7 de December de 2021

La Unión Europea tiene que dar un paso al frente en la cumbre de Glasgow

La Cumbre de Glasgow tiene que conseguir dinero y reducciones reales de las emisiones. Para ello, la Unión Europea debe tomar las riendas. El mundo no puede darse el lujo de otro fracaso como el de Copenhague.

Tal vez el primer ministro británico, Boris Johnson, no le guste a todo el mundo –sobre todo a los líderes de la Unión Europea desalentados por el Brexit–, pero Reino Unido será el anfitrión de la próxima ronda de negociaciones sobre cambio climático –la COP26, que tendrá lugar en Glasgow el mes que viene–, así que la UE deberá aparcar sus problemas con el premier británico y arremangarse para trabajar codo con codo con él.

Hasta ahora, la historia de las cumbres mundiales que han formado parte de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático ha sido la de dos ciudades europeas: Copenhague y París.

En 2009, los líderes del mundo y sus equipos negociadores se reunieron en Copenhague para cerrar un tratado integral que comprometiese al mundo entero con acciones de largo alcance para evitar los peores estragos del calentamiento global. Tal cosa no sucedió.

Demasiados de los principales actores (y emisores) llegaron sin propuestas viables para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Los líderes de la UE quedaron a la espera en los pasillos mientras Estados Unidos, China e India diseñaban un acuerdo no vinculante que dejó muchos problemas pendientes. Los representantes de los países más vulnerables observaron desesperados cómo sus intereses, una vez más, quedaban de lado.

Un error clave de cálculo político condenó al fracaso la cumbre de Copenhague: la UE se olvidó de que no solo defiende a sus propios ciudadanos, sino de que también es un socio fundamental de los países más afectados por las aterradoras consecuencias del cambio climático.

Sin la participación europea –y con eso me refiero a asistencia política, práctica y financiera reales–, los países más vulnerables quedaron fuera de las negociaciones y sin opción de elegir las condiciones y las fuentes del apoyo disponible.

La UE, sin embargo, aprendió de aquella experiencia: durante la COP17, celebrada en Durban (Suráfrica) en 2011, la Unión lideró la cumbre con un hoja de ruta para garantizar que quienes corrían más riesgos hiciesen oír sus voces. La iniciativa logró resultados que prepararon el terreno para el acuerdo climático de París en la COP21, cuatro años después.

En 2015, cuando los líderes mundiales visitaron la capital francesa, los europeos volvieron a desempeñar un papel clave. La UE ayudó a crear la Coalición de Gran Ambición, un grupo informal de países desarrollados y en vías de desarrollo comprometidos con la meta común de una transición genuina hacia una economía verde.

Esta vez EEUU y China dieron señales de entender el interés compartido por la acción climática. Se estableció la meta de limitar el calentamiento global a 1,5 grados respecto de los niveles preindustriales, y los países desarrollados se comprometieron a financiar los esfuerzos de los más pobres para mitigar el impacto del cambio climático y lograr un crecimiento económico sostenible. Quedó en manos de las principales economías la responsabilidad de actuar con rapidez y compartir los beneficios de su riqueza y conocimiento.

Se firmó el Acuerdo de París y, de pronto, el futuro comenzó a tener mejor aspecto. Pero en los seis años transcurridos desde entonces, las emisiones anuales de gases de efecto invernadero han seguido aumentando, incluso durante la pandemia en 2020.

Y los modelos climáticos han resultado devastadoramente precisos en su previsión del aumento de la frecuencia e intensidad de las inundaciones, huracanes, incendios fuera de control y olas de calor asesinas. Y esto, como sabemos, es solo el principio.

Aunque en algún momento se consideró que las discusiones sobre la crisis climática eran una cosa para las generaciones venideras o quienes ya vivían en condiciones extremas, ahora Europa sufre también. Los alemanes y los belgas mueren debido a las inundaciones, y las temperaturas extremas cambian drásticamente a comunidades enteras en todo el Mediterráneo.

Y así llegamos a Glasgow. Se suponía que este año todos los signatarios de París, después de evaluar sus avances, volverían a la mesa listos para aumentar sus ambiciones de acción a escala local y, en el caso de los países más ricos, apoyar a los más pobres. Pero el dinero que ofrecen sencillamente no alcanza. Y la decisión de Reino Unido de reducir su compromiso histórico de ayuda internacional del 0,7 % de su PBI, apenas unos meses antes de asumir la presidencia de la COP, envió el mensaje equivocado.

Mientras tanto, algunas instancias del gobierno británico parecen estar más centradas en el espectáculo que en la sustancia, y Washington y Pekín parecen más decididos a provocarse entre sí que a centrarse en sus respectivas contribuciones en la lucha contra el calentamiento global.

Las tareas para los dos mayores emisores –juntos generan casi la mitad de las emisiones en el mundo– son claras: EEUU debe cumplir su promesa de financiamiento climático y China debe dejar de usar el carbón de manera paulatina. Ambas cuestiones son igual de importantes.

Pero, ¿dónde están los europeos? Pocos gobiernos de la UE, si es que hay alguno, están seriamente involucrados en términos diplomáticos para recomponer la Coalición de Gran Ambición, que resultó fundamental en París. Y la UE no presiona realmente a EEUU para que aporte su cuota de los 100.000 millones de dólares anuales prometidos a los países pobres para ayudarlos a adaptarse y prosperar.

Para que la COP26 ocupe su merecido lugar en la historia como el momento en que el mundo decidió, de verdad, intentar trabajar en conjunto para solucionar la mayor amenaza a la que se enfrenta la humanidad, la UE debe hacerse oír. Es el bloque comercial más rico del mundo, la fuerza diplomática más consolidada, y un ejemplo del poder de la tolerancia y la equidad. A menos que desempeñe su papel decisivo, la COP26 fracasará.

Todos, en todas partes, nos beneficiaremos si la UE, junto con sus líderes y su maquinaria diplomática, actúan ahora para evitar el desastre y garantizar la victoria de una acción climática mundial, inclusiva y ambiciosa. Glasgow tiene que conseguir dinero y reducciones reales de las emisiones. El mundo no puede darse el lujo de otro Copenhague.

foto Andy Buchanan / AFP

Connie Hedegaard

Política Exterior