7 de December de 2021

Lucas en Londres, por Marcelo Justo

Salí a las carreras de Argentina en el 77 no porque me estuvieran persiguiendo directamente a mí sino porque te podían matar o secuestrar en cualquier momento por portación de cara y datos capturados en la libreta telefónica equivocada, por alguna foto de la facultad en una asamblea o en una manifestación, por una intensa pero breve militancia en el pasado.

La portación de cara de la época empezaba por ser civil, aunque zafaban los de cierta edad que se vestían como los militares e iban rapados o con el pelo engominada hasta la dureza marcial.

A partir de ahí la cosa se complicaba mucho. Desde ya ser villero o peronista o cabecita negro marcaba (como recuerda en “El sueño Bendito” el Maradona de ficción), pero también podía pasar cualquier cosa si uno tenía menos de 40 años y aspecto no tradicional, cuanto más joven, peor, todos los universitarios o estudiantes de escuela secundaria eran sospechosos, más si tenían pelo largo o patillas, pollera corta y no se pintaban, o cualquier otro rasgo de modernidad más o menos alternativa de la época que eran considerados peligrosísimos para la supervivencia de la patria.

Cuando llegué a Londres después de un tristísimo y demoledor viaje de 22 horas, no podía creer que se pudiera salir a la calles sin miedo y sin documentos, sin temblar ante la presencia de un policía, una comisaría o una mirada. Tuvieron que pasar muchos años en Europa para que esas escenas se quedaran en pesadillas que ocurrían en otro lado lejano por más que me despertaran sudando y aterrorizado en medio de la noche europea.

Por eso esta nota, porque ahora todo eso que se había ido transformando con el fin de la dictadura y un lento proceso de aparente consenso social, se está deshaciendo a una velocidad vertiginosa como si no tuviéramos una historia muy reciente detrás para alertarnos, como si el siglo 20, pero también el 19 y toda nuestra vida desde la independencia, no estuvieran regadas de sangre y violencia.

En los últimos años le tocó a Santiago, a Nahuel, a muchos otros que por ignorancia o por la distancia o la desinformación no llegué a conocer y que el CELS y otras organizaciones de derechos humanos tendrán documentados de a decenas, chicos asesinados como delincuentes que tenían el aspecto equivocado y que, según el parte policial del incidente, reproducido tal cual por los medios hegemónicos, habían sido asesinados porque representaban un peligro para la sociedad, todo mientras florecía la delincuencia real, la que ataca más que a los ricos a los pobres mismos, muchas veces apañada o asociada a la policía, pero claro, hablar de esa realidad no servía para sostener una política de mano dura ciega que se pudiera extender automáticamente a la represión sindical de cualquier protesta o cuestionamiento del orden vigente.

Estamos jugando con fuego hace rato. Es terrible que parte de la sociedad y de la política y del esquema institucional (la justicia, la policía) ejecuten, condonen, oculten, apoyen y repitan estos hechos, terrible que vayan aumentando los niveles de violencia institucional en las calles y las casas, terrible que no se de cuentan que en cualquier momento estamos de nuevo al borde del infierno.

Lucas soy yo. Lucas es tu hijo, Lucas somos todos como suele decirse y no hay discurso ni filiación política que pueda explicar una muerte así de gratuita en nombre de nada. En la violencia siempre hay una premisa antropológica que justifica llegar al asesinato: se puede y debe matar al otro porque es un ser despreciable, porque no vale.

Pero si en aquellos dos siglos de enfrentamientos había una lucha política, una guerra de independencia, la fundación de una nueva nación y muchas veces dictaduras que conducían inevitablemente al enfrentamiento, desde el advenimiento de la democracia, había nuevas condiciones, no el fin de la historia, pero sí la posibilidad de acceder a una manera distinta de resolver los graves conflictos socio-económicos del país.

Es cierto que nos falta mucho comprender la historia. Son muchos los hechos funestos que olvidamos como si no hubieran ocurrido (los bombardeos de Plaza de Mayo en 1955 con más de 300 civiles muertos, gente que iba al trabajo a las ocho de la mañana, que podían ser de un partido o de otro, que quizás no querían saber nada con la política, crímenes que incluso hoy son justificados y hasta reivindicados o lamentados porque tendrían que haber sido mucho más para limpiar el país o la proscripción patotera de la mayoría política durante 18 años con gobierno alterno de generales y civiles mientras en la escuela se enseñaba que Argentina era una democracia).

No ha habido aprendizaje de eso como se ve en la apoteosis de todo esto que es el intento todavía vivo y renaciente de minimizar el terrorismo de estado y los 30 mil desaparecido (eran «solo» 8 mil, había dos demonios).

Lo de Lucas es todavía peor porque no hay ni siquiera política o ideología para disfrazarlo y, sin embargo, se lo intenta minimizar. Fue un asesinato sin pasión, por simple desidia o costumbre institucional, como si fuera un juego de play station de grandulones con permiso para portar armas.

La escena del crimen era pura vida cotidiana. Chicos que van a jugar al fútbol y no se dan cuenta que todavía en el país hay un túnel del tiempo que te comunica con las pesadillas del pasado: un coche sin matrícula con policías de civil que interceptan a quien se le da la gana y les descerrajan una docena de disparos para después hacer simular un enfrentamiento.

¿Cuál es la respuesta de los medios hegemónicos mano-duristas, de la oposición, de sectores violentos de la sociedad? ¿Van a seguir llamando al asesinato a mansalva una vía legítima de terminar con la delincuencia «como sea»? ¿Qué quiso decir López Murphy con eso? ¿Que se puede matar a 10 o 15 inocentes colaterales con tal de al fin, con un poco de suerte, ultimar al culpable, si es que lo es y no se trata de un cómplice sacrificado?

Esta sociedad necesita y extraña las marchas del 24 de Marzo que la pandemia obligó a suspender. Las extraña porque eran un mensaje contundente multitudinario de que no se podía volver para atrás.

En Alemania el recuerdo del horror del nazismo es tan fuerte y sigue tan a flor de piel que cuando los alemanes celebraron la victoria en el mundial contra Argentina en 2014 y en un escenario un grupo de jugadores entonaron alegremente una canción infantil con la cabeza alta y riéndose que decía que “estamos muy contentos” mientras otros jugadores representaban el papel de argentinos disfrazados de gauchos y caminando cabizbajos y derrotados cantaban que “los gauchos están muy tristes” los presentes en el acto aplaudieron y se sonrieron, pero al otro día se armó un escándalo nacional liderado por la premier conservadora Angela Merkel, apoyada por la inmensa mayoría de los medios que obligó a la federación de fútbol y a los avergonzados jugadores a negar que se tratara de un comentario racista y a pedir perdón por cualquier ofensa que se hubiera causado.

El mensaje era claro. En un país con el pasado de Alemania no se puede permitir ninguna alusión que permitia reivindicar ni siquiera de modo indirecto el concepto de superioridad racial, sea por una victoria deportiva o lo que fuera.

¿Aparecerá en nuestro país un líder y una estructura institucional y una memoria histórica de esta altura? No lo sé. Nos falta mucho o muchísimo todavía para tener unos principios mínimos en común que no deberían ser tan difíciles: valor sacrosanto de la vida, respeto absoluto a la ley, democracia y libertad de palabra.

Si esto no aparece tendrá que ser el pueblo en la calle el que evite el siniestro regreso de una dictadura disfrazada con algunos modales democráticos o andaremos a la deriva y en peligro de muerte durante muchos años.

Marcelo Justo

Página/12