje y su apellido a cuestas. Tenía ideas y la necesidad de un vehículo para ellas. No importa nada, todos en algún momento necesitamos algo así. Parecía inteligente, brillante y apasionado consigo mismo y con lo que decía. A mi, que he visto gente enojada, me pareció que tenía la violencia contenida del tipo que sabe que tiene razón y se ofusca porque la realidad no se acomoda a ese dato evidente para todo el mundo. La violencia de un fanático momentos antes de chocar.

En la conversación, reformulaba los lineamientos de la continuidad de la convertibilidad frente a una recesión que recién aparecería al año siguiente pero que (para quien, en el decir de la época, hubiera estudiado en Estados Unidos) podía intuirse en el horizonte. Sturzenegger hablaba de una amplia refinanciación y de un mayor acceso a crédito externo para reactivar el mercado interno financiando un aumento en el consumo (la crisis en los mercados internacionales aún no era tan marcada, pero la tasa de desempleo y la caída en las tasas de ahorro y consumo interno tornaban el proyecto en algo casi épico), imaginaba una improbable reforma impositiva que ayudaría a acortar algunos puntos del déficit fiscal, proponía una mejora y expansión de algunas de las políticas sociales que llevaban adelante las administraciones provinciales, sobre todo la de Buenos Aires. En la cancha de papi en la que se jugaban las opciones políticas de esos años, todo sonaba bastante razonable.

La charla, que fue monólogo, tenía a Álvarez de presentador. No habrá sido más de media hora y el economista desapareció en el laberinto menor del final de época.

La historia, que es más perversa hacia adelante que hacia atrás, quiso que a Sturzenegger le tocara llegar al gobierno de la Alianza cuando Álvarez ya lo había dejado, para refinanciar la deuda cuando los mercados ya tenían otros planes, para mantener la convertibilidad cuando las fuerzas que venían a reemplazarla ya estaban desplegadas. Lo cual no le impidió sumarse al último zarpazo del mega canje en el que aún está procesado por haber beneficiado desde el gobierno a los bancos que colocaron esos bonos improbables. Pero el contexto era tan distinto al esperado. Para Sturzenegger, como suele ocurrir con los soñadores, eso alcanzaba para confirmar que sus ideas, redentoras, seguían intactas, que jamás habían sido implementadas de la forma necesaria.

Con el tiempo, la imagen de Sturzenegger y de la larga fila de economistas que desfilaron por esa y otras oficinas similares se me superpuso con otra, algo menos graciosa. A finales de los años ’60, los economistas chilenos que habían ido a estudiar a la Universidad de Chicago financiados por la Fundación Ford y la Fundación Rockefeller como parte de un programa general para incidir en el pensamiento económico chileno, regresaron a Santiago con sus diplomas de doctorado bajo el brazo. Ernesto: Estudiaron en Estados Unidos. Cuando Allende crecía como el candidato de la Unidad Popular, cuando Pinochet no era Pinochet, los que después serían los Chicago Boys no fueron a pedir dureza, no clamaron por redimir la nación, no anunciaron la hora de la espada. En cambio, se reunieron con Jorge Alessandri, el ex presidente que competía con Salvador Allende para las elecciones presidenciales de 1970. A él le contaron sus sueños. Le manifestaron su perplejidad por el atraso de la sociedad, la falta de una infraestructura moderna para la economía, el aislamiento del país.

Alessandri, que durante su gobierno había empezado formas modestas pero sostenidas de la reforma agraria bajo el auspicio de la Alianza para el Progreso impulsada por Kennedy, los mandó de vuelta a la casa, en el linaje de los últimos políticos tradicionales y conservadores que veían con algo de horror los fundamentos del monetarismo, con su énfasis en la liberación de las fuerzas productivas, la reducción del poder sindical, la desregulación del flujo de capitales (esto es antes de la crisis del petróleo), el repliegue de la presencia del Estado en la economía. Los jóvenes tuvieron que esperar unos años para confirmar sus peores pesadillas durante el gobierno de la Unidad Popular, unos años más para tener por fin su oportunidad junto a Pinochet.

Hay pocos y muchos puntos en común entre esta generación de argentinos y aquella generación de chilenos. El neodesarrollismo que profesan los argentinos es una invención insustentable, en su práctica, en sus ideas, en el espejismo que es el Estado hoy como construcción histórica. Pero la creación de una terminología absurda también evidencia sus especificidades, sus diferencias respecto de los chilenos de entonces, sus nuevos proyectos y sus viejos temores. Los economistas hacen fila, ofrecen los frutos de su profesión, se asombran de la dificultad de los políticos para incorporar cambios técnicamente indisputables, se enervan ante la realidad de la que ellos son una parte incandescente, una pus, un anticuerpo. Un sueño.

Ernesto Semán

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