Guarda con el Cuco, por Luis Bruschtein

Guarda con el Cuco, por Luis Bruschtein

El expresidente Eduardo Duhalde dijo que no habrá elecciones el año próximo, que habrá un golpe de Estado y que todo eso pasará si no cambian “estas políticas que no sirven para nada y se buscan políticas de consenso”.

En el contexto apocalíptico de una pandemia globalizada y de una globalización en crisis aparecen sentidos que pueden o no tener sentido.

El sentido de lo que dijo el expresidente es una profecía-advertencia de que si Alberto Fernández impulsa políticas como la llamada reforma judicial, la declaración de las comunicaciones como servicio público, o el aporte extraordinario de las grandes fortunas, pasará esa doble desgracia.

Eduardo Duhalde rechaza esas medidas del gobierno por lo que, además de profecía y advertencia, sus palabras asumen también un sentido de invitación y hasta de conformidad con que sucedan esas tragedias.

La profecía duhaldista es también manifestación pública del deseo de muchos, empezando por los que se reunieron en la protesta del 17. El núcleo duro macrista piensa así: no acepta que perdió las elecciones y cree que el gobierno no puede llevar adelante el mandato de los que lo votaron, sino que debe subordinarse al mandato de los que votaron en contra y perdieron. Es el consenso del que habla Duhalde: nada que no concuerde con lo que quiere la oposición se debe hacer.

Todo el contexto parece un disparate, así que las declaraciones de Duhalde están en consonancia con ese entorno. Hubo golpes institucionales en Honduras, Paraguay, Brasil y Bolivia. Y en Argentina hubo una fuerte acción destituyente por parte de los servicios de inteligencia, periodistas y medios de comunicación y un grupo de jueces y fiscales. Si no lograron la destitución o el golpe institucional fue por la estrategia que opuso el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner.

En Argentina fracasó el golpe institucional, pero hubo un intento de llevarlo adelante. Por eso es tan importante lograr una justicia creíble y servicios de inteligencia subordinados y controlados por el poder político o el legislativo. Y el Estado tendría que garantizar la diversidad de voces y democratización de la información para evitar los efectos de la manipulación.

El golpe militar clásico quedó anacrónico. En cada país, el golpe institucional tuvo protagonistas diferentes. En la mayoría fue una combinación de medios, funcionarios judiciales y el Congreso. Pero en Bolivia la base de la conspiración fueron las fuerzas de Seguridad. El síntoma histórico han sido las zonas liberadas y muertes violentas que provocan el fuerte malestar de la sociedad como clima pregolpista.

El golpe institucional siempre ha estado presente durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner y esa posibilidad rondará seguramente también al de Alberto Fernández. En la sociedad hay elementos antidemocráticos que solamente están dispuestos a aceptar un gobierno que represente los privilegios de las minorías. Y esos sectores van a conspirar por todos los medios que puedan.

Pero esa tensión marca el disloque de la advertencia de Duhalde. Porque si el peligro del golpe institucional siempre estuvo latente en gobiernos democráticos, al mismo tiempo la historia demostró que esos intentos fracasaron cuando se mantuvo el respaldo popular. Y el gobierno de Alberto Fernández mantiene el apoyo de la mayoría de la sociedad.

Las declaraciones del expresidente coincidieron también con el esfuerzo de los medios macristas para sobredimensionar los actos del 17, como si el gobierno hubiera perdido respaldo. Duhalde agitó el fantasma de golpe institucional a partir de esa supuesta pérdida de legitimidad,

Pero los actos del 17 fueron bastante circunscriptos al núcleo más exaltado de la oposición, un sector que tiene poca proyección electoral incluso dentro del macrismo y no le resta nada al fuerte apoyo que tiene Alberto Fernández. Mientras el gobierno mantenga ese respaldo y pueda desarticular los dispositivos que usa el golpismo destituyente, el golpe institucional seguirá como expresión de deseos del pensamiento autoritario.

Luis Bruschtein

Página/12

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