30 de septiembre de 2020

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Londres: Recuerdos del futuro, por Guadi Calvo

Quien se encuentre sorprendido por el último ataque en Londres, tendrá que aceptar que padece el peor de los males que un hombre contemporáneo puede padecer: inocencia.

En Londres ha golpeado nuevamente la violencia. Ya en 2005 un ataque coordinado contra diferentes puntos del servicio de transporte público dejó 56 muertos y unos 700 heridos, aunque hablar del terrorismo de 2005 es hablar de varios siglos atrás.

Este último ataque en el puente de Westminster, en las proximidades del Parlamento, compete a otra etapa de esa “guerra contra el terrorismo” que el ex presidente George W. Bush inició por las suyas, para los suyos, y no me refiero a los ciudadanos norteamericanos.

En mayo de 2013, un ataque similar al sucedido ayer lo produjo Michael Adebolajo y Michael Adebowale, británicos de origen nigeriano, quienes tras atropellar al soldado británico Lee James Rigby, veterano de Afganistán, intentaron decapitarlo frente a innumerable cantidad de testigos que pudieron grabar con sus celulares el asesinato y a sus responsables vivando a Alá.

Del tipo del terrorismo que golpeó Londres ayer -que Europa ya conoce mucho-, se sabe poco, pero vendrán más y estas oleadas serán incontenibles, porque no son organizaciones sino hombres fanatizados por el extremismo wahabita y hostigados por la rapiña neoliberal.

El hecho de ayer dejó cinco muertos, entre ellos el agente Keith Palmer y el propio atacante, además de 40 heridos, siete de ellos en estado crítico, lo que podría sumar más muertos. Y sí… hay que reconocer que cinco muertos en Londres pesan mucho más que 200 en Damasco, Bagdad, Mogadiscio o Kabul.Todos esperábamos este ataque, quizás no en Londres -o ¿por qué no de nuevo en Londres?-, pero también podría haber sucedido en Viena, Ámsterdam o Barcelona. A nada estuvimos la semana pasada de que ocurriera en el aeropuerto parisino de Orly, cuando un hombre que había disparado contra un puesto policial, hiriendo a un agente, poco más de una hora después quiso arrebatarle el arma reglamentaria a un soldado, que terminó ejecutándolo al intentar huir.

El detalle del ataque en Londres sin duda tienen una mecánica común a los ya sucedidos en el pasado en Reino Unido y en otros sitios de Europa, donde la estrategia del oportunismo es el arma más efectiva para violar a los servicios de inteligencia más entrenados, efectivos y atentos del mundo.

El ataque se produjo frente al Parlamento británico, en el momento en que la primera ministra Theresa May, como cada miércoles, se encontraba presente atendiendo las requisitorias de los miembros de la Cámara de los Comunes.

El atacante podría ser, aunque todavía no se ha confirmado, el converso británico de origen jamaiquino Trevor Brooks, de 42 años, cooptado en 1993 por islamitas radicales y que la prensa inglesa conoce como Abu Izzadeen, “el predicador de odio”.

Brooks estuvo detenido tres años por financiación e incitación a actividades terroristas. Viajó a Turquía para incorporase a algunas de las organizaciones integristas que combaten en Siria, pero fue detenido por las autoridades y enviado de vuelta a Londres en noviembre pasado. Algunas fuentes citan al abogado de Brooks, quién afirma que su cliente se encuentra en prisión, por lo que no podría ser el autor del ataque.

Si bien hoy es irrelevante el nombre del autor, ya que sin duda no es ni el Califa Ibrahim, líder del Daesh, ni Aymán al-Zawahiri, líder de al-Qaeda, Brooks es una metáfora perfecta del perfil de atacante espontaneo, que no es lo mismo que un lobo solitario, un hombre perteneciente a la organización, entrenado y armado, mantenido en “sueños” y activado para una misión determinada, tal cual sucedió en París o en Bruselas.

Este tipo de acciones se asemejan más a los sucesos de Niza o Berlín en las últimas navidades, donde un espontaneo salta al ruedo a matar o morir, y como siempre mueren, poco se conoce de su verdadera motivación y fundamentos para tomar semejante decisión. El protagonista del ataque podría ser uno de los tres mil militantes wahabitas fichados por la seguridad británica y que viven en las islas.El atacante de Westminster había alquilado una todoterreno en Birmingham, la segunda ciudad del país, y tras manejar hasta Londres se lanzó a arrollar gente en el lugar más emblemático de la capital, el puente de Westminster.

Tras chocar contra las rejas del Parlamento al final del puente, bajó del vehículo y penetró en los jardines del Old Palace Yard, junto al Parlamento, antes de ser interceptado por dos policías. El atacante consiguió herir a uno de ellos, que terminó muriendo, mientras que el otro agente pudo matarlo.

Es bastante dudoso, aunque no imposible, que un combatiente orgánico del Daesh o al-Qaeda, que todavía no se adjudicaron el hecho, utilice un simple cuchillo de cocina para una operación de esa magnitud.

El ataque se produjo en el momento que se cumplía el año de los atentados en Bruselas que causaron 32 muertos y más de 300 heridos. Nunca se sabrá si lo de Londres fue un planeado homenaje a aquello o una coincidencia.

Las culpas de Unión Europea

La Unión Europea (UE), Brexit incluido, es responsable de estas últimas cinco muertes, y las centenares de miles que las precedieron no sólo en el continente sino en África, Medio Oriente e incluso en Pakistán y Afganistán. La UE, junto a su brazo armado, la OTAN, sigue las estrategias norteamericanas para su lucha contra el terrorismo.

Haber aceptado participar de la operación “Primavera Árabe”, que fue el disparo de salida a la carrera cuyo trofeo no sólo era hacerse con los miles de millones de dólares que la Libia del Coronel Gadaffi tenía depositados en bancos ingleses y norteamericanos, era destruir el país foco de atracción del panafricanismo; por otra parte, avanzar sobre Siria significaba exterminar al mayor centro de resistencia antinorteamericana de Medio Oriente, junto a la República Islámica de Irán.El plan incluía, o incluye, el intento de desguazar países como la propia Siria e Irak en tres o cuatro estados diferentes, promoviendo las diferencias religiosas y tribales, alentado la emancipación kurda en Siria e Irak, mientras se asiste al presidente Recep Tayyip Erdogan en su guerra privada contra la minoría kurda en Turquía.

Además, la Unión Europea ha fabricado el golpe de Estado en Ucrania, donde en un particular maridaje, las hordas fascista llevaron al poder al más neoliberal de los empresario del oriente europeo, Petró Poroshenko, cuyas fábricas de armas “casualmente” abastecen a los grupos terroristas que operan en Siria. Generando una guerra ya de proporciones en la frontera rusa, que ha reavivando la Guerra Fría y sumándole la reactivación de todos los movimientos neo-fascistas del continente, que hoy gobiernan países como Polonia o Hungría, al tiempo que en la propia Francia son un opción de poder indiscutida.

Europa es responsable de cada uno de sus muertos, de los millones de refugiados que pugnan por encontrar un lugar en ese estado de bienestar que ya es historia antigua.

Por ello, lo sucedido en Londres en números comparados con otras realidades es despreciable. Un día antes en Somalia, hubo la misma cantidad de muertos en un ataque a 500 metros del centro del poder en Mogadiscio, hecho que no fue siquiera recogido por la prensa internacional. Londres, al igual que el resto de Europa, volverá a sufrir estos sacudones, y ya no importa se venza o no al Daesh o se descalabre por una vez por toda a al-Qaeda. Como recuerdos del futuro estos ataques seguirán golpeando por mucho, muchísimo tiempo más, a las buenas y democráticas conciencias occidentales y a los cuerpos de sus ciudadanos, tan inocentes ellos.

Guadi Calvo

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