24 de septiembre de 2020

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En caída libre, por Teodoro Boot

En caída libre, por Teodoro Boot

“El método infalible para bajar la inflación es dejar a la gente sin plata, del mismo modo que el medio más efectivo de bajar la fiebre consiste en matar al paciente”.

 

Llamen a un mecánico

Una conferencia de prensa y un discurso marcaron el tono de lo que serían los más o menos primeros cien días del gobierno de Cambiemos.

La primera vez que quien esto escribe oyó hablar de los “primeros cien días” como un elemento significativo fue en 1984, pero puesto que uno es medio desatento, tal vez el mítico plazo haya sido establecido mucho antes.

Como sea, el viernes 23 de marzo de 1984, coincidentemente con el octavo aniversario del último golpe militar, la Unión Cívica Radical llamó a una concentración en torno a la consigna de “Cien días de gobierno por cien años de democracia” colmó la Plaza de Mayo y sus alrededores de un modo en que no ocurría desde los tiempos del último gobierno peronista http://www.archivoprisma.com.ar/registro/cien-dias-de-democracia-movilizacion-sobre-plaza-de-mayo-1984/.

No obstante la derrota legislativa del oficialismo sufrida a raíz de la extemporánea “Ley Mucci”, teñida de sordo revanchismo “gorila” y que tanto daño acabaría por provocarle, un todavía potente y muy popular Raúl Alfonsín llamaba a la unidad de las fuerzas nacionales y populares, insinuando la creación de un “tercer movimiento histórico”, hipotética síntesis del yrigoyenismo y el peronismo.

Desde esa primera oportunidad en que Alfonsín llegaba a sus primeros cien días en alza, con creciente popularidad y estableciendo una diferenciación con un pasado compuesto de minoritarios militares y banqueros, los primeros cien días de los siguientes presidentes los encontraron en pleno proceso de creciente estima popular. Todos, desde luego, culpando de sus problemas a su predecesor.

Los bastante menos que primeros cien días del gobierno de Mauricio Macri vienen  a coincidir con la inauguración del período de sesiones del Congreso, pero la nota significativa, más que su previsible discurso, la dio el día anterior la conferencia de prensa del ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay.

Ojo con el cuco

De la conferencia del ministro pueden extraerse dos conclusiones centrales: la necesidad de recurrir al endeudamiento externo, basada en la afirmación del propio ministro de que eso es necesario. Y la amenaza –no muy velada– de que si los legisladores no aprueban las propuestas de su “equipo”, se verá obligado a aplicar (o a recurrir a otro equipo que aplique) un ajuste en términos mucho más abruptos.

Fuera de que en ningún momento ni Prat Gay ni ningún miembro de su equipo ni del otro, el “duro” (encabezado presumiblemente por Carlos Melconián) consiguieron explicar por qué el “ajuste” era necesario más que recurriendo a consignas ideológicas, su extorsiva exposición inevitablemente recordó el extrañísimo argumento por el cual el Partido Comunista apoyaba a la dictadura de Rafael Videla: había otra peor, acechando, por si esta fallaba, de manera que era imprescindible no ponerle palos en la rueda a la de Videla, ¡que era democrática!

Las verdadera razón de la dirección del PC argentino era apoyar a la facción militar que sostenía la conveniencia de vender cereales a una Unión Soviética comercialmente bloqueada por la administración estadounidense. De similar manera, las razones de Prat Gay son las del empleado de un banco que necesita dar créditos para que su patronal pueda seguir haciendo negocios.

No existió nada más consistente que eso en las explicaciones y amenazas en el transcurso de su conferencia de prensa en las que presentó como un triunfo un acuerdo con los fondos buitre basado en la aceptación de todo cuanto los fondos buitre exigían. Y aún más, como el pago al contado, siendo la quita del 25% aplicada únicamente a intereses y costas judiciales, no al capital, con lo que resulta exageradamente inferior al 25% anunciado y al –en el peor de los casos– 65% conseguido en los canjes anteriores.

El tema queda claro apenas se ve que para pagar los alrededor de 100.000 millones de dólares de los canjes 2005-2010 fue necesario emitir bonos por 30.000 millones de dólares, en el gran triunfo obtenido por el gobierno de Cambiemos, se emitirán bonos por 25.000 millones para pagar un canje de 8.500 millones.

Queda por ver, además, de qué modo podrá incidir este acuerdo en los eventuales reclamos del 92% de los acreedores que, mediante el alquiler de otro juez Griesa, puede incrementar instantáneamente la deuda en 500.000 millones de dólares.

Todo sea por salir del default y volver al mercado de capitales –aseguró el ministro–, porque sin crédito externo no puede haber crecimiento económico.

¿De qué extraño modo, sin créditos del mercado de capitales, la economía argentina pudo crecer a tasas superiores al 7 por ciento anual durante una década?

Consistencias y sustentabilidades

Es difícil saber cómo serán las cosas dentro de veinte días cuando se cumplan efectivamente cien días de gobierno. Algún que otro analista político cree ver “sustentabilidad” y “consistencia” en la política económica del nuevo gobierno. Se trata de una alucinación, evidentemente: ninguna de las medidas tomadas hasta ahora dio el resultado que supuestamente pretendía tener.

El “supuestamente” viene a favor de las autoridades económicas, ya que cabe la posibilidad de que no sean tan ignorantes como parecen, sino más mentirosos de lo que puede creerse. Por ejemplo, el ministro Prat Gay sostuvo una y otra vez que el levantamiento del cepo no provocaría una corrida bancaria ni que la devaluación incidiría en los precios, puesto que estos estaban fijados según el valor del dólar “blue”.

Cualquier productor, importador o comerciante podría haberle explicado que esto no era así, pero el ministro deambula por las nubes de Úbeda, donde el trigo no tenía retenciones ni se exportaba a razón de 9,40 dólares, y en las que los aumentos en las tarifas eléctricas equivaldrían a “dos pizzas”. Vaya uno a saber dónde compra las pizzas el ministro: las facturas de numerosos talleres gráficos han pasado de 2000 pesos bimensuales a 7 mil pesos mensuales, diferencia con la que hasta el ministro podría comprar más de dos pizzas.

Como efecto inmediato de la devaluación y la simultánea eliminación de las retenciones, un dólar a 13,50  provocó un incremento del precio de las harinas de un 95%. Durante enero, con un dólar ya a 14,50, el precio subió un 120%, y a 80 días de la asunción del gobierno de Mauricio Macri, lo que antes de la devaluación se pagaba 6,6  (9,4 del valor del dólar menos un 30% de retenciones) hoy, sin retenciones, se paga 16, que, hasta este momento, es el valor de la divisa norteamericana: un incremento de más del 150%, que no se ha trasladado directamente al precio del pan, por ejemplo, que aumentó apenas un cien por ciento, pues los panaderos optan por reducir sus márgenes de ganancia.

Esta contención del precio del pan no podrá prolongarse demasiado tiempo, toda vez que las panaderías que hornean a electricidad ya han comenzado a recibir las nuevas tarifas, mientras que las que lo hacen a gas aguardan el correspondiente aumento y simultánea quita de subsidios.

Pero el ministro aseguró una y otra vez que lo que ocurrió, no ocurriría. Y si lo apuran, que ni siquiera ocurrió.

Inflación y costo laboral

El ministro Prat Gay aseguró también que no bien la devaluación tuviera lugar ingresarían al país ingentes capitales, y que en cuanto las retenciones fueran eliminadas, las cerealeras inundarían la plaza con 400 millones de dólares diarios. Como ya es habitual en él, nada de lo que supuso o anunció, ocurrió.

 

Por muchísimo menos, el presidente de Boca puso al Vasco Arruabarrena de patitas en la calle Pinzón, y eso que Prat Gay no sólo no ganó ningún campeonato sino que ni siquiera tocó una pelota en un picado de barrio.

Según Prat Gay, el equipo económico de reserva, los periquitos repetidores y los variados oficialismos light surgidos al calor de las billeteras del nuevo oficialismo, los problemas argentinos son dos: la inflación y el alto costo en dólares de los salarios.

En primer lugar, suena raro eso de reducir la inflación por medio del aumento de los precios de los alimentos, las tarifas de los servicios, los peajes, los transportes, la energía, los combustibles y cualquier insumo importado o de exportación. Que el presidente entienda el fenómeno a la bartola, no es sorpresa, si hasta ha dicho que “la inflación es mala porque provoca el aumento de los precios” (SIC), pero ya es serio que lo piensen cosos que se han graduado de economistas presumiblemente sin sobornar a las mesas examinadoras, aunque nada es seguro en estos mundos de Dios.

La teoría del valor según el PRO

Lo explicó con inusitada claridad el ministro de Trabajo Jorge Triaca aplicando la Teoría del Valor según la interpretación de Carlos Marx, pero al revés.

Marx introdujo en la teoría del valor la noción de plusvalía, que vendría a ser la parte del trabajo no pagado al obrero, en tanto su salario está por debajo del valor de cambio de lo que produce. Para el sistema capitalista, el salario debe ser el necesario para satisfacer lo que el obrero requiere para no morir de hambre y seguir produciendo. Y no más. La diferencia entre el salario que percibe el trabajador y el dinero que representa su esfuerzo laboral queda en manos del empleador: se trata de un valor adicional, un plusvalor que no forma parte de ningún otro componente del proceso productivo.

El “costo laboral” sería entonces la diferencia entre el costo de subvenir las necesidades básicas y lo que efectivamente puede recibir el trabajador mediante la puja distributiva, que le permite comprarse un celular, ir de paseo, pagar la cuota de un auto o comer una de las pizzas de Prat Gay.

Para el ministro de Trabajo, eufemismo por el cual en los últimos 80 días se conoce al representante de las patronales, el “costo laboral” argentino es demasiado alto, aunque, curiosamente, lo afirma sin tomar en cuenta la plusvalía que su labor genera, sino comparándolo con los salarios de los trabajadores de los demás países periféricos. Se desconocen las razones por las que, en tren de comparación, si de relacionar se trata, por qué no se relaciona el costo laboral argentino con el costo laboral francés, español o norteamericano.

Pero antes de proseguir convendría  terminar con la teoría del valor según Marx, para quien la apropiación de la plusvalía por parte del capital es el nudo de la explotación de los seres humanos por parte del capitalismo. Para Marx, el capital puede incrementar su nivel de explotación mediante la extensión de la jornada laboral (lo que llama plusvalía absoluta) o reduciendo el valor que cobra el trabajador por aportar su fuerza de trabajo (plusvalía relativa).

Según los nuevos gobernantes el costo laboral argentino es demasiado elevado para tener una “economía competitiva”, por lo que se proponen incrementar tanto la plusvalía absoluta como la relativa. Parece ser que recuperar la competitividad es fundamental: según estos mismos cráneos que no alcanzan a ver relación entre el valor del dólar y los precios de los alimentos, la dificultad de colocar los productos  argentinos en el exterior proviene del costo laboral y no de la recesión internacional, por lo cual se proponen hacerlos competitivos.

Que la búsqueda de competitividad es un cuento chino destinado a reducir la participación de los asalariados en la distribución de la renta nacional, es harto evidente: mientras se pretende aumentarla bajando los salarios y no mediante el desarrollo tecnológico, la reducción del margen de ganancias o la mayor inversión, se aumentan TODOS los demás costos: energía, insumos, fletes, intereses bancarios, etc.

Tenemos así la paradoja de que al bajar los salarios y aumentar todos los demás costos, no sólo no se aumenta la competitividad –ya de por sí relativa debido a la reducción del mercado internacional– sino que se deteriora el mercado interno, en tanto la combinación de aumento generalizado de precios y baja de salarios reduce la capacidad adquisitiva de los asalariados y, en consecuencia, de los comerciantes que viven de esa capacidad adquisitiva, y así sucesivamente. La recesión a la que estas políticas nos lanza ya está en puerta, y se agravará con lo que el presidente del Banco Central Federico Sturzenegger, llama la “restricción monetaria”: el “secar la plaza” (en criollo, dejar a la gente sin plata) que es el método infalible para bajar la inflación. Del mismo modo que el medio más efectivo de bajar la fiebre consiste en matar al paciente.

Curiosamente, para este empleado del FMI, el tercer factor distorsionante es el déficit fiscal que se arreglará expulsando empleados públicos y paralizando las obras de infraestructura. ¿No se le ocurrió pensar que hubiera sido más fácil mantener las retenciones a los granos y las mineras?

Desde el jardín

En este y otros sentidos, el discurso presidencial careció de novedades: anunciar la necesidad de hacer lo que el propio gobierno se rehúsa a hacer ya es un tópico del que el presidente abusó durante sus ocho años al frente del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. El Pro no demorará en comprobar que los efectos de una gestión municipal no tienen la misma envergadura que los de una gestión nacional: las campañas publicitarias no conseguirán superar la amarga experiencia de afrontar cada vez mayores gastos con cada vez menor poder adquisitivo.

No obstante las complicidades de los grandes medios y los espejismos en que se mueve, el martes 1 de marzo el presidente Macri tuvo una primera aproximación a la realidad. Fue cuando debió abandonar su proyectado desfile por Avenida de Mayo como corolario de su primer mensaje de inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso, y salir por la puerta trasera del edificio. Es que la realidad irrumpió en la forma de una nutrida columna de la Asociación Bancaria que ocupó y luego desfiló por el camino preparado para que el lucimiento del presidente.

Salimos ganando: la ejemplar consigna de los bancarios era “Si lo tocan a uno nos tocan a todos”, sideralmente alejada de la estrecha, mezquina, egoísta idea del struggle for life,  del “me salvo porque te hundís vos” que buscan imponer el equipo moderado de Prat Gay, el equipo duro de Melconián, el equipo sicótico de Jorge Triaca y la entera filosofía del Pro, empezando por un presidente que no alcanza a llegar a los cien días con, por lo menos, la misma popularidad que al inicio de la gestión. Y esto no es culpa de nadie, más que del propio gobierno.

Si así estamos a menos de tres meses, cuesta imaginar la situación dentro de seis. Mejor llamen un mecánico, a ver si los puede arreglar.

Teodoro Boot

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