29 de septiembre de 2020

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La pandemia, una oportunidad para el periodismo responsable, por Astrid Wagner

La pandemia, una oportunidad para el periodismo responsable, por Astrid Wagner

Estamos viviendo momentos históricos, inmersos en incertidumbres, desconfianzas y miedos, que inciden sobre nuestros comportamientos sociales. Se nos exigen cambios drásticos en nuestras prácticas de vida y restricciones de nuestras libertades fundamentales.

Esta situación reclama un diálogo permanente entre ciencia, política y sociedad, en el cual el periodismo desempeña un papel decisivo.

Un puente entre ciencia, política y sociedad

Para que las medidas de contención de la epidemia sean eficaces, tanto los ciudadanos como los políticos precisan transferencias de conocimiento de primer nivel, y los expertos, una cartografía de la situación de la población tan completa y compleja como sea posible para poder elaborar recomendaciones acertadas. Ante este trasfondo, no es casualidad que los ámbitos clave de la desinformación hoy en día sean noticias relacionadas de una u otra manera o con la ciencia o con la política.

Los medios de comunicación siempre tienen un papel clave en situaciones de crisis, y en ésta, que es global, resultan cruciales. Existe una demanda importante, incluso vital, de información contrastada y verídica: un gran reto y al mismo tiempo una oportunidad para el periodismo responsable.

Es el momento ideal para mostrar que el periodismo puede ser un bien de servicio al público, capaz de contribuir a la formación de audiencias críticas y bien informadas, de aumentar la cohesión social en vez de polarizar y agitar, que puede ser un contrapeso frente a los mecanismos de fragmentación y desestabilización que dominan las redes sociales. Pero para ello es preciso mantener –y, en su caso, recuperar– la confianza de los lectores.

Confianza crítica

La confianza es uno de los pilares de la convivencia social, un destacado recurso moral. Desempeña además una función epistémica crucial en cualquier acto de comunicación. No deberíamos confundirla con una actitud conformista o acrítica. Todo lo contrario: sin confianza se diluyen las bases de la comunicación que permiten la discrepancia.

La confianza, dado su doble rol normativo y epistémico, forma parte de la propia condición humana. Sin embargo, no se mantiene de por sí, hay que cuidarla, y una vez perdida es muy difícil restaurarla. Por eso, lo primero que buscan los diseñadores de estrategias de desestabilización y manipulación es socavar la confianza y crear un ambiente de sospecha. Para ello se sirven de argumentos escépticos y relativistas, de una nueva retórica de la duda omnipresente en las redes sociales, de una manipulación tan agresiva como no se ha visto en Europa desde la época de los totalitarismos.

Tales estrategias argumentativas están presentes en diversas ideologías extremistas, teorías de conspiración y movimientos anticiencia y antivacuna. Son difíciles de refutar porque se inmunizan contra la crítica de tal manera que ésta no hace nada más que confirmarlas. Juegan con emociones y prejuicios, usan todas las herramientas del populismo, se aprovechan de sesgos cognitivos –como la polarización de grupos, el sesgo de confirmación o los efectos de repetición– que además están potenciados por el diseño algorítmico de las plataformas digitales.

Se conforma así un arsenal ideológico difícil de rebatir. Difícil porque la fuerza de los argumentos surge de un horizonte compartido de creencias y convicciones. Este horizonte no es en absoluto fijo, ni debería serlo, pero con la extrema polarización ideológica, por un lado, y la conspiranoia, por otro, está entrando en una dinámica autodestructiva.

Frenar el avance de la posverdad

Tenemos que aprender bloquear este tipo de argumentación, incluido aquel discurso relativista que se ha construido alrededor de la noción de “posverdad”. Ha emergido un pensamiento postfáctico que crea una indiferencia generalizada frente a la distinción entre verdad y mentira, un relativismo que vincula la verdad no a marcos epistémicos, sino más bien a puntos de vista particulares. Una posición que socava en el fondo la diferencia entre conocimiento y opinión, agrieta el fundamento de nuestros saberes y pone en peligro los logros culturales de nuestras sociedades.

Hay que demostrar que este tipo de relativismo se basa en un malentendido profundo. Sí, toda experiencia depende de procesos de interpretación, incluso lo que en ella cuenta como dato, hecho o información, como objetivo, real o verdad. Pero el hecho de que los datos siempre estén procesados, conceptualizados e interpretados no significa que ya no se pueda distinguir entre verdad y mentira o entre realidad y ficción. Es precisamente la condición humana como ser histórico y cultural, como animal simbólico, la que nos permite y obliga a hacer la distinción entre lo verdadero y lo falso. Es una condición básica de la comunicación y sin ella ésta se paraliza.

La propagación masiva de bulos contribuye precisamente a la parálisis del diálogo, fomenta la solidificación de nuevos criterios e impulsa así un cambio furtivo de la racionalidad y del sentido común, de lo que nos convence y parece creíble.

Para que un bulo funcione, necesita algún elemento de verosimilitud, pero ni la verosimilitud de algo ni su credibilidad son características inherentes e invariables. Lo que parece creíble, lo que cuenta como argumento, depende de determinadas prácticas aceptadas de argumentación, justificación y confirmación y, sobre todo, de un fondo de certezas y creencias que configuran nuestro sentido común y nuestras imágenes del mundo, lo que se percibe como realidad vivida.

Fomentar la deliberación pública

Para contrarrestar todos estos efectos nocivos necesitamos, ahora más que nunca, ciudadanos autónomos, bien informados, críticos y responsables, virtudes que el ciudadano digital contemporáneo está en trance de perder. En este contexto, una de las tareas más importantes de un periodismo responsable sería la contribución a la formación de una sociedad civil, capaz de deliberar.

La práctica deliberativa transmite a los ciudadanos virtudes cívicas y valores epistémicos, ayuda a moderar la parcialidad, fomenta el conocimiento de y respeto a perspectivas distintas, y refuerza una cierta humildad epistémica.

La necesidad de adoptar actitudes epistémicamente responsables va mucho más allá del campo académico. Gran parte de la información periodística en esta crisis se crea y se mueve en el complejo triángulo ciencia-política-sociedad en el que a menudo predomina la lógica del mercado, de la captación de votos y de la publicidad.

La pandemia ha resaltado la importancia de una interpretación y contextualización de los datos por expertos y ha puesto de relieve la dependencia mutua entre expertos y periodistas, una relación que aún ha de consolidarse. Juntos se encuentran ante el reto de transmitir que la ciencia no produce certezas absolutas, sino verdades en evolución y siempre sujetas a escrutinio que posibilitan el manejo riguroso de las incertidumbres.

Se precisa ahora una labor pedagógica que permita percibir la provisionalidad y falibilidad de la mejor investigación científica como una fortaleza y no como una debilidad. Esta labor, parte de la cual tiene que asumir el periodismo, es crucial para hacer frente al negacionismo, la conspiranoia y los movimientos anticiencia y antivacuna. En este río revuelto pescan sin pudor alguno formaciones políticas extremistas de corte autoritario, cuando no xenófobo y machista.

Si no queremos una sociedad que dé la espalda a los hechos, hoy más que nunca es imprescindible fomentar actitudes responsables que mantengan en pie las estructuras básicas de confianza en nuestra sociedad.The Conversation

Astrid Wagner

The Conversation / IPS – INTER PRESS SERVICE

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