Los resultados provisorios de las elecciones del 27 de octubre –para analizar con mayor precisión habrá que esperar el escrutinio definitivo- nos permiten pensar la posibilidad de que, finalmente, después de la crisis del 2001, el sistema político argentino haya encontrado un nuevo equilibrio de partidos.

Y si se lo mira con perspectiva histórica una alcanza a vislumbrar la importancia de la victoria de la fórmula del Frente de Todos, más allá de las operaciones cruzadas desde diferentes usinas de informaciones.

Durante los últimos 75 años, el esquema de partidos estuvo caracterizado por la presencia del peronismo como coalición dominante, según el esquema clásico del politólogo Giovanni Sartori. En mayor o menor grado, en algunos casos alcanzando la hegemonía, como en el proceso 1946-55, el justicialismo dominó el centro de la escena política en la Argentina.

Cuando gobernó, pero también cuando fue contracultural en términos ideológicos e hizo imposible la gobernabilidad de facto, tanto de la institucionalidad con proscripción como con las dictaduras militares. Y obviamente en democracia, con los procesos de Carlos Menem de 1989 a 1999, y de 2003 a 2015. Y siempre tuvo como partenaire a una UCR –Arturo Frondizi, Arturo Illia, Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa- que se fue descascarando al calor del abandono de su misión histórica. Así, la Argentina llegó a la aparición de una tercera fuerza como el Frepaso, en el 95, que se fundió en (y con) la Alianza.

El menemismo, después de la hiperinflación, logró minimizar a la UCR, en el 95 salió tercera, muy lejos de José Octavio Bordón; durante toda la década kirchnerista, algunos de sus sectores se unificaron con el kirchnerismo, mientras otros lo hacían con el socialismo o el PRO. Con la desaparición de una UCR fuerte, el sistema de partidos parecía transformarse en un modelo de partido no dominante sino hegemónico, es decir, con poca capacidad de relevo, de alternancia y sin necesidad de diálogo político.

La aparición del PRO venciendo al Peronismo en el 2015 fue un primer llamado de atención para los analistas políticos. Todas las oposiciones unidas, en una remake de la Alianza, ya de por centro izquierda sino por centro derecha, habían logrado desbancar al peronismo del poder entusiasmó tanto que algunos se animaron a hablar sin ruborizarse de un “nuevo proyecto hegemónico”.

Hoy sabemos que ese último coletazo de un modelo ¿neoliberal? de ajuste, de concentración de la riqueza, de vaciamiento industrial y del mercado interno basado en la exportación de materias primas y la especulación financiera no alcanzó a fortalecerse –por imposibilidades propias, por suerte para la mayoría de los argentinos- y su parábola hegemónica, en tan sólo cuatro años, desperdició su luminosidad inicial en el cielo negro de la pobreza y la desocupación.

Por su parte, si uno analiza los resultados electorales de los últimos 30 años, podrá dimensionar la importancia del rotundo triunfo de la fórmula Fernández-Fernández. Por ejemplo, en 1983, Raúl Alfonsín alcanzó el 51,75%; en 1989, Menem obtuvo el 48, 51%; en 1995, el 49,94%; De la Rúa en el 99 logró el 48,37, y ya en el siglo XXI, Menem, obtuvo el 24,45% y Néstor Kirchner, el 22,25%, Cristina en el 2007 el 45,28% y el 2011, el 54,11%. Por su parte, Macri en el 2015, en la primera vuelta obtuvo el 34,15% y en la segunda, 51,34%. Si sacamos el promedio de los guarismos con que ganaron los presidentes nos arroja un 44,93%, es decir, al menos 3 puntos menos de lo que el escrutinio provisorio le otorgó a Fernández-Fernández, no parece nada despreciable.

Pero hay otro punto importante a tener en cuenta: los guarismos alcanzados por las oposiciones. Recordemos: Ítalo Lúder obtuvo 40,15, en 1983; Eduardo Angeloz, 37,10, en1989; Bordón, 29,30, en 1995; Eduardo Duhalde, 38,27%, en 1999; en el 2007, Elisa Carrió el 23,05 y Roberto Lavagna el 16, 91; y en el 2011, el socialismo y la UCR lograron 16,81 y 11,14 respectivamente. En el 2015, Daniel Scioli ganó con el 37,08 en primera vuelta y en balotaje con 48,66. Y el promedio ofrece 33,64%.

En resumidas cuentas, los resultados del 27 de octubre están dentro de lo esperable en un sistema político estabilizado. Todo esto dicho en el marco de un escrutinio correcto y no amañado como se sospecha por los cambios en los guarismos respecto de las PASO del 11 de agosto. La victoria de Fernández-Fernández es muy importante en términos históricos y la derrota de Macri es apabullante: su performance política, económica y electoral fue apenas menos mala que la de Fernando de la Rúa.

Pero hay algo que parece cierto: Si bien Mauricio Macri es la estrella carismática de Cambiemos, es muy difícil que pueda recuperar una buena relación con una mayoría sustancial y casi imposible que pueda encabezar un nuevo proyecto presidencial. Sólo lograron reelección Julio Argentino Roca, Hipólito Yrigoyen (tenían imposibilitada el mandato consecutivo), Carlos Menem y Cristina Fernández.

Pero, lo que si aparece como novedad es la aparición después de mucho tiempo un bloque político e ideológico con cierta consistencia. Utilizo la palabra “cierta consistencia” por la sencilla razón de que no sabemos cómo sobrevivirá a la derrota la entente Cambiemos ni cuál será la reacción del panteón ucerreísta. Ya por lo pronto sabemos que Elisa Carrió renunció una vez más a la política. Volviendo al lied del párrafo, es posible que se haya consolidado, y sincerado después de 70 años, el Partido Antiperonista (Gustavo Paura dixit) Auténtico.

El Partido Antiperonista Auténtico contiene a gente de centro izquierda, de centro derecha y de derecha, liberales, heterodoxos, radicales, macristas, socialistas, cuya única preocupación es la negación al Peronismo, no importa ni siquiera de qué tipo de peronismo se trate. Esa consolidación de un 35 por ciento del electorado –un promedio entre las PASO y la primera vuelta- demuestra que pase lo que pase –inflación, pobreza, endeudamiento, cepo cambiario, corralito, maremotos políticos, extinción de la especie humana- seguirán votando en contra de cualquier candidato que huela a peronismo explícito.

Consolidado el sistema político en dos trincheras inamovibles -¿45 por ciento contra 35, en términos estables, y un 20 por ciento fluctuante?- el peronismo, deberá llevar adelante una tarea importante. Lograr constituir una unidad de concepción, de estrategia y hegemonía heterogénea que permita garantizar más de un 50 por ciento permanente. Entiendo por hegemonía heterogénea la posibilidad de lograr un equilibrio entre las pretensiones de alcanzar un principio mayoritarista y el respeto a las minorías plurales y diversas que integran ese frente. Pero, además, el peronismo tiene un desafío más amplio: el de dialogar con el 20 por ciento fluctuante y desagrietar el sistema político.

Uno de los puntos más débiles de Macri fue –más allá de su desastroso gobierno- el de haber profundizado aún más la grieta ideológica. Macri se corrió aún más a la derecha. Para equilibrar el sistema político, el peronismo no debe ir hacia la izquierda, porque de esa manera puede fragmentarlo, sino que debe ir con su peso mayoritario hacia el centro de la escena. ¿Esto significa convertirse en un movimiento retardatario? No, sencillamente significa en la actual correlación de fuerzas ir consensuando los avances es, a mi entender, la mejor estrategia posible. Es posible que algunos sectores hacia el interior del peronismo sufran de ansiedad transformadora, pero un buen ansiolítico será pensar que es necesario extender la duración en el tiempo antes que la profundidad de los cambios.

Un párrafo aparte merece Cristina Fernández de Kirchner, la gran hacedora de la derrota política del macrismo. Hizo todo lo necesario para que el peronismo triunfara el 27 de octubre. Y hay que recordar que hace poco más de seis meses, todavía se hablaba de la reelección de Macri. En una sola mañana de sábado dejó grogui a todo el aparato comunicacional del macrismo.

En términos históricos, esa movida sólo es comparable a las jugadas de Juan Domingo Perón en 1972 para jaquear a la dictadura militar de Agustín Lanusse. Inmensa jugadora política.

Y ahora Alberto Fernández deberá homenajear el legado político de Néstor Kirchner y también de Cristina. Pero no sólo eso: también deberá administrar con equilibro la fe política que recibió en forma transitiva por los votos kirchneristas y conjugarlos con el resto de los sectores que componen el frente nacional. Tiene capacidad intelectual, tiene experiencia en el manejo del Estado, tiene carácter personal y sensibilidad cultural.

Y está enmarcado dentro de convicciones ideológicas ligadas al corazón del Peronismo, ese humanismo profundamente cristiano. ¿Qué puede salir mal?.

Hernán Brienza