23 de septiembre de 2020

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Maquiavelo, Napoleón y Macri, por Raúl Argemí

En el boxeo suele usarse la calificación de “tiempista” para algunos púgiles. Son boxeadores que manejan con inteligencia los tiempos de la pelea, la regulan en función de sus posibilidades, combinando ataques con pequeñas treguas, siempre a su favor.

Funciona bien cuando el contrincante es un peleador de pocas luces. Cuando el manejo de los tiempos no es ajustado, el resultado puede ser catastrófico, más allá de un “zapallazo” que lo emboque cuando va ganando por puntos y lo deje mirando la lona de cerca.

Como en revuelto cajón de sastre, se me mezclaron los boxeadores con Nicolás Maquiavelo, y todo como observación de la política diaria del actual gobierno de Argentina, porque uno de los ejes más importantes de El príncipe es la conciencia y el uso de los tiempos políticos.

Digo, como comentario al margen, que el analista político más importante de varios siglos, Maquiavelo, tiene mala prensa. El retorcido accionar de cualquier político, o lo que fuere, de alto o bajo vuelo, es denostado como “maquiavélico”, y eso es una burrada; como tantas. Antonio Gramsci, que parece estar de moda tanto para un roto como para un descosido, rescataba El príncipe como uno de los grandes aportes para entender cómo funciona el poder en la política. Tenía claro que Maquiavelo no sugería maneras, formas de perpetuarse en el poder, sino que, con la excusa de aconsejar a un príncipe -necesaria para que no le cortaran el cogote- hacía una radiografía documentada de los mecanismos del juego. Pero volvamos al uso de los tiempos.

De la observación de etapas ya sucedidas, desprendía que, entre otras cosas, quienes habían sabido manejar esa escurridiza categoría se habían consolidado, y quienes no lo supieron fueron arrasados por sus enemigos. Para resumir la ley que mandaba en esa situación señalaba que todo príncipe que llega al poder tiene un tiempo de gracia.

Los que perduraron hicieron de ese tiempo el tiempo del cuchillo, aplicando la violencia institucional, y no tanto, sin concesiones, eliminando a sus opositores y todo aquello que pueda favorecer a los que no son los suyos. Lo que, en criollo, se dice machacar al hierro mientras está caliente. El jacobino Mariano Moreno decía, en su manifiesto, más o menos lo mismo. A los amigos todo, a los neutralizables tratar de no joderlos y al contrario ni agua.

Sólo que, informaba Maquiavelo, el tiempo de la sangre -incluso la metafórica- tiene un límite, poco antes del cual hay que cambiar el ritmo, porque la paciencia, e incluso el miedo también tienen límites. Si la cosa ha funcionado bien para el príncipe levantar la mano dura es un buen negocio y habrá logrado la aceptación de un estado de cosas. Si no lo hace tendrá que comenzar a pelear por su supervivencia, lo que siempre es una situación difícil, muy difícil de revertir, porque algunos propios y muchos neutrales ya lo verán con malos ojos.

Napoleón Bonaparte leyó atentamente el libro de Maquiavelo y lo acotó en los márgenes. Se le atribuye, sobre este asunto del tiempo de avanzar sin remilgos y la necesidad de abandonarlo cuando caduca, haber dicho: “las bayonetas sirven para muchas cosas, pero no para sentarse sobre ellas”. Rescato esta frase de Napoleón, que no encontré en el ejemplar de El príncipe comentado que tuve, porque si no la dijo podría haberla dicho y, casi siempre, la leyenda expresa mejor a la realidad que lo documental.

No dudo de que Durán Barba, asesor publicitario del presidente Mauricio Macri, leyó a Maquiavelo con la misma dedicación que Gramsci y Napoleón. Pero el que está en medio del ring es Macri y los segundos de su rincón pueden proponer pero, en medio de la pelea, no deciden. En ese sentido la insularidad del boxeador es absoluta. Como dijo Ringo Bonavena para explicar por qué hacía lo que le parecía mejor en medio de las piñas: “cuando suena el gong te quitan hasta el banquito”, estás solo.

Visto lo que va de la presidencia de Mauricio Macri se nos hace evidente que calibró con acierto la debilidad de la oposición, contando a políticos, sindicalistas, etc, etc, y transforma la realidad en función de los intereses de su sector social, sin detenerse a contabilizar los costos, porque hasta hoy han sido bajos. Todavía está en el tiempo de gracia, el tiempo de los cuchillos.

El interrogante que campea en la cabeza de los observadores políticos es si tiene conciencia de la caducidad y si sabrá cuando tiene que cambiar de ritmo, porque está liquidando esa etapa con una velocidad sorprendente, en gran parte por la desprolijidad de muchas de sus medidas, que le ganan enemigos gratuitamente.

¿Qué pueden hacer los integrantes de su equipo si no quieren encontrarse con una papa caliente en las manos? Poco, porque ni siquiera sus consejeros más cercanos pueden decidir en lugar del número uno.

Un creativo publicitario que participó en la campaña presidencial de Ricardo Alfonsín señaló cierta vez las limitaciones de lo que puede hacer un asesor. Si el candidato no es capaz de resolver los problemas que se le presentan el asesor no puede hacer nada por él. Si el asesor fuera mejor, debería ser el candidato, estaría en el centro del ring, no en el rincón, custodiando el banquito y las toallas.

Resumiendo desde la fragilidad de los tiempos, los “tiempistas” y las lealtades, en esta ensalada de Maquiavelo, Napoleón y Macri es saludable recordar que, cuando el boxeador pierde se va su casa con la cara abollada, sus segundos empiezan a buscarse un nuevo pupilo, y sus seguidores a otro a quien admirar. Como cierre convengamos que, aunque como figura literaria esto último sea bonito, no es del todo real.

El boxeador pierde sólo. Si es un presidente, los que tendrán la cara abollada serán miles.

Raúl Argemí

Revista Zoom

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