Apocalipsis troll, por Jorge Otero

“Los símbolos crecen. Llegan a ser al desarrollarse a partir de otros signos, en particular a partir de semejanzas…” decía Charles Peirce.  Jamás pensaría en narrar de manera completa cómo los trolls se adueñaron de la vida cotidiana.

Solo mencionaré que empezó por la comunicación política y terminó en un maquinado desastre social. Quizá, ahora, se estarán gestando unos cuantos perfiles para atacar una vez terminado este texto y publicado desde una errabunda máquina de nuestro submundo.

Sí... porque se autogestan trolls permanentemente. La gente teme caminar por las veredas desde aquel delirante suceso de José Arcadio. Resulta que iba de compras y una cámara de seguridad lo fotografió, se editó su figura junto a la de una despampanante rubia y un perfil etiquetó a la mujer de José Arcadio con las siguientes palabras: “mirá, Amalia. El pícaro de tu marido tiene una amante”. Por supuesto que cuando el hombre regresó a su casa, en la puerta lo esperaban sus maletas y algunos bártulos más.
Una desconocida especie de inteligencia artificial se apropió de las redes sociales; la gente no quiere ser víctima de las múltiples operaciones que se hacen a todo momento. Hasta entraron en crisis el sistema financiero y las compras electrónicas, pues se han fraguado datos y claves.

Hace un tiempo atrás, algunos valientes que todavía interactuaban en las redes, eran operados simultáneamente por cientos de perfiles gestados unos minutos antes. Hoy por hoy son todos trolls que se insultan, se adulan, se emocionan, se agrupan ficticiamente. Pero no se sabe muy bien qué pasa, pues hace meses que nadie habla de ello por seguridad.

Algunos fueron vivos y alcanzaron a eliminar sus perfiles, otros fueron robados como en mi caso. Me tuve que cambiar de nombre y apellido, como tantos otros, para que no me sigan asociando a las calumnias. La misma policía, si es que todavía existe, desestima cualquier denuncia.

Tampoco nadie trabaja, porque a la hora del pago, un troll se apropia de tu sueldo. Les dije que me cambié el nombre, por lo tanto mi identidad pasada, que debe estar acusada de vaya a saber qué cargos, no coincide con mi nombre actual.

De hecho, se apropiaron de nuestros rostros al copiar fotos utilizándolas para proveerse de una entidad corpórea en esos mundos digitales. Muchos optamos por desfigurar nuestras caras para no parecernos en nada con esos perfiles plagiados. La presidente es una troll que se apropió de la identidad de mi tía muerta. Hoy dirige una casa de gobierno vacía como la mayoría de los edificios de la ciudad.

Los trolls center, antes reductos donde se armaban furiosas campañas políticas, hoy son museos donde consta un pasado no muy lejano para los mortales.

Solo nos queda esperar que el resto de la decrepitud termine de evolucionar hacia las cenizas, mientras cientos de perfiles viven nuestras vidas fabulando ser de carne y hueso... así se aman, se odian y se traicionan como perfectamente solíamos hacerlo.

Jorge Otero
Licenciado y Profesor en Letras / Docente UNaM