1 de octubre de 2020

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“Fui transferida a una celda en un lugar que me atormentará el resto de mi vida”

Chelsea Manning (nacida Bradley Manning, en 1987, en Oklahoma, EEUU), es ex-soldado y analista de inteligencia del ejército de los Estados Unidos. Manning filtró a WikiLeaks miles de documentos clasificados acerca de las guerras de Afganistán y de Irak, más de 250.000 cables diplomáticos de los EEUU y un video del ejército en el que se ve cómo un helicóptero estadounidense mata a un grupo de civiles en Irak, entre ellos dos periodistas de la agencia Reuters.

 

La detención de Manning, en Bagdad en 2010,  fue posible debido a la delación de un hacker estadounidense de origen colombiano. En 2013 un tribunal militar condenó a Manning a 35 años de prisión.

Poco después de llegar a una improvisada cárcel militar, en el campamento de Arifjan en Kuwait en mayo de 2010, me llevaron por primera vez a un solitario agujero negro de confinamiento. Dos semanas después, empecé a pensar en suicidarme.

Después de un mes bajo el sistema de ‘prevención de suicidio’, fui transferida de vuelta a Estados Unidos a una diminuta celda –de unos 2 x 2,5 metros– en un lugar que me atormentará el resto de mi vida: Marine Corps Brig Quantico, en Virginia [NE:una de las prisiones militares de EEUU]. Estuve retenida allí alrededor de nueve meses bajo el régimen de “prevención de lesiones”, una designación que el Cuerpo de Marines y la Armada usó para aplicarme unas condiciones restrictivas de extrema soledad sin autorización psiquiátrica.

Durante 17 horas al día, estuve sentada frente a dos guardias de la marina que me vigilaban sentados detrás de un espejo de visión unidireccional. No se me permitía recostarme. No se me permitía apoyar la espalda en la pared de la celda. No se me permitía hacer ejercicio. A veces, para no volverme loca, me ponía de pie, o bailaba, porque “bailar” no es considerado ejercicio para el Cuerpo de Marines.

Para pasar el tiempo, contaba los cientos de agujeros entre las barras metálicas de una rejilla que había delante de mi celda vacía. Mi ojos seguían los huecos de los bloques de la pared. Miraba los rugosos patrones y las manchas sobre el suelo de hormigón –incluida una que parecía una caricatura de un alien gris, con grandes ojos negros y sin boca que fue popular en los años 90. Podía oír el goteo de una cañería rota en algún lugar del final del pasillo. Escuchaba el frágil zumbido de las luces fluorescentes.

Durante breves periodos, cada dos días, era escoltada por al menos tres guardas hasta un área vacía del tamaño de una cancha de baloncesto. Allí estaba esposada y caminaba en círculos o en ‘ochos’ durante unos 20 minutos. No se me permitía parar, si lo hacía, me llevaban de vuelta a la celda.

Sólo se me permitían un par de horas de visitas cada mes para ver a mis amigos, familiares y abogados, a través de un grueso cristal en una minúscula habitación de 1 x 2 metros. Mis manos y mis pies estaban encadenados todo el tiempo. Los agentes federales instalaron equipos de grabación para controlar las conversaciones, excepto con mis abogados.

El relator especial sobre la tortura de la ONU, Juan Méndez, condenó este trato por ser “cruel, inhumano y degradante” relatando el “excesivo y prolongado aislamiento” bajo el cual estuve. Además, no paró ahí. En la introducción de la edición española de 2014 del Libro de consulta sobre Aislamiento Solitario, escrito por el propio Méndez, se opone enérgicamente a la utilización del confinamiento en solitario más allá de 15 días.

Como Méndez expone: “El aislamiento prolongado plantea problemas especiales, porque el riesgo de causar daños graves o irreparables para la persona detenida aumenta cuanto más prolongado sea el aislamiento o mayor sea la incertidumbre de su duración. En mis declaraciones públicas sobre este tema, he definido aislamiento solitario prolongado a todo periodo que supere los 15 días. Esta definición refleja el hecho de que la mayoría de estudios científicos indican que después de 15 días de aislamiento hay cambios conocidos en el funcionamiento cerebral y los efectos psicológicos nocivos pueden ser irreversibles”.

Lamentablemente, condiciones similares a las que yo experimenté entre los años 2010 y 2011 no son desconocidas para un número estimado de 80.000 a 100.000 reclusos mantenidos en esas mismas condiciones diarias en todo Estados Unidos.

Durante mi confinamiento en Quantico, ha crecido la conciencia pública sobre el aislamiento solitario. La gente que compone el espectro político –incluidos algunos que nunca han estado confinados o que no conocen a nadie que lo haya estado– empiezan a preguntarse si esta práctica es moral o ética. En junio de 2015, el juez del Tribunal Supremo, Anthony Kennedy, dijo que el sistema penitenciario era “ignorado” y “mal conocido”, asegurando que daría la bienvenida a un caso que pudiera permitir al Tribunal aclarar si el aislamiento prolongado es cruel y excepcional bajo la constitución de los Estados Unidos.

La evidencia es tan abrumadora que debería considerarse de este modo: el régimen de aislamiento en Estados Unidos es arbitrario, abusivo e innecesario en muchas situaciones. Es cruel, degradante e inhumano, y es efectivamente una tortura “sin contacto”. Deberíamos poner fin a esta práctica rápido y por completo.

The Guardian / Pájaro Rojo

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