22 de septiembre de 2020

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Estado Islámico pasa facturas, por Guadi Calvo

La escalada de atentados que ha producido Estado Islámico en esta última semana inspira a pensar que va a intensificar sus acciones, tras las contundentes derrotas que está sufriendo en Siria e Irak.

El marketing y la publicidad han sido desde sus comienzos -allá por enero de 2014- una de sus estrategias más exitosas. La crueldad de sus ejecuciones y la contundencia de sus atentados, filmados y editados con calidad profesional, han colocado a la organización de Abú Bakr al-Bagdadi en los telediarios y primeras planas de todo el mundo.

A semejante difusión hay que sumarle la literatura y las diatribas producidas por muchos clérigos wahabitas que desde las mezquitas financiadas por Arabia Saudita y Qatar, fundamentalmente en Europa, han captado la atención de muchos jóvenes musulmanes alrededor del mundo.

Un universo de razones ha empujado a miles de jóvenes musulmanes a la “yihad”, razones que van desde la xenofobia, la discriminación, la falta de oportunidades, los constantes hostigamientos policiales y los asedios judiciales, hasta cierto, y por qué negarlo, justo resarcimiento histórico, por lo sufrido en sus países de nacimiento, fundamentalmente de Europa.

En esta dirección, nunca hay que dejar de considerar como el mejor ejemplo de ello las revueltas sucedidas entre el 27 de octubre y mediados de noviembre de 2005, en más de 300 ciudades y pueblos de Francia que también replicó en otros países del continente, y con más virulencia en los barrios “sensibles” de la periferia parisina. Entiéndase por “sensibles” barrios marginados y pobres donde se asientan las grandes mayorías de inmigrantes o descendientes de ellos, particularmente sus ex colonias árabes y africanas. El punto más caliente de aquellos disturbios se alcanzó entre el 5 y 7 de noviembre: a lo largo de ese otoño, Francia vivió las revueltas más graves desde mayo de 1968.

El entonces ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, ordenó la represión y tildó de “escoria” a los jóvenes que participaban de las protestas. Mientras que el presidente Jacques Chirac desempolvaba leyes dictadas durante la guerra argelina, además de decretar el toque de queda y el estado de emergencia en todo el país.

Apenas seis años después sería esa misma “escoria” y de otros muchos países europeos a quienes se alentaría para participar de la Primavera Árabe, que la propia inteligencia francesa, junto a los Estados Unidos y el Reino Unido, habían diseñado sobre el mismo plan utilizado para vencer al Imperio Turco, casi un siglo atrás, para incendiar Medio Oriente y el Magreb, fundamentalmente en Libia y Siria.

Particularmente hacia Siria fueron miles de jóvenes europeos alentados por los servicios de inteligencia de sus países y haciendo escala en Turquía, donde recibían entrenamiento, ingresaban a Siria, para plegarse a las organizaciones que combatían al gobierno de Bashar al-Assad.
Esos nuevos combatientes junto a los hombres del Estado Islámico para Irak y el Levante (ISIS), entonces el al-Qaeda iraquí, y viejos miembros de la Guardia Republicana de Saddam Hussein, fueron la simiente de Estado Islámico.

Abú Bakr al-Bagdadí o el Califa Ibrahim no tardó nada en recibir apoyo político y financiero, por ejemplo, del senador republicano John McCain, las monarquías del golfo y los servicios de inteligencia occidentales junto al Mossad. Sin embargo, la irrupción de la “diplomacia” aérea rusa detuvo en seco el avance hacia la victoria de Estado Islámico y obligó de una vez a la alianza de los Estados Unidos junto a una veintena de países, para intervenir seriamente en Irak contra las posiciones de los califados.

Tras las denuncias del presidente Vladimir Putin de las claras evidencias de la colaboración turca con E.I. y las tormentas políticas del reino saudita y el emirato qatarí, Washington y sus aliados han decidido, aparentemente, abandonar a al-Bagdadí a su suerte.
 
Un lugar en el mundo o todos

Desde la perspectiva de que hoy Estado Islámico ha sido abandonado a su suerte por sus favorecedores se entiende la embestida de animal herido, desde la semana anterior, sirviéndose además del acontecimiento más importante del Islam, el sagrado mes de Ramadán.

El 28 de junio, el mundo se sacudió con el atentado al aeropuerto Ataturk de Estambul, el tercero más grande de Europa, cuyo número oficial de muertos ya llega a 44, aunque manejando las cifras el presidente Recep Erdogan todo es aleatorio.

El viernes 1 de julio, una toma de rehenes y su posterior asesinato dejó 20 muertos en una cafetería de Dhaka, la capital de Bangladesh.

Ya son 240 los muertos tras el atentado de Estado Islámico en una calle comercial del barrio chiita de Karrada en Bagdad, mientras mucha gente hacía sus compras para la fiesta por el final de Ramadán, el más cruento en lo que va del año.

Arabia Saudita, el principal aliado de Estado Islámico en la región ha comenzado a sufrir las consecuencias de haber abandonado al Califa Ibrahim: tres ataques en diferentes ciudades del reino lo han puesto en alerta, a pesar de que el número de muertos no alcanza la media docena. Los atentados se registraron en un área cercana al consulado norteamericano en la ciudad de Yedá, cuna de Osama Bin Laden, en la ciudad de Qatif, de mayoría chiita y en la ciudad de Medina, segundo lugar sagrado del Islam y donde se encuentra enterrado el Profeta Mahoma.

El día 5 de julio en el barrio de Salihiah, de la ciudad siria de Hasaka, un suicida se inmoló frente a una panadería, dejando treinta muertos. El suicida que viajaba en una moto, esperó la hora del iftar, la comida nocturna, con que se rompe el ayuno impuesto durante el mes sagrado.

El despliegue de Estado Islámico en sitios tan distantes no solo genera tensión en el mundo árabe sino también en occidente, y eso el DAESH lo sabe mejor que nadie y operará en consecuencia: se calcula que entre 25 y 40 mil milicianos, tras la derrota en Siria e Irak, migrarán a otros frentes con su carga de terror y odio. Quizás el plan inicial fuera que esos hombres avancen hacia territorios de la antigua Unión Soviética, por lo que Putin decidió curarse en salud.

Frustrada en parte esta alternativa, muchos volverán a sus lugares de origen desde Holanda, Bélgica o Alemania, a Túnez, Mauritania, Argelia, Filipinas, Malasia o Indonesia.

El mundo sin duda se ha convertido en un lugar peligroso y para los ex socios de Abú Bark al-Bagdadí o el Califa Ibrahim, como le gusta ser llamado, mucho más.

Guadi Calvo

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