18 de septiembre de 2020

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La demonización del kirchnerismo como parte de una campaña continental, por Osvaldo Jauretche

La campaña de demonización del kirchnerismo no es para tapar el ajuste. Esconder las consecuencias del ajuste salvaje de la reacción antipopular es sólo un objetivo secundario.

Aunque en declaraciones políticas –en primer lugar de Cristina, y su lamentable elección como vocero y secretario, Parrilli– y opiniones de muchos compañeros se adjudique esa intención como obvia,  a juzgar por lo desembozado de sus acciones y manifestaciones públicas al macrismo eso no parece importarle demasiado,

El objetivo principal es continental. Se trata de demonizar todo intento de políticas populares que le metan la mano en el bolsillo a los poderes reales, esos que se afanan todo.

Las multinacionales, hoy más homogéneas que nunca en la historia moderna, han armado un aparato gigantesco y multimillonario para moldear la “opinión pública” a su conveniencia, en lo que bien ha sido caracterizado como el “El Plan Cóndor mediático Latinoamericano”. Ya la “solución militar” es obsoleta y desacreditada, y la perversa inteligencia al servicio del peor capitalismo ha desarrollado formas mucho más subliminales y efectivas: la “manufactura del consenso”, como definieran certeramente Noam Chomsky y Edward S. Herman en su libro de ese título.

Esa “manufactura del consenso”, cuenta Chomsky, fue aplicada exitosamente ya en tiempos de la primera guerra mundial, cuando la opinión pública estadounidense estaba sólidamente opuesta a entrar en ese conflicto. El entonces presidente de los EE.UU., Woodrow Wilson, había ganado las elecciones con el slogan “Él es quien nos mantuvo fuera de la guerra”, y un discurso famoso suyo se basó en el lema “Paz sin victoria”.

Pero Inglaterra necesitaba acuciosamente sumar a los EE.UU. a su esfuerzo de guerra. La inteligencia inglesa, ante esa necesidad, inspiró -siempre según Chomsky- la creación de un aparato de propaganda -palabra que no había caído en desgracia todavía- para cambiar las cosas.

No parecía fácil la empresa. Se creó entonces para ello la “Comisión Creel”, cuyas planes priorizaban el meloneo a los intelectuales estadounidenses, ya que, según la ironía jauretcheana de Chomsky, “razonablemente veían que eran los más volubles”. Estos desencadenaron una campaña que en sólo seis meses cambiaron la opinión pública del pacifismo al odio contra esos “monstruos” alemanes.

Funcionó tan bien que fue la base sobre la que se llevaron adelante otras campañas. Cito al propio Chomsky: “Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo.

Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de provechos”.

Recordemos que por aquellos tiempos se imponían las ideas del “gurú” de lo que sería la gran industria de las relaciones públicas, Edward Bernays (Publicista, periodista e inventor de la teoría de la propaganda y las relaciones públicas según Wikipedia).

Recién hoy comienza a resquebrajarse ese aparato de discurso único en los EE.UU., según se ha verificado en la campaña electoral de Bernie Sanders.

Al sur del Río Grande esto se aplicó históricamente, como en los casos del aprismo en Perú, el peronismo en Argentina, el varguismo en Brasil o el cardenismo en México. Pero no había alcanzado las dimensiones que hoy tiene a manos de los emporios mediáticos del continente.

Estos son los socios necesarios de las multinacionales -multinacionales ellos mismos- para cambiar la percepción pública de las políticas emancipadoras de los gobiernos nacionales y populares.

Desde el uso peyorativo del término “populismo” por lenguaraces de derecha a izquierda, hasta la ofensiva de la “asociación ilícita” de gobierno, medios de comunicación y partido judicial, el objetivo excluyente es destruir la credibilidad de quienes intentan, no ya digamos la revolución, sino al menos una mejor participación del pueblo en el reparto de la torta: “Son todos chorros”.

Osvaldo Jauretche

Red NAC&POP

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