27 de septiembre de 2020

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La cara del verdugo, por Guadi Calvo

El miedo definitivamente se ha instalado en Europa y la recorre como la ola de refugiados que amenaza, no solo con crecer, sino también eternizarse.

El todavía muy confuso episodio de los explosivos que afectaron el autobús que trasladaba al plantel del Borussia Dortmund, mientras se dirigía hacia el estadio Signal Iduna Park, donde, por la Champions League, se iba a enfrentar con el Mónaco francés.

La policía alemana informó que fueron tres los explosivos que detonaron en el momento que pasaba el bus. La acción solo hirió en un brazo al jugador español Marc Bartra, y aparentemente también habría recibido lesiones un policía. La UEFA por su parte confirmó que el encuentro se postergaría veinticuatro horas, sin dejar claro si era por aquello de “el show debe continuar”, “es la economía, estúpido” o la locución latina “Panem et circenses”.

Tras el incidente la policía encontró tres cartas, que finalmente confirmaba que el atentado había sido ejecutado por sicarios del Daesh, donde se mencionada el ataque al mercado navideño de Berlín en diciembre pasado. Exigían el retiro de los aviones alemanes Tornado, que operan en Siria, contra la posiciones de los califados y además que las tropas americanas abandonaran la base de Ramstein en el suroeste de Alemania. Las cartas enumeraban venganzas contra distintas personalidades de Alemania y demás países responsables de acciones contra la organización wahabita.

Las investigaciones realizadas, llevó a la policía a varios allanamientos, en las que detuvo a un iraquí de 25 años residente en la ciudad de Wuppertal, cercana a Dortmund, investigado por su relación con grupos musulmanes radicalizados en el país.

Más allá de las consecuencias del ataque, en este caso mínimas, alcanzó para que se vuelvan a extremar los operativos de seguridad en todos los estadios de fútbol que por estos días se disputa la fecha de la Champions League y sin duda el reflejo se extenderá a los campeonatos locales de cada país europeo y concentraciones populares.

Los ataques que viene sufriendo Europa, a partir del de Charlie Hebdo en enero de 2015, (sin olvidar Madrid en 2004 y Londres en 2005) que con alguna periodicidad se han repetido y la repercusión mediática, social, política y militar, con cifras importantes en unos casos y mínimas en otros, por lo que pudieron haber sido, como sucedió la semana pasada en Estocolmo. Nos hace pensar en cómo tomaría occidente si, solo por nombrar los más recientes lo comparamos con los que suceden a diario en el Magreb, Medio Oriente, Pakistán y Afganistán, las cincuentas muertes producidas en domingo anterior tras dos ataques contra iglesias coptas en Egipto o el frustrado ataque contra el nuevo jefe del Estado Mayor somalí, Mohamed Ahmed Jimale, que aunque el salió ileso, en el atentado murieron cerca de quince de sus acompañantes, en pleno centro de Mogadiscio, tras estrellarse un atacante suicida, perteneciente al grupo integrista al-Shaabab (al-Qaeda) contra el convoy militar en el que viajaba el general Jimale, quien acababa de prestar juramento y se dirigía en una caravana, junto a otros funcionarios, al Ministerio de Defensa.

Cabe preguntarse, ¿qué hubiera sucedido si esa cincuentena de muertos coptos, se hubieran producido en la sinagoga de La Paz de Estrasburgo o la comitiva del comándate en jefe de las fuerzas armadas portuguesas, el teniente general Rovisco Duarte, con él a la cabeza, hubiera sido atacada en el barrio lisboeta de la Alfama? ¿Cómo hubieran reaccionado los medios, los gobiernos y esa entelequia, cada vez más difusa, operada por los medios de desinformación masivos, llamada opinión pública? Si uno de los cientos de ataque casi diarios que suceden en Irak como el sucedido en julio el año pasado cuando en un solo hecho murieron más de 300 persona en el barrio chiita de al-Karrada de Bagdad, y mucho menos si dos mil europeos hubieran corrido la suerte del mismo números de campesinos nigerianos, que en una noche, fueron asesinados en la aldea de Baga y alrededores por la mesiánica banda Boko Haram (Daesh), pocas horas después de los sucesos de Charlie Hebdo.

Así todo, el terror en Europa, blanca y rica, al contrario del de las poblaciones unpeople (no pueblo) como las llama George Orwell, es incontrolable e inocultable, como lo deja en claro una noticia de escasa importancia, pero extremadamente significativa, que pasó desapercibida, pero muestra claramente el síntoma.

Durante la tradicional procesión de “Las Promesas del Cautivo” en Málaga, una muestra anual de la devoción por Jesús Cautivo y la Virgen de la Trinidad, donde acuden miles de promesantes desde todos los puntos de España, un simple disturbio, algunos dicen que una pelea de borrachines, otros arguyen disparos y un misterioso auto que había entrado a toda velocidad de contramano hacía la plaza de la Merced, centro de los festejos, provocó una monumental estampida en todas direcciones de una multitud que hasta un momento antes  trascurría normalmente.

La descontrolada carrera tiró al piso nazarenos, promesantes, cirios, estandartes de hermandades, los músicos abandonaron sus instrumentos, la gente no se detuvo ni a recoger los teléfonos móviles que se iban cayendo y un número indeterminado de niños se perdió de sus mayores. La presencia de un helicóptero de la Policía Nacional, que sobrevolaba la zona, sumó más terror entre la gente, que buscó refugió en los locales y casa particulares.

Los servicios médicos debieron atender múltiples desmayos, crisis de ansiedad y ataques de pánicos. La jefatura policial fue invadida por más de cien personas que se negaban a abandonar la dependencia, todo el batuque dejó la friolera de dos heridos leves.

La cara del medio
La unidad europea pende de un hilo, o mejor dicho, de los caprichos del autócrata turco Recep Tayyip Erdogán, quien contiene en sus fronteras casi 5 millones de refugiados que están esperando el momento para lanzarse a Europa. Mientras, cada día se incrementan las partidas desde Libia (ver Libia: Naufragios en el desierto.) agudizando la crisis de refugiados que ha generado dos cuestiones claves el Brexit y el desproporcionado crecimiento de las ultraderechas en todo todos los países del continente, donde ya son gobierno como en Polonia, Hungría y Ucrania y la posibilidad de que la candidata Mariane Le Pent, pueda alzarse con la presidencia de Francia, en las elecciones de abril, lo que sería prácticamente una carta de defunción de la Unión Europea (UE).

El incendio del campamento refugiado de Grande-Synthe, al norte de Francia, cerca de Dunkerque, contaban con más de 300 cabañas de madera, con capacidad para cuatro personas, con calefacción, baños y electricidad. El incendio dejó literalmente a la intemperie a 1500 personas en su mayoría iraquíes y kurdos. Que en plena campaña electoral, nadie se animara a atender.

Europa es responsable tal lo ha denunciado el portavoz de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), Joel Millman que en pequeños pueblos de las rutas migratorias que surcan el desierto libio, como en Sabha, se subastan a mercados públicos entre 300 y 500 dólares, para mano de obra de mercaderes libios o en caso de las mujeres para engrosar los prostíbulos, de Europa, Medio Oriente y Asía Central.

Europa, que ha seguido mansamente todas las disposiciones del Departamento de Estado, convirtiéndose en partícipe necesario para las sangrías cometidas en el Magreb, Medio Oriente y Afganistán, que no solo ha bombardeado poblaciones civiles, sino también financiado descaradamente a grupos vinculados a al-Qaeda y Daesh. Ha festejado el reciente ataque a Siria de Donald Trump, quien hasta pocas horas antes era un monstruo.

Europa aterrorizada por los refugiados y el terrorismo parece no entender que una reacción de Rusia, tras el bombardeo que podría comprometer la vida de millones de personas, incluso europeos.

Jean Paul Sartre escribió: “A los verdugos se les reconoce siempre, tienen cara de miedo”, esa misma cara que hoy tienen millones de europeos.

Guadi Calvo

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