25 de septiembre de 2020

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Ningún cipayo, por Silvia Torres

En algunos medios de comunicación se recordó el aniversario del Cruce de los Andes, especialmente en relación con el mismo evento que, desde hace unos 20 años, se repite promovido y organizado por la Asociación Sanmartiniana de Rosario.

La repetición edulcorada de la gesta descrita por la historia oficial, justifica esta nota.

El cruce de la Cordillera de los Andes por parte del ejército libertador, organizado y comandado por José Francisco de San Martín, fue motivo de un relato histórico edulcorado, cargado de episodios no siempre verificados por la historiografía y con otros hechos silenciados, ocultados ex profeso, a pesar de la sustancial importancia de los mismos, para la comprensión del proceso revolucionario que se estaba llevando a cabo en América, que comenzaba por la liberación del absolutismo español y seguía con la creación de una Federación de Repúblicas.

Por lo menos, esa era la intención de líderes civiles y militares como San Martín, Bolívar, O’Higgins y sus principales colaboradores, siguiendo la línea revolucionaria de Mariano Moreno, de Manuel Belgrano, de Juan José Castelli, entre otros.

San Martín se instala en Mendoza en 1914, con la finalidad de iniciar el proceso de la conformación de un ejército capaz de dar batalla a las fuerzas realistas fuertemente apostadas en Chile y, desde allí, subir por vía marítima a Perú, en virtud de la imposibilidad de alcanzar ese destino –corazón del poder político-militar y económico del absolutismo en América.

Es preciso deponer el mito de que el General haya contado con el apoyo voluntario de la sociedad mendocina y cuyana, cuya clase dirigente –política, comercial y religiosa-, no tenía un compromiso con la Revolución, sino todo lo contrario, ya que los cambios que se pretendían imponer perjudicaban el statu quo que sostenía su condición de clase dominante.

Fue necesario implementar un férreo control social, para impedir el boicot y los conatos de rebeldía –caso de los Carrera, por ejemplo-, que dificultaran el logro de cada uno de los objetivos, que iban desde el reclutamiento de hombres, hasta la recolección de recursos, el estricto cumplimiento de las disposiciones tributarias, aumentar el control sobre la población para evitar el espionaje y las filtraciones que pudieran llegar a oídos de los realistas. Para ello, se creó la figura de los decuriones, que fueron una especia de guardia barrial y cuyas funciones fueron en aumento a medida que avanzaba el proceso organizativo del ejército y se diversificaban las actividades para la fabricación de armas, de uniformes, de alimentos y bebidas, etc.

Si bien, San Martín buscó siempre consensuar con la población cuyana, no titubeó en la imposición lisa y llana de sus órdenes, sobre todo frente a los españoles, con quienes fue intransigente y “aplicó una política despótica contra ellos, para lo cual les fue reduciendo el ámbito de acción a espacios públicos cada vez más acotados”, aunque nunca usó el método tradicional del exterminio del opositor, como era costumbre en los procesos de represión por parte del poder imperial, contra revolucionarios criollos y de pueblos originarios.

Asimismo, tuvo una posición enérgica contra el clero, de gran influencia en la ultra conservadora sociedad mendocina, que se había constituido en un poderoso sector capitalista, que actuaba hasta como prestamista. La historia registra el sordo enfrentamiento entre el Gobernador y cómo éste logró controlar el poderío clerical, mediante la eficiente labor de Bernardo de Vera y Pintado, un estrecho colaborador de San Martín (ver Camogli, Pablo, Nueva Historia del Cruce de los Andes, págs.65 a 67).

El plan político del Gobernador, muy similar al Plan de Operaciones de Mariano Moreno, significó un gran despegue de todas las actividades productivas agrícolas, mineras, industriales, de recuperación de suelos desérticos y pantanales mediante canalización para el aprovechamiento del agua, etc. además de que usó los recursos del Estado para el pago de salarios de los soldados y de todos los trabajadores que se incorporaron a las fábricas para la provisión del ejército, lo cual significó un aumento de la calidad de vida de las clases populares, para las que el autoritarismo de San Martín no era un padecimiento ni parecido al sufrido, durante siglos, aplicado por el poder colonial.

El principio del pleno empleo y la paga en tiempo y forma fue una característica del plan de gobierno sanmartiniano: “Mantener ocupados y correctamente remunerados a los sectores populares fue el mecanismo de disciplinamiento elegido por san Martín para obtener consenso” (ob. cit. P. 69), entre los sectores populares.

El cruce de la Cordillera tuvo lugar entre el 17 y el 25 de enero de 1817, ya que como se sabe, el ejército se dividió en varias columnas que la atravesaron por varios pasos entre las provincias de La Rioja y el sur de Mendoza, para lo cual y en éste último caso, fue necesario contar con la complicidad de los pehuenches, con cuyos caciques San Martín había mantenido varias reuniones.

También hay que decir que el Ejército de los Andes se conformó con hombres de todas las regiones del ex Virreinato del Río de la Plata y del Perú, pertenecientes a distintas etnias originarias, criollos y extranjeros, que habían dado sobradas muestras de lealtad a la causa revolucionaria. De allí que el jefe ordenó la confección de una bandera propia, de tal manera que ningún soldado se sintiera marginado del reconocimiento, como parte indispensable de la gran maquinaria bélica creada.

“Cuando la Patria está en peligro, todo está permitido, menos no defenderla”; “Seamos libres que lo demás no importa nada” son algunas de las frases más conocidas emitidas por San Martín, que cobran gran actualidad en estos tiempos en que la Patria, o sea la Nación y su pueblo, corren riesgo de caer en una nueva catástrofe que, no por conocida, deja de ser menos dramática y que se abona con el ninguneo del Gobierno nacional en proponer homenajes para la gesta sanmartiniana, una clara demostración del desinterés por las causas nacionales y una muestra acabada del cipayismo de sus integrantes.

Silvia Torres

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