16 de junio de 2021

LA JUVENTUD Y LA POLÍTICA, por Ricardo Rouviere

La juventud siempre ha sido un tema de investigación cuyo abordaje ha interesado a la sociología, la psicología, la antropología y la política. También es objeto de interés para la hegemonía capitalista, que tiene como uno de sus logros principales la maximización de la sociedad de consumo.

El microscopio provisto por los big data apunta a este sector social como destacado para descubrir actitudes y estilos de vida. La política, sobre todo en tiempos electorales, busca las herramientas más eficaces para atraer el voto joven.

Los jóvenes de hoy nacieron en la década del ‘90 y en los primeros años del nuevo siglo, uno de los períodos más complejos de la historia mundial y en particular de la región, signado por grandes transformaciones en el mundo social, de la producción y del trabajo: los fenómenos de la globalización de los mercados, la disponibilidad y habilidad en el manejo de las tecnologías de la información, reformas laborales, educabilidad, primer empleo, etc.

Esto en el contexto de la cultura dominante, dentro de la cual debe incluirse una juventud con escaso compromiso con el pasado y con la incertidumbre social sobre el futuro.

El avance pujante de la igualdad de género y la aparición y reconocimiento de minorías que obtienen la posibilidad de no ser excluidas conforman un punto de inflexión civilizatorio. Se registra, indudablemente, un paso en que los jóvenes se levantan de una posición de subordinación social para convertirse más rápidamente en adultos.

Está claro que estamos asistiendo a la decadencia del patriarcado y la aparición de modelos familiares más democráticos, y una caída relativa de la autoridad tradicional.

Estos cambios establecen un nuevo desafío para nuestra democracia, al integrar como ciudadanos a los adolescentes desde los 16 años. Esta integración es muy compleja en la medida que significa aproximar o intentar integrar una subcultura en el funcionamiento de la sociedad global.

En nuestro país la juventud, que convencionalmente situamos en la escala que va de los 16 a los 29 años, alcanza un agregado de más de 10 millones de personas. Hay un total aproximado de 45 millones de habitantes de los cuales 35 millones completan el padrón electoral. Hay que considerar que el 29% de ese padrón corresponde a este intervalo de edades.

Este conglomerado presenta características que lo perfilan en forma diferenciada del resto de la población. En la planificación electoral de los partidos aparecen acciones dirigidas en forma especial a este sector. A veces, al punto de buscar situaciones que convierten a algunos dirigentxs en figuras asociados al mundo cultural de los jóvenes.

De acuerdo a la ley, gozan de todos los derechos políticos conforme a la Constitución y a las leyes de la República. Entre otras, la Ley de Ciudadanía sancionada en 2012 (ley 26.774) que extendió a los más jóvenes el derecho a votar en elecciones nacionales.

Si bien el voto es obligatorio, en caso de que se abstengan no serán considerados infractores, es decir no hay sanción, factor que incide en el alto ausentismo a las elecciones (a medida que ascendemos por la pirámide de edades el presentismo crece). Es importante dejar constancia de que sabemos que hay diferencias significativas dentro del intervalo que va de 16 a 29 años, su relación con la sociedad, los modos de pensar y las prácticas sociales.

Dentro de esa franja etaria, en 2015 votó el 58% entre los menores de 18 años pero dos años después la participación cayó al 52% y en 2019 siguió cayendo. Esto nos lleva a entrar en los segmentos que integran el conglomerado. Por arriba de los 18 años, el ausentismo no difiere mucho de las edades superiores.

La juventud entre los 16 y los 29 años mantienen una posición diferenciada respecto a la cosa pública y en particular a la política. Se distinguen tres grupos.

El más numeroso es el que es indiferente a la política, desconfía, tiene una imagen muy negativa de la profesión y la política no está en su vida diaria, al menos no conscientemente. Trata de no ir a votar y si concurre decide su voto a último momento y a través de configuraciones de imagen generalmente parciales. Este grupo indiferente alcanza un 55% del total del espacio del 16 a 29 años.

El 45% restante registra algún interés respecto a la política. En este espacio hay una minoría activa, aproximación que va desde el compromiso militante hasta la adhesión pasiva. Sobresale el clivaje de la organización La Cámpora, la agrupación de mayor desarrollo territorial y presencia en la burocracia estatal de los últimos años.

Dentro de este grupo de votantes interesados se encuentra a su vez un subgrupo denominado “libertarios”, que tienen un costado antisistema y desvalorizan la política. Son de raíz liberal, que en su extremo intercepta con el anarquismo.

Las enfáticas actuaciones del economista Javier Milei logra identificaciones más por su gestualidad (objetivo estético de la TV) que por una identificación doctrinaria. Esta minoría tuvo una actuación protagónica el 1º de marzo, instalando bolsas negras de plástico en Plaza de Mayo, anticipando la muerte de algunos dirigentes políticos. No obstante, la violencia simbólica que emplea es inversamente proporcional a su popularidad.

Hay otras fuerzas antisistema a la izquierda del espectro (Partido Obrero, Polo Obrero, MTS, etc.), que sobresalen en su penetración en la educación secundaria y universitaria, y en algunos gremios.

Se completa esta segmentación con la identificación de grupos pequeños del PRO y la UCR. El PRO había tenido un crecimiento hace una década y media, cuando aparecía como una alternativa modernizadora de la centro derecha, alimentada por fundaciones como usinas del pensamiento (Formar, Pensar, Suma y otras). Pero ese proceso se ha revertido y algunas de esas instituciones están paralizadas.

Si bien en las elecciones del 2019 el segmento de mayor rechazo a la candidatura de Macri se ubicó en el intervalo de 30 a 49 años, fue significativa la proporción de jóvenes de 16 a 29 que eligieron a Juntos por el Cambio.

Hay otros fenómenos sociales y políticos que contribuyen a la politización o despolitización de la sociedad y de los jóvenes en particular, que han tenido influencia en las últimas décadas. Para los jóvenes de los ’80 y los ‘90 la lucha por los derechos humanos, la develación de los horrores de la dictadura, seguidos luego por el avance del feminismo, el matrimonio igualitario o la despenalización del aborto, que fue militado por el kichnerismo.

Estas movidas hicieron que muchos jóvenes se aproximaran a la política. La reivindicación de la libre decisión de la mujer sobre su propio cuerpo creció durante décadas en nuestro país hasta alcanzar a un 58% de personas en todo el país que apoyaron la aprobación de la ley vigente.

El segmento de 16 a 29 años es un sector suficientemente importante para considerarlo como objetivo desde la acción política.

La juventud tiene la posibilidad de vivificar las prácticas políticas y realizar el transvasamiento generacional que permita mantener el dinamismo que exige estar en el gobierno o en la oposición.

La pregunta fundamental es cómo lograr influir en los estamentos más jóvenes a favor de las identidades políticas considerando que las mismas son encabezadas por dirigentes de otras edades, sujetos de otras épocas, con otras experiencias.

La ruptura entre épocas que genera la posmodernidad construye interrogantes sobre cuál es el grado de viabilidad de que los conflictos y contradicciones de la política argentina puedan constituirse en tema de interés de los jóvenes, incrementando el grupo de interesados e intentando motivar a los indiferentes.

No hay duda de que las respuestas a estas preguntas las tiene la propia dirigencia política, que hoy está oscilando entre el siglo XX y el XXI.

Ricardo Rouviere

El cohete a la Luna

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