16 de junio de 2021

Gladiadores, o la importancia de la evacuación, por Raúl Argemí

Con represión, como en Colombia, o en medio de la pandemia, el fútbol no se detiene. Los jugadores, como los gladiadores romanos, son piezas desechables del espectáculo.

Por estos días se me dio por observar la realidad y caí en lo monstruoso del fútbol profesional. No, no tema, esta no es una nota “deportiva”. Entre mis orgullos de pobre está no haber sido, jamás, periodista deportivo.

Pero, atento a fenómenos como River Plate jugando en un estadio vacío, donde se colaban los gases lacrimógenos y, en lugar de cánticos masivos con versos escatológicos -que tienen su gracia- se oían los tiros y el quilombo de toda Colombia, me pregunté por qué jugaban. Porque los negocios son los negocios, sería la respuesta más que obvia. Porque tiene que haber partidos hasta en medio de la Peste Negra. ¿Exagero?

Más o menos, porque con tanta movida hay un montón de jugadores, no sólo en Argentina, que se infectaron de Coronavirus.

Entonces me dije, “cachá lo libro, que no muerden” y busqué socorro en la novela “Los gladiadores”, de Arthur Koestler, también publicada como “Espartaco”, porque los editores son gente rápida.

Veamos. Capua. Hace siglos. Hay anuncios públicos de un espectáculo de gladiadores presentado por el afamado Léntulo Batuatus, lanista y político. Su escuela es de las mejores, pero las entradas para su espectáculo son caras. Por eso, el “clase media baja” Quinto Apronius, escriba de los tribunales, concurre al Salón de los Delfines, con la intención de conseguir una, gratis.

Para ilustración general digamos que dicho salón es solamente una parte de los baños públicos, y se distingue porque la hilera de tronos de mármol, con un agujero que comunica con el destino final del contenido intestinal de su usuario, tiene apoyabrazos con forma de delfín. De allí su nombre.

Quinto Apronius, convencido de que un buen defecar alegra la vida, y que las revoluciones las hacen los estreñidos, va cada día concurre al Salón de los Delfines y se codea, sin metáfora, con gente importante que habla de cosas importantes, mientras hace lo suyo.

Esa vez tiene suerte y le toca ser vecino de Léntulo Batuatus, y el empresario, que está hablando con otro, ya que lo tiene al lado, lo incluye en sus quejas.

El lanista dice que entrenar gladiadores no es barato y que encima la inversión no dura mucho tiempo. Que hay que invertir mucho en la buena educación de los gladiadores. Educación que es, en síntesis, no hacer escándalo, ni joder el espectáculo con lloriqueos, cuando toca morir en la arena. Cito al pie de la letra y que me perdonen los derechos de autor: “Cualquiera puede vivir, pero morir es un arte que requiere aprendizaje”. Algo que, el bueno de Léntulo, dice que les repite a cada rato.

Ya puesto, agrega que los lanistas pasan por una crisis económica. Y se justifica: “En el clásico duelo ad gladiun, o sea hombre contra hombre, los gastos son de uno entre dos, o sea el cincuenta por ciento. Añada a eso un margen del diez por ciento para heridos mortales y llegamos a una inversión en materia prima de un sesenta por ciento por espectáculo”.

Y para que los evacuadores vecinos entiendan el precio de las entradas, agrega: “Hace unos días un matemático eminente calculó que las posibilidades de que el más capaz de los gladiadores permanezca tres años en servicio activo es de una en veinticinco. Como es lógico el contratista tiene que recuperar lo que ha gastado en el entrenamiento de un hombre en una función y media o dos”.

Hasta Quinto Apronius comprende la sacrificada vida del empresario, y sabe que no se atreverá a mangarle una entrada. Deprimido, retorna a su teoría sobre la importancia del buen cagar en el correcto funcionamiento de cualquier sociedad.

Arthur Koestler se olvida de decirlo, pero es seguro que el manyatinta de los tribunales está convencido de que los setenta gladiadores que escaparon, el día previo, de la escuela de Batuatus -uno de ellos llamado Espartaco- tienen que estar estreñidos. No cabe otra explicación.

Pero volvamos más o menos al principio. ¿Cuáles fueron las preguntas que me llevaron a la novela de Arthur Koestler?

¿Cuál es la duración útil, no sólo en el juego, sino en la producción de buena mosca, de un jugador de fútbol? Es un cálculo que me supera. Porque en un gladiador de aquellos la cuenta era sencilla, pero en un futbolista… Se podrá decir que algunos son millonarios.

Es cierto. Pero por cada millonario hay centenares que se quedaron en el camino. Pibes que, antes de llegar al primera, fueron considerados amateur, y si les tiraron un mango fue en negro. Porque hay una pila de ellos que se ganan la vida, mal, jugando en equipos que les pagan cuando se acuerdan. Montones que se quedaron en el camino y, hasta hace unos años, se conchababan en equipos que jugaban campeonatos entre “countries”.

¿Hay también Léntulo Batuatus en el negocio de la pelotita? Naturalmente. Así como el de la novela vendía sus pupilos entrenados a los circos de Sicilia, España y países del Asia menor, a los futbolistas se los vende sin que tengan derecho al pataleo. Si el club que es su propietario ve la oportunidad, los vende. Privilegiará las habituales cometas, en blanco o en negro, que se llevan algunos dirigentes y los representantes del jugador.

Así, el tipo tal vez termina pateando la pelota en equipos de los que nunca había oído hablar, y que, para mayor desgracia, chamuyan en cualquier cosa menos en castellano.

Pero hay otras variantes, y les cuento por si les da por meterse en el negocio del fútbol. Los equipos que nunca ganaron nada, ni lo van a ganar, son un buen curro para lavar dinero oscuro. Sobrefacturando o sub facturando servicios y transferencias, se lava mucha platita. Siempre y cuando al equipo no se le ocurra ganar, porque los jugadores entonces se creen importantes y reclaman más guita.

Vaya usted a saber por qué, de pronto, me acuerdo de Marcelo Tinelli, que fuera dueño del fútbol del Badajoz, un equipo de Extremadura, España. Un equipo menos consistente que un eructo, de un país donde los equipos y los clubes se pueden comprar, y no por amor al deporte.

¿Entonces, cuál es el papel, el destino del futbolista, comprado y vendido por lanistas de nueva generación?

Seamos honestos. ¿Qué sé yo?

Mejor me dejo de preguntas y me sumo a las teorías evacuatorias de Quinto Apronius. En nuestra sociedad, para hacer guita, hay que cagar a alguien. Y si los cagados son muchos, mejor que mejor, porque uno saca chapa de gran empresario.

Bien, si el lector cree que esta nota refiere a algo harto comentado en Boca Junior, como que Mauricio Macri y su amigo más inteligente, Gustavo Arribas, cobraron comisiones negras por la venta de jugadores, es responsabilidad exclusiva de su desbocada imaginación.

Raúl Argemí

Socompa

 

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