22 de enero de 2021

La singularidad bimonetaria de la economía argentina

La singularidad bimonetaria de la economía argentina

Decíamos la semana pasada en «Reflexiones sobre el modelo de desarrollo argentino» que el ciclo económico de la alianza Cambiemos transita un sendero cuyo destino es el fracaso.

Por lo tanto, no hay dudas, que al actual experimento lo sucederá un esquema de recuperación del aparato productivo nacional.

No se le puede demandar a las ciencias sociales (y la economía es una de ellas), la predicción exacta sobre fecha y hora en que se producirá el punto de inflexión hacia la transición; sí es exigible, por el contrario, que la prognosis sobre el proceso en curso sea verificable a lo largo del tiempo.

Por caso, el diseño del mundo capitalista de la post guerra, producto de los acuerdos de Bretton Woods, y las líneas principales de la Guerra Fría, fueron determinados en el año 1944, sin necesidad de esperar el final de la II Guerra Mundial, porque los pronósticos realizados sobre su resultado eran suficientemente robustos.

Del mismo modo, comprobándose el desarrollo de la crisis, repetidamente anunciada como inevitable desde este espacio, debemos preparar la Argentina que vendrá, para estar listos cuando «lo terminado» acabe de irse. Es por ello que venimos aportando al debate, con insistencia, sobre el diseño del Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable (MODEPyS).

En este marco, y continuando con el tratamiento de algunas de las singularidades de nuestro país, no podemos dejar de reflexionar sobre los desafíos y oportunidades que impone el marcado carácter bimonetario de su economía.

Antecedentes

Las tres funciones principales del dinero, generalmente aceptadas, son: fungir como medio de pago, ser unidad de cuenta y constituir reserva de valor1.

En general, los países adscriben a sistemas unimonetarios. Sin embargo, en la Argentina, se utilizan dos monedas de manera casi indistinta: el peso y el dólar.

La singularidad bimonetaria de la economía argentina

Esta particular dinámica bimonetaria se fue exacerbando durante las últimas seis décadas, en la medida que se producían profundos desequilibrios macroeconómicos que aceleraban el proceso inflacionario.

Si bien el primer antecedente público de esta problemática, que ya comenzaba a estar latente, fue la conocida frase del entonces presidente Juan D. Perón ¿Alguien vio alguna vez un dólar?, a posteriori se fue agudizando.

A partir de la década del ´60, los inversores más calificados comenzaban a operar en «moneda dura», proceso que fue discurriendo a lo largo de los años, dejando en el camino ganadores y perdedores, provocando una lógica reasignación de riqueza.

Posteriormente, con los acontecimientos conocidos como «el rodrigazo», «la tablita» de Martínez de Hoz y «el que apuesta al dólar pierde» de L. Sigaut, entre otros, se aceleró y masificó la dolarización de carteras, proceso que fue in crescendo, hasta alcanzar el paroxismo con la hiperinflación alfonsinista de 1989.

Teniendo en cuenta estos antecedentes, es relevante comprender que dicha conducta no constituye, esencialmente, una «actitud especulativa rentística» especialmente arraigada en nuestra sociedad, sino que, simplemente, es la manera que fueron encontrando tanto las empresas como las familias para preservar el valor de sus patrimonios y sus ahorros.

Desde un apropiado enfoque de esta realidad, es posible convertir aquella conducta aparentemente defectuosa en una virtuosa para el conjunto social.

En efecto, existieron ciclos gubernamentales donde la utilización de cualquiera de las dos monedas (peso o dólar) era indiferente. Eso, permitió, incluso, que pretéritos atesoramientos se transformaran en ahorro para fondear la inversión.

¿Deudores o acreedores en dólares?

Si bien el estado argentino posee un significativo pasivo en dólares, hay que considerar que, a la inversa, el sector privado conserva un activo en esa misma moneda aún mayor. En tanto y en cuanto la Nación Argentina está conformada por el agregado de ambos sectores, podemos resaltar, como señalan las estadísticas oficiales, que nuestro país mantiene con el mundo una «posición neta positiva».

Esta situación puede observarse en las cifras que el INDEC publica como «Posición de Inversión Internacional (PII)», tal como se detalla en el cuadro.

Los resultados de la PII, al segundo trimestre del año 2018, arrojan un saldo favorable de poco más de U$S 52.000 millones, con un activo cercano a los U$S 362.000 millones, de los cuales casi el 79% (U$S 284.792 millones) pertenecen al sector institucional denominado «otros sectores» (que corresponde al sector privado no financiero).

Volviendo a hacer del defecto una virtud, el próximo modelo de desarrollo argentino debe permitir que los fondos en el extranjero, así como el atesoramiento doméstico, se transformen en ahorro que financie el flujo inversor, facilitando el crecimiento sostenido de la economía.

Consistencia macroeconómica para un bimonetarismo virtuoso

Para ello, es relevante indagar sobre la forma en la cual la política monetaria consigue que haya una situación de indiferencia entre la utilización de ambas monedas.

Y ese sendero debe lograrse mediante políticas que posibiliten la convergencia de las tasas de interés y de inflación, hacia niveles compatibles con los internacionales, eliminando las expectativas de devaluación.

En ese marco, además, debe consolidarse un esquema de consistencia macroeconómica, donde los superávits gemelos cumplen un rol central, tal como ya fue demostrado en anteriores etapas de desarrollo de la Argentina.

Así, se generará un contexto en el cual las empresas puedan encarar proyectos de inversión a mediano y largo plazo, que generen una adecuada rentabilidad, utilizando parte de aquellos activos en moneda extranjera.

Cabe consignar que, una vez conseguido ese objetivo, es preciso prever que la sobre abundancia de dólares no retrase el tipo de cambio competitivo, necesario para que la economía nacional sostenga su desarrollo. Ello, teniendo en cuenta que no puede absorber más de 12 a 15 mil millones de dólares plus por año, con un PIB creciendo a tasas anuales del 6% o 7%, sin que se produzca una revaluación del peso.

Ello permitirá a nuestro país ingresar en la etapa virtuosa del bimonetarismo, evitando lo que aconteció, con excepciones, en los últimos sesenta años, cuando al tiempo que la Argentina iba transformando bienes de producción en dólares, fueron creciendo, notablemente, la desocupación y la pobreza.

Como afirmamos en Panes y peces (BAE, 6-8-18) «se presenta la enseñanza de que la satisfacción de las necesidades depende del acceso a los bienes (o servicios) y no de una mediata representación, como es el dinero».

Por esa razón, en el próximo MODEPyS, que deberá ser con una clara orientación a la producción, crecerá significativamente la base material de la nación.

Guillermo Moreno / Norberto Itzcovich / Claudio Comari

BAE Negocios

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