27 de septiembre de 2020

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En viaje, por María Pía López

Ejército de los Andes y después siguen. Hasta Lemos que creo que era capitán. Una estación tras otra. El tren bordea Campo de Mayo. El culto al gauchito Gil enrojece el camino. Campo de Mayo sigue y sigue.

Su territorio ocupa parte de cuatro partidos de la Provincia de Buenos Aires. A lo largo de las estaciones se ven uniformes. ¿Cómo será vivir en esos barrios? La mayor parte del predio está en San Miguel. Ahí donde Rico, lavada la cara antes pintada, fue intendente.

El mismo que desfiló en el bicentenario de la independencia en San Miguel de Tucumán. Se dirá: electo por el voto popular. Nadie dice que el pueblo no puede votar verdugos.

De sobra lo sabemos. Campo de Mayo sigue. Entre cuatro y cinco mil detenidos desaparecidos. Menos de cuatro decenas de sobrevivientes. El plan de exterminio sin plan de recuperación y cooptación (ese sueño masserista conversado seguramente con su megalómano escritor, Hugo Ezequiel Lezama). Campo de Mayo, exterminio puro en vastísimo territorio, parque y pulmón del conurbano.

Mientras, el negacionismo despliega su fuerza, a pesar de la caída de Lopérfido. El día del bicentenario de la independencia desfilaron los militares del Operativo independencia. Y no fue una confusión producida por el significante. Más bien: una decisión de desplazar el significado.

La Argentina tuvo una guerra declarada y narrada, constitutiva de proceratos y linajes: el combate contra la ocupación colonial. Tuvo otra, más sórdida, más ominosa: la constitución de la frontera contra el indio, la apropiación de territorios. La primera es línea antiimperial, la segunda insistencia en el exterminio de poblaciones. Independencia en el operativo es desplazar la primera a la segunda.

Y años después, traficar bajo las galas de la lucha contra un poder colonial en Malvinas, la lógica del campo de concentración. Por eso, las organizaciones democráticas de ex combatientes en las islas se negaron a desfilar junto a sus estaqueadores y torturadores.

Algunos grupos sí desfilaron –los que integran, precisamente, los que defienden a verdugos porque murieron en las islas o fueron valientes en ellas- y bastó eso para sensibilizar a las masas, capaces de volver a abrazar a nuestros héroes.

También, sospecho, a los de Campo de Mayo si los magnos publicistas del bufón somnoliento siguen insistiendo. Porque él es cansino, ya se sabe, pero sí que tiene equipo. Y que están decididos a borrar los treinta años de lucha por situar una política democrática con respecto al terrorismo de Estado. Socavar, más bien, sus cimientos.

Equiparar una violencia con otra, olvidar especificidades. Sustituir esa condena por la denuncia de la corrupción. Mejor matar que robar, da más heroico. No es imaginable un desfile de corruptos con sus bolsas de dinero. Pero sí de asesinos con sus uniformes pertinentes.

Reemplazar, a la vez, la condena de la violencia estatal por una denuncia genérica de la violencia social que amplíe los límites para su derroche institucional. Campo de Mayo. Nombre de un plan, de una situación, de un territorio.

La gobernadora de la provincia de Buenos Aires vive en una guarnición militar. La estrategia: mostrar a una frágil mujer muy valiente que combate horrísonas violencias protegidas por los que saben y son puros. Operativo independencia.

La fuerza del gobierno no proviene de sí sino de su capacidad de trasegar la de los partidos mayoritarios: la UCR y el PJ, bajo la cantinela de la gobernabilidad, están avalando estos desplazamientos. Cómplices del borramiento. Nuestros votos también andan por ahí, en bolsas que un tráfico indecente lleva de un lado a otro. Otra que las valijas de López, ¿y esas bolsas de votos robadísimos?, ¿y los símbolos y los derechos y las leyes? Nuestros y expropiados.

Me voy a tomar el tren, así sigo pensando. En Campo de Mayo.

María Pía López
APU – Agencia Paco Urondo

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