18 de mayo de 2021

Encarnado, por Ricardo Ragendorfer

Un lazo secreto une al cardenal estadounidense Theodore McCarrick con el polémico sacerdote argentino Carlos Buela: denuncias por abusos sexuales, desvío de fondos y el Instituto del Verbo Encarnado (IVE), un espacio que -entre varias actividades- está vinculado con el aporte de dinero, consuelo espiritual y hasta brindar techo a represores prófugos.

Desde el arzobispado de Washington, el cardenal Theodore McCarrick supo ser, tanto por su cercanía con los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI como por sus estrechos vínculos con los sucesivos ocupantes de la Casa Blanca, uno de los personajes más influyentes de la Iglesia Católica.

Eso incidió en que su desenfreno sexual con seminaristas adultos –un secreto a voces entre la feligresía– fuese tolerado por el Vaticano durante tales pontificados.

Pero las denuncias contra él por abusos a niños y adolescentes, en coincidencia con la llegada del cardenal Jorge Mario Bergoglio al trono de San Pedro, comenzaron a tejer su desplome definitivo, ocurrido en 2018.

Ahora, un detallado informe de la Santa Sede acerca de sus trapisondas acaba de confirmar, entre otras precisiones, un asunto referido a nuestro país, ya deslizado por el diario The Washington Post en febrero de 2020, pero sin que entonces tuviera la debida repercusión en la prensa local: el lazo secreto que unía –por afinidades non sanctas– a McCarrick con el polémico sacerdote argentino Carlos Buela.

Éste había sido el fundador y primer Superior General de una no menos cuestionada congregación: el Instituto del Verbo Encarnado (IVE), asentada en la ciudad mendocina de San Rafael.

Lo cierto es que, desde una cuenta caritativa, McCarrick desvió, entre 2004 y 2017, una cantidad indeterminada de cheques hacia las arcas el IVE, hasta cubrir el millón de dólares.

Un escándalo que pone otra vez en foco aquella estructura religiosa de Cuyo y también la figura de quien fuera su artífice.

Claves para un mundo mejor

La página web del IVE aún se ve embellecida por una frase del padre Buela en la cual consigna su beneplácito hacia la Pastoral Juvenil, con la certeza de que “la Iglesia se ocupa de los jóvenes no por táctica sino por vocación”. En su caso, una vocación depredadora.

Ya en diciembre de 2016 el Vaticano, en un comunicado firmado por el obispo Eduardo Taussig, admitió oficialmente los delitos sexuales cometidos durante décadas por Buela a seminaristas de su congregación.

El 17 de ese mes fue librado por McCarrick –según The Washington Post– un cheque por 55 mil dólares a favor de la congregación de Buela.

En realidad, la angurria carnal de este siervo del señor era la comidilla más conspicua entre los habitantes de San Rafael, donde sus hábitos de alcoba ya formaban parte del folklore del lugar.

Pero él se encontraba a casi once mil kilómetros de allí, enclaustrado en la abadía francesa de la Pierre-qui-Vire, sobre un bosque de Borgoña.

Seis años antes el propio Benedicto lo había apartado de la conducción del IVE para refugiarlo allí, y así proteger el buen nombre de la Iglesia.

Aunque desde Francia siguió manejando los hilos de su lejano feudo.

Pese a su ausencia en San Rafael, McCarrick efectuó una visita oficial a la sede del IVE en esa ciudad a mediados de 2012.

Buela, en el Viejo Continente, se sintió muy alagado por ese gesto.

Claro que el trasvasamiento del pontífice alemán por Francisco no fue para él un buen augurio. Porque en Roma dormían unas 25 denuncias de sus víctimas. En rigor, la Santa Sede tardó casi siete años en darlas por probadas, sin que por ello fuera rozado por la justicia terrenal.

Fue cuando los cheques de McCarrick se hicieron más frecuentes.

Cabe destacar que la profusión de datos sobre el infierno sexual del IVE también reactualizó un problemita suplementario: el rol de Buela durante la última dictadura y, ya bajo el estado de Derecho, la protección orgánica del IVE a represores en apuros.

La Guerra Santa

Ya se sabe que la jerarquía católica estuvo comprometida en el apoyo político y espiritual al régimen más sangriento de la historia argentina.

A raíz de tal compromiso los capellanes reconfortaban las almas de los represores, a veces turbadas por sus actos aberrantes en víctimas indefensas.

Tal era la tarea primordial de los religiosos que reportaban al Vicariato Castrense, a cargo de monseñor Adolfo Tórtolo, un ex arzobispo de Paraná vinculado al integrismo católico. Entre sus discípulos resaltaba Buela.

Nacido hacía 79 años en Parque Patricios, a ese sujeto prematuramente calvo y rollizo se lo recuerda en el Seminario porteño de Devoto –donde inició su formación eclesiástica– por ser fanático de Huracán y también a raíz de la enorme admiración que le profesaba al cura Julio Melville, considerado nada menos que el mentor del grupo fascista Tacuara.

Ya entonces tuvo la audacia de enviar misivas a todos los obispos para expresar su visión integrista, criticando a muchos por no dar misa en latín.

Su reclamo idiomático alcanzó al arzobispo de Buenos Aires, Antonio Caggiano –un ser nada progresista– quien lo expulsó del ese Seminario.

Entonces fue admitido en el de San Martín por el ex obispo de aquella diócesis, Manuel Menéndez, cuya ideología lo situaba a la derecha de Atila.

Luego, ya ordenado sacerdote, hizo sus primeras tareas pastorales en la parroquia Nuestra Señora del Rosario, de Villa Progreso.

Fue entonces cuando monseñor Tortolo se fijó en él. Su siguiente escala fue el Seminario de Paraná. Había dado un gran salto en su carrera.

Allí se topó con su viejo amigo, Alberto Ezcurra, el fundador y ex líder de Tacuara, quien en esos días ya abrazaba el sacerdocio.
Juntos, bajo el ala de Tórtolo, formaron en allí una dupla memorable.

A partir del 24 de marzo de 1976, éste lo nombró capellán ayudante del Colegio Militar. También cumplió la misma función en Bahía Blanca, donde asistía al capellán del V Cuerpo del Ejército, Aldo Vara, célebre por simular auxilio espiritual a los cautivos para arrancarles datos de inteligencia.

Tal vez Bruera lo haya secundado en ello, pero al respecto no existen denuncias en su contra.

En 1984, al concluir la dictadura, Tórtolo fue reemplazado en Paraná por el obispo Estanislao Karlik. Y Buela encontró nuevos horizontes en San Rafael; allí, creó su propio grupo, una congregación ultraconservadora con el propósito de negar los preceptos del Concilio Vaticano II. Así nació el IVE.

El aguantadero del Señor

La criatura del padre Buela empezó a funcionar poco después. Desde aquel mismo momento, su crecimiento fue exponencial. En apenas unos años el IVE contaba con 800 sacerdotes y presencia en 40 países.

Dicho sea de paso, el bueno de McCarrick asignó al IVE una propiedad en el estado de Maryland para que Buela instalara allí un seminario.

Paralelamente, la congregación empezó a ser un semillero de conflictos; en especial, con la jerarquía católica. Desde entonces también hubo denuncias al por mayor por conductas deshonestas y maltratos a seminaristas, abusos de poder, abusos sexual y encubrimientos.

En tanto el IVE era visitado asiduamente por golpistas y carapintadas; entre los más conspicuos: Mohamed Alí Seineldín y el director del mensuario fascista Cabildo, Ricardo Curutchet, junto con viejos cuadros de la dictadura.

Ahora, además, se sabe que desde que empezaron los juicios por delitos de lesa humanidad, el IVE, al igual que la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA) –cuyo cabecilla es el cura Aníbal Fosbery–, suele aportar dinero, consuelo espiritual y hasta techo a represores prófugos.

Al respecto, un caso testigo.

En la mañana del 25 de julio de 2013, el ex teniente Gustavo De Marchi y el ex mayor Carlos Olivera –apodado “El carnicero de San Juan” por su paso por el Destacamento de Inteligencia del RIM 22 de esa provincia–, se fugaron del Hospital Militar, tras ser condenados por sus crímenes a perpetuidad. Así se convirtieron en los hombres más buscados del país.

Entonces trascendió que ambos podrían estar en algún inmueble de la congregación. De modo que el fiscal Francisco Maldonado, allanó la sede del IVE. Pero los evadidos ya habían puesto los pies en polvorosa. Aún así se hallaron rastros de su paso por el lugar en una habitación de huéspedes.

En realidad, sus efímeras presencias tuvieron allí una razón de peso: el reverendo padre Javier Olivera –primogénito del represor– pertenece al IVE.

Ordenado sacerdote a fines de 2008, el padre Javier se desempeña allí como profesor del Seminario Diocesano, es autor de cuatro libros teológicos e imparte misa en la parroquia San Maximiliano Kolbe.

Su padre biológico fue atrapado en enero de 2017.

Y el cura Buela –su “padre en Cristo”–, ahora alojado en un convento genovés, continúa a disposición de la justicia de Dios.

Ricardo Ragendorfer

Télam

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