26 de septiembre de 2020

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«Naufragios en el desierto», por Guadi Calvo

Mientras miles de refugiados llegan a los puertos libios cada día donde, en improvisados campamentos, se hacinan en espera de alcanzar alguna de las embarcaciones que parten rumbo a la costa italiana, miles de ellos han quedado varados en distintos puntos de Europa, donde también esperan que la inoperancia o la mala fe de Naciones Unidas y la Unión Europea, resuelvan de una vez por todas qué van a hacer con ellos.

Mientras tanto, un goteo interminable de desangelados transita por las rutas trans-saharianas, que se dibujan sobre las utilizadas por las legendarias caravanas beduinas y tuaregs, en procura de la costa libia. A riesgo de todo, miles y miles de personas no sólo africanos, sino muchos llegados desde Siria, Irak y Afganistán -e incluso desde la lejana Bangladesh- se exponen a infinidad de riesgos por la remota posibilidad de llegar a Europa.

Por muchas ciudades africanas, como las nigerias de Agadez y Arlit, Bamako y Gao en el norte de Mali o la argelina de Tamanrasset, pululan cientos de traficantes y trasportistas a la “caza” de migrantes que, desorientados, ya no saben cómo alcanzar la costa para cruzar a Europa.

Amontonados en camiones, con apenas espacio para respirar bajo el sol sahariano, aturdidos por el viento caliente y arenoso del desierto, en un viaje que en promedio dura 10 días, transitan por antojadizas rutas, que sólo los traficantes conocen.

Los refugiados no sólo se exponen a la deshidratación o a quedar abandonados en el desierto, o bien porque el camión se rompa o al chofer se le ocurra abandonarlo y dejarlos allí a su suerte sin siquiera marcarles la dirección a seguir. Quedando a la deriva en zonas donde bandas de simples asaltantes o alguno de los grupos extremistas que enseñoreados en la región, hace que la parte menos arriesgada del viaje sea el cruce del Mediterráneo.

Desde el inicio de la crisis migratoria el número de ahogados araña fácilmente los 20 mil, solo 5 mil en 2016 y en lo que va de este son cerca de un millar; sólo la semana pasada se registraron 400 nuevos muertos, sin tener en cuenta los cuerpos que no han sido hallados o bien los escondidos para no espantar a la benemérita opinión pública, siempre tan dada al melodrama por un par de miles de muertos insignificantes, aunque para la próxima elección cuente más las pautas económicas que los muertos escamoteados entre el mar, el desierto y las estadísticas.

En lo que va de 2017, han arribado a Italia cerca de 30 mil, y el flujo desde Libia no se va a detener por más propuestas que se haga la Unión Europea, mientras no se les ocurra torpedear las barcazas, de lo que no estarían muy lejos humanistas como el Primer Ministro húngaro Viktor Orbán o la presumible próxima presidenta de Francia, Marine Le Pen.

Lo que es un verdadero misterio es el número de refugiados que mueren en el trayecto terrestre hasta la costa libia. Desde Somalia la ruta cruza Etiopía, Sudán, para luego alcanzar el desierto, por donde penetran a Libia, un trayecto que en línea recta son casi  4500 kilómetros, aunque por rutas terrestres los kilómetros son más del doble.

A la ola de etíopes, eritreos y somalíes, ahora se le deben sumar sirios, iraquíes y otras nacionalidades asiáticas, que pagan entre 1500 y 7000 dólares. La ruta tradicional desde los países de África occidental: Nigeria, Gambia, Costa de Marfil, Níger o Ghana, atravesando Argelia o Níger, para lo que deberán recorrer unos 5 mil kilómetros, los valores no superan los 2000 dólares. Aquellos refugiados huyen de otros desatinos de Occidente, quizás no tanto como los bombardeos de Siria o Irak, pero sí de la pobreza, el desempleo, la escasa educación, el Ebola, el Sida, las luchas clánicas y en, estos últimos años, la omnímoda presencia del grupo integrista Boko Haram y sus socios.

Llegar al mar

Para los refugiados, el momento más crítico de su viaje no es el cruce del Mediterráneo, sino su estadía en Libia, donde son prácticamente vendidos de unos traficantes a otros. Para entonces, los refugiados ya han pasado penurias inimaginables.

Es frecuentes que quienes los han trasportados desde sus países, después de haberlos esquilmados y sometidos a toda clase de humillaciones, por lo que debido a la escases de agua, los refugiados deban tomar de su propia orina para hidratarse, las mujeres son obligadas a prostituirse y no es extraños que los niños sean vendidos durante el viaje, para incorporarlos a las diferentes milicias  activas en los territorios que cruzan y colmar sí, las infinita codicia de los “transportistas”.

Finalmente antes de ser dejarlos en manos de quienes les harán cruzar el Mediterráneo, son obligados a tomar laxante de caballo, para expulsar cualquier valor que puedan esconder dentro de su cuerpo, por lo que llegan a Libia literalmente sin un dólar, lo que los obligara a trabajar durante semanas o meses como esclavos para pagar un lugar en alguna de esas embarcaciones

Tras permanecer hasta más de un año en campamentos de refugiados, que la propia embajada Alemana en Níger, ha denunciado como verdaderos “campos de concentración”, después de corroborar denuncias de torturas, ejecuciones y extorciones con las que los traficantes obligan a sus “mercancías humanas” a llamar a sus familiares para pedir dinero por su rescate un valor promedio de 1500 dólares. Tanto en su país de origen o en alguno donde sus parientes se hayan radicado como Alemania, Reino Unido o Francia.

La permanecía en el limbo, que son los campos de refugiados en Libia, termina muchas veces una noche cuando los refugiados son obligados intempestivamente a abandonar los barracones donde los alojan, y arriados hacia la costa, son obligados a abordar alguno de los botes semirrígidos.

Allí se acomodaran de pie, tan apretados como en los camiones que cruzaron en desiertos y sin ningún piloto que conduzca las embarcaciones le señalaran unas luces lejanas en el horizonte, a las que se deberán dirigirse indicándoles que aquello es Italia, aunque algunas horas después descubran que solo eran los resplandores de plataformas petrolíferas en medio del mar.

Libia en plena desintegración, sin un poder central, o mejor dicho con tres gobiernos rivales, cimentado a fuerzas de ciento de milicias, que hoy vende su poder de fuego a uno de los bandos y mañana exactamente al contrario; carece de cualquier posibilidad de controlar el tráfico humano, incluso existen muchas denuncias que miembros de los tres gobiernos, son parte de las bandas de traficantes, que operan desde los puertos  de Misrata, Sirte, al-Juma, Bengasi y  Zouara.

Desde que se puso en vigencia el 20 de marzo de 2016 el acuerdo entre Turquía y la Unión Europea, Libia se ha convertido prácticamente en la única alternativa para llegar a Europa, por lo que ya no solo alcanzan la vieja patria de Gadaffi africanos, sino también muchos asiáticos.

La UE, espera con angustia el verano, el momento en que se incrementan las partidas del Mediterráneo central, el eje Libia-Italia, por donde el año pasado llegaron casi 200 mil personas, por lo que los 30 mil de los primeros tres meses de 2017, todavía es bien poco, si se entiende que el número de refugiados amontonados en diferentes campos libios alcanza el millón y medio.

Otra de las razones para que ese tránsito permanente de barcazas que intentan llegar a las costas italianas, no será detenido es que muchas de esas naves, son preparadas, para llevar los envíos del narcotráfico latinoamericano, cuyos alijos llegan al Golfo de Guinea, desde puertos esencialmente brasileños, para luego escoltados por las organizaciones vinculadas al fundamentalismo musulmán Boko Haram, al-Qaeda para el Magreb Islámico (AQMI) o el Daesh, puedan alcanzar las costa italianas, en mucho mejor condición, obviamente, que los refugiados.

Guadi Calvo

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