27 de septiembre de 2020

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El golpe detrás del golpe, por Guadi Calvo

Tras el fallido alzamiento militar, Erdogan desafía a Europa: o ingreso a la Unión Europea o reconversión en República Islámica. 

Es por lo menos llamativo que las mismas fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia de los que dispone el estado turco, que hasta el viernes último no habían detectado los planes del golpe de Estado que se fraguaba contra el presidente Recep Tayyip Erdogan, en pocas horas, tras el fracaso de la intentona, hayan podido individualizar y detener a más de 50 mil personas involucrados, entre ellos 6 mil militares, incluidos varios generales, unos 3 mil jueces y empleados del poder judicial y 9 mil policías.

Como para curarse en salud, el Sultán ha extendido sus purgas a diferentes áreas gubernamentales: el lunes comenzó con la suspensión de 15 mil empleados de los ministerios de Justicia, Interior y Finanzas y el martes continuó con la suspensión de 40 mil funcionarios del Ministerio de Educación, al tiempo que se cesantearon cien agentes de los servicios secretos, más de 250 de la oficina del primer ministro, casi 400 del Ministerio de Familia y Políticas Sociales y 500 de la Dirección de Asuntos religiosos.

Apenas conocido el desarrollo y desenlace del golpe, del que ya venían haciendo referencias importantes medios occidentales, pocas dudas quedaron de que todo había sido otra patraña de Erdogan para lanzar una monumental cacería de opositores dentro de las fuerzas armadas, el poder judicial y la sociedad toda -donde, obviamente, el periodismo no va a quedar afuera- con un solo fin: eternizase en el poder.

El nuevo Sultán se ha lanzado a la concreción de su más anhelado sueño: reconvertir a Turquía en una República Islámica y sacar lustre a los viejos oropeles del Imperio Otomano. Para ello ha debido dinamitar el sueño de Mustafa Kemal Atatürk, fundador de la República en 1923, considerado el padre de la Turquía moderna, cuando estableció las bases de la democracia laica y la renovación de la sociedad, aferradas hasta entonces a los modos del imperio y atada por la rigurosidad religiosa.

Erdogan desde su llegada al poder con el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en 2003, ha cambiado la ecuación política, virando de una democracia parlamentaria a una presidencialista.

Sin poder en las cámaras para lograr todos los cambios a la Constitución del 82, Erdogan ha apelado a este auto golpe para avanzar con sus reformas, con las que pretende construir una Turquía a su imagen y semejanza. Entre sus planes se incluye la pena de muerte que provocara urticaria en más de un dirigente europeo y lo que sin duda terminaría cerrando su entrada a la Unión Europea o finalmente convirtiéndola en una pieza de cambio.

Erdogan ha manejado a su voluntad la relación con Europa y Europa lo sabe, pero se encuentra atada frente a las posibilidades de que el Sultán, otra vez, permita el flujo de refugiados hacía Grecia, haciendo recrudecer la crisis que prácticamente ha puesto al borde de la disolución a la Unión Europea. Erdogan cuenta en su territorio con 4.5 millones de refugiados: abrir el grifo, para vaciarse de semejante carga, representaría para Europa la anarquía absoluta y el descontrol de las organizaciones de ultra derecha e islamofóbicas, que desde hace años vienen ganado espacio en los medios y en los gobiernos.

Si a esto le sumamos el reciente reconocimiento de parte de los servicios de inteligencia de que se han detectado, entre el 1.5 millón de refugiados que consiguieron entrar a lo largo de la mitad del año pasado y en lo que va de este, hombres de Estado Islámico y al-Qaeda, la situación pone más presión aún a Europa en general y a la U.E. en particular, a la vista de la reciente matanza en Niza y el ataque de un joven afgano de 17 años -que llegó recientemente a Alemania sin familia y estaba a la espera de asilo- que el pasado lunes emprendió a hachazos contra los pasajeros de un tren que cubre la ruta Treuchtlingen-Würzburgen en Bavaria.

Occidente, desde los años de la Guerra Fría, ha preparado a Turquía, con su inclusión en la OTAN y la disposición de múltiples bases militares, para convertirse en el frente sur occidental de una fortuita guerra con la Unión Soviética, aunque nunca consideró la posibilidad de que todo ese gran andamiaje pueda ser utilizado en su contra.

Erdogan ha sabido manejar la debilidad política que las guerras de la Primavera Árabe han provocado a Europa, siempre como aliado fundamental de los intereses norteamericanos y sus socios regionales (Arabia Saudita, Qatar e Israel). Ahora parece dispuesto a jugar fuerte y plantea la disyuntiva: o membresía de la Unión Europea o República Islámica.

Erdogan ya había dado muestras de su adscripción al fundamentalismo islámico con el cierre de escuelas e institutos laicos, la apertura de madrassas o escuelas coránicas, disposiciones acerca de la prohibición de venta de alcohol, la reconvención de museos en mezquitas y la construcción de otras nuevas, al tiempo que se ha vuelto a permitir el uso del velo en las universidades, atuendo prohibido por Atatürk, cuándo comenzaron sus reformas noventa años atrás.

Durante las horas de incertidumbre antes de derrotar a los golpistas, Recep Erdogan llamó a sus acólitos a pronunciarse y manifestarse contra el golpe. A partir de ese momento legiones de hombres salieron al grito de Allahu Akbar (Dios es Grande). Fue significativo que en dichas manifestaciones no hayan participado mujeres al tiempo que según se puedo apreciar en la televisión sólo había hombres con bigote, un distintivo exclusivo de los islamistas. Muchos de ellos han capturado a simples soldados que habían quedado sin mandos torturándolos y en algunos casos degollándolos a la vista de todo el mundo, cómo sucedió en el puente Boğazi, que une la Estambul europea y la asiática.

Tras lo sucedido, el presidente Obama, la canciller Angela Merkel y la responsable de la diplomacia de la UE Federica Mogherini han solicitado a Erdogan cautela a la hora de tomar venganza, a lo que el presidente turco parece no estar dispuesto a escuchar. Hasta ahora la represión ha costado 500 muertos y unos 1.5 mil heridos, una cifra modesta para los presupuestos del Sultán. Sin duda las ejecuciones legales o no ya se deben estar desarrollando.

Mi capricho y solo mi capricho

Tras el golpe, Erdogan ha ocupado toda la escena de la política turca y ahora nada parece hacerle sombra. Ha puesto manos a la obra para deshacer la endeble estructura de democracia turca y asumir todo el poder. El golpe lo ha plebiscitado y sus pergaminos resultan inobjetables.

Si antes del golpe la presión internacional y la oposición parlamentaria no pudieron impedir sus acciones contra la libertad de prensa, que fueron desde la detención de periodistas críticos y la incautación de sus bienes, hasta el asalto y clausura del periódico Zaman en marzo último, el más leído del país con una tirada diaria de 850 mil ejemplares, a partir del viernes las libertades públicas serán una cuestión del pasado.

Sus descarados actos de corrupción se ejemplifican solo con la construcción del Ak Saray (Palacio Blanco), en alusión a su movimiento político AK Parti, la nueva residencia de mil habitaciones, inaugurado en abril del 2014, de 300 mil metros cuadrados -la Casa Blanca tiene 55 mil-, cuyo gasto exacto -calculado entre 300 y 500 millones de dólares-, se desconoce, ya que no hubo fondos que la autorizaran, al tiempo que no contaba permisos legales para ser levantada en una zona natural protegida. El Ak Saray es también una muestra de su intención de desmarcase de la presencia de Atatürk, ya que remplaza a la Villa de Çankaya, residencia oficial de todos los presidentes desde 1923, que fue elegida por el propio Padre de la Patria en 1921.

Sus hijos, Bilal y Burak, acusados por el presidente ruso Vladimir Putin de comercializar a través de sus compañías navieras el petróleo que Estado Islámico extraía en las zonas ocupadas de Sira e Irak, yque también fueron investigados por fiscales turcos por una compleja red de sobornos, fraudes, blanqueo de dinero y contrabando de oro, fueron “milagrosamente” liberados del juicio cuándo su padre exoneró a los policías y los magistrados que los inquirían.

Erdogan quiere terminar con el último escollo para su perpetuación: su ex socio político Fetulá Gülen, a quién acusa de ser el cabecilla del movimiento del viernes 15. Gülen es un religioso suni, que se encuentra exiliado en los Estados Unidos que pugna por un islam distante de la actividad política, pero con una fuerte impronta en muchos de sus casi 80 millones de habitantes.

Mientras miles de seguidores de Recep Tayyip Erdogan se reúnen cada noche en las principales plazas del país como la Kizilay, en Ankara o la de Taksim, en la parte europea de Estambul, obedeciendo las órdenes de permanecer vigilantes, la aviación turca ha recomenzado los bombardeos contra núcleos civiles kurdos, frente al silencio cómplice de la OTAN y la comunidad internacional.

El presidente turco, unos de los grandes responsables del holocausto sirio, se inició en la política como un ferviente anticomunista. En 1999 fue encarcelado cuatro meses por haber recitado una poesía en la que se comparaban los minaretes de las mezquitas con bayonetas y las cúpulas con yelmos, para después declarar: “La democracia es solo un tren al que subimos hasta que llegamos a nuestro destino”, y por lo que parece ha llegado.

Guadi Calvo

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