23 de septiembre de 2020

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La permuta europea, la Unión Europea y Turquía sellaron un acuerdo por los migrantes

Napoleón Bonaparte afirmó que “si la Tierra fuese un solo Estado, Estambul sería su capital”. Estratégicamente situada entre Europa y Asia, esta encantadora ciudad turca sirvió, en el pasado, de capital al Imperio Romano, al Imperio Bizantino y al Imperio Otomano.

Antes de afirmarse como Estambul fue Nueva Roma, fue Bizancio, fue Constantinopla.

De la paz de Westfalia al Congreso de Viena, de la Primera Guerra Mundial a las convulsiones en el Oriente Medio, hace muchos siglos que la historia de las principales potencias europeas se escribe también en las fronteras turcas. El último capítulo fue redactado a toda prisa y produjo una pobre prosa firmada por varios autores de escaso talento. El estilo es algo primitivo y la trama puede, de hecho, herir fácilmente a la sensibilidad de cualquier humanista.

Estamos hablando del acuerdo celebrado entre la Unión Europea y Turquía sobre los miles de migrantes que, durante los últimos meses, acudieron a las puertas del Viejo Continente, adonde fueron dejados a la deriva por la burocracia de Bruselas y por la débil memoria de sus actuales gobernantes.

No son cazadores furtivos de subsidios concedidos por el Estado Social europeo y tampoco una amenaza para el envejecido mercado laboral de la Unión como tararean los altavoces de las xenofobias partidarias. Son, más bien, ciudadanos iguales a los millones de europeos que durante el siglo pasado huyeron también del horror de la guerra. Unos y otros arriesgaron su vida, y han visto muchas perderse en el camino en busca de una dignidad mínima para sus familias, en busca de una oportunidad para sus hijos, lejos del hambre y de la anarquía.

El acuerdo es una ecuación de primer grado sin lógica algebraica ni decoro político. A partir de ahora todos los inmigrantes considerados ilegales que viajen de Turquía a Grecia –una de las principales rutas de los flujos migratorios– serán devueltos a Ankara. Y por cada inmigrante sirio deportado, la Unión Europea va a recibir uno de los refugiados sirios que están en Turquía.

La primera contrapartida son los seis mil millones de euros que Bruselas le pagará a Ankara para cubrir los costos

Al igual que los fenicios que intercambiaban cedro por papiro, o los romanos que cambiaban sal por armamento, la Unión decidió ahora intercambiar inmigrantes por refugiados utilizando la tasa del “uno por uno”, esa es la expresión utilizada en los comunicados oficiales difundidos por Bruselas.

A la degradación del lenguaje se suma la paradoja moral de predicar los méritos de la deportación de ciudadanos no comunitarios –sean inmigrantes, solicitantes de asilo o refugiados– a un país, Turquía, a quien la propia Unión Europea tan a menudo criticó por la falta de respeto por los derechos humanos.

A ello hay que añadir algunas inconsistencias operativas. Preguntémonos: si el acuerdo solo abarca la población siria, ¿qué tratamiento tendrán los refugiados de Afganistán, Somalia, Sudán? Preguntémonos también: ¿qué sentido tiene confiar a Grecia, la más devastada de las economías europeas, la tarea de distinguir refugiados de inmigrantes?

Además, toda vez que el acuerdo solo hace referencia a Grecia ¿no sería lógico esperar que los flujos migratorios encuentren rápidamente rutas alternativas para llegar a la Unión Europea?

Conscientes de que toda concesión diplomática supone algo a cambio, cabe preguntarse: ¿qué gana Turquía con este acuerdo?

La primera contrapartida son los seis mil millones de euros que Bruselas pagará a Ankara para cubrir todos los costos de las deportaciones. Roza la ingenuidad política pensar que una crisis migratoria de esta envergadura se puede exportar o contener sin actuar necesariamente sobre la raíz del mal.

El segundo elemento de la factura es uno de valor no mensurable: el levantamiento de la exigencia de visado a los turcos en la zona Schengen. Un paso sujeto a la revisión de las leyes antiterroristas turcas que Bruselas considera demasiado flexibles pero que Ankara, sabiéndose necesaria en la negociación, rechaza reformar.

La última y más valiosa de las contrapartidas prevé “re-energizar” el proceso de adhesión de Turquía a la Unión Europea. Qué cuestionable precedente ese de admitir abrir las puertas de la Unión como moneda de cambio a la superación de una dificultad temporaria. Y resulta especialmente discutible porque la contraparte es Turquía, una nación que aspira desde hace casi 30 años a integrar la Unión y que vio a tantos y tantos Estados pasarle por delante.

Miembro fundador de las Naciones Unidas, socio de la OTAN, Turquía es un gigante limítrofe con innegable importancia estratégica para la Unión Europea. Con acceso directo a los mares Egeo y Negro, fronteras con Siria, Irak e Irán, y una población de 78 millones de habitantes, el país cumplió el rol de un Estado tapón frente a los tentáculos soviéticos y hoy resulta imprescindible por el suministro de gas natural y por su rol en el combate contra el terrorismo internacional.

Otra de las fuentes de la resistencia europea a recibir en su seno a Turquía, además de la cuestión kurda y del conflicto de Chipre, son las oscilaciones del régimen turco entre la vocación occidental y el “llamamiento oriental”.

En su última evaluación del proceso de adhesión de Turquía, publicado hace pocos meses, la Unión Europea informa de “retrocesos en las libertades de expresión y de reunión y falta de independencia del poder judicial”. Alega también que los derechos de las mujeres y de los niños no están efectivamente garantizados.

Ahora, poco tiempo después pero con otra cara, la misma Unión Europea acuerda con Turquía intercambiar “un inmigrante por un refugiado”. Esta es la permuta anunciada por una organización de 28 democracias galardonada en 2012 con el Premio Nobel de la Paz y que otrora se presentaba como el baluarte mundial del humanismo incondicional y contagioso.

Otros tiempos, otras prioridades y, sobre todo, otros intérpretes.

Jorge Argüello

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