Entre el crochet, el crucifijo, los pañuelos y las tetas, por Silvia Risko

Canciones, poemas, obras de teatro, pinturas, novelas, grafitis que intentan reflejar virtudes de la mujer. Abnegadas madres, contenedoras, emocionales, sufrientes, pero sin dejar de ser sexys y sensuales.

Confidentes, oidoras y compañeras, también guerreras, luchadoras, leonas, profesionales, capaces, audaces, aguerridas, valientes e inteligentes.

Es tan larga la lista de supuestas virtudes que debo reconocer me produce agotamiento de sólo verla.  No es tarea fácil ser buena, obediente y cumplir todos los cánones que exige la sociedad.

Si todo eso representamos ¿porqué cuando se definen políticas a implementar por el Estado terminamos siempre en el taller de tejido al crochet, seguimos por la cestería de papel de diario y culminamos con el emprendimiento de pan casero? ¿Porqué cuando queremos poner sobre la mesa de discusión política temas de género nos mandan a integrar una mesita de mujeres?

No tengo nada contra el tejido, de hecho me gusta, pero ¿no es hora de poner sobre el tapete la realidad? ¿dar respuestas concretas a largo plazo, que se conviertan en políticas de estado y no en simples, paupérrimos y flacos programas/taller para mujeres o pequeños y voluntariosos subsidios para micro emprendimientos que no modifican la matriz discriminatoria de los gobiernos?

Necesitamos educación, formación en participación política, preparación para ocupar todos los espacios posibles. Que el Estado nos vea, y no de manera romántica. Que brinde soluciones para que nuestras niñas, jóvenes y mujeres tengan igualdad de oportunidades en un mundo cada vez más competitivo.

Necesitamos que nos cuiden, nos mezquinen, protejan y respeten. No somos débiles pero si vulnerables al desamparo, hipocresía, doble moral e indiferencia del Estado.

Cuando exigimos libertad para decidir, educación para prevenir y anticonceptivos para no morir; cuando damos el debate para la despenalización y legalización del aborto se nos ataca con el crucifijo. De ser los seres más bondadosos del universo pasamos a convertirnos en satanás.

Los mismos que desde hace siglos se las ingenian para excluirnos, someternos y usarnos; los que a través de la historia han ultrajado, torturado y quemado a mujeres por considerarlas peligrosas; los mismos que nada hacen con sus violadores, abusadores y explotadores; los mismos que por acción u omisión son tan responsables como el Estado de las permanentes violaciones a los derechos humanos, esos mismos nos enfrentan con la cruz.

No se han dado cuenta que nosotras aprendimos que la peor de las cruces, la más pesada de llevar, es la falta de libertad.

Como dije, no somos débiles, pero si vulnerables. Cuando una niñita ingresa a un hospital público con un embarazo producto de una violación, está ahí, sola. Con una realidad que todavía no termina de comprender, pero sabe que duele, siente miedo y vergüenza. La tocan y revisan personas extrañas que discuten y opinan como si ella no existiera. Necesita que la cuiden y protejan. Necesita que sin más preámbulos se cumpla con la ley y se le practique una interrupción de ese embarazo. Necesita ser más importante que cualquier circunstancia, necesita sentir que importa.

Necesita saber que no va a estar más sola, que el Estado la va a ayudar a enfrentar a los demonios que estoy segura conviven con ella por la crueldad del mundo adulto. Pero la realidad es que nada de eso recibe. Somos vulnerables porque hay un sistema legal, político, social y económico que hace abuso de poder sobre nuestras niñas, jóvenes y mujeres. Para el sistema seguimos siendo un pedazo de carne y cuanto más fresca mejor porque reclama menos.

Los pañuelos son el símbolo de la hermandad de la mujer. Los blancos, representan a las madres y abuelas que se han enfrentado a todos los poderes, al repudio social, a la violencia y agravio, a la difamación y humillación en búsqueda de verdad y justicia.

Los naranja, nos hermana a todes en la dura y ardua tarea de exigir un Estado realmente laico. Donde todes podamos tener nuestro credo y religión pero que no sean esas instituciones las que determinen las leyes y políticas que nos gobiernan. La Fe es un capital inmenso, pero ojo con tener sentados en las bancas de quienes tienen la responsabilidad de emitir leyes a aquellos que sectorizan, juzgan, imponen y excluyen en pos de una religión.

Los pañuelos verdes, son la amalgama perfecta de todas las luchas por libertad y justicia.  Simboliza a todas las mujeres, aún a aquellas que todavía no se ven en el espejo de la cruda realidad. Están las madres, abuelas, las víctimas de atrocidades, las niñas violadas y obligadas a parir, las golpeadas, quemadas y excluidas, pero también está la esperanza, la fuerza, la hermandad, la sororidad. Están las madres con sus hijas, las estudiantes del primario, secundario y universitario, la polenta de la juventud engarzada con la madurez de la experiencia. Estamos unidas y no hace falta presentación, nos identificamos y empatizamos con las peleas individuales pero aprendimos y practicamos la organización.

Sabemos que depende de nosotras que se siga dando pelea para debatir los temas que nos afectan en forma directa y exclusiva. Sabemos que el cambio siempre vino de la unión en los reclamos y sobre todo de la perseverancia, de no bajar los brazos.

De los celestes, sólo puedo esperar que ellas, las mujeres que lo usan despierten, se vean y nos vean a todas. Que puedan darse cuenta que la decisión de llevarlos no nació para defender a víctimas sino para defender el estatus quo de pocos. Ellos solo buscan enfrentarnos con nuestros miedos e inseguridades para seguir condicionando nuestro presente y encorsetando nuestro futuro. Confío en ellas, en las mujeres que todavía no pueden romper con tantos y pesados mandatos inculcados tan profundamente que pareciera formar parte de su ADN. Confío en que se unirán.

Y por último están nuestras tetas. Provoca irritación cuando en las marchas alguna mujer las muestra como símbolo de libertad, pero si están en la portada de Playboy, no solo las admiran sino que pagan para verlas.

Silvia Risko