22 de septiembre de 2020

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El escritor de la selva: ¡Qué tragedia, Horacio!

El escritor de la selva: ¡Qué tragedia, Horacio!

Fue el padre del cuento corto latinoamericano. Vivió perseguido por la tragedia, entre la ciudad y la selva. Entre Buenos Aires y San Ignacio. En Misiones, Quiroga concibió la gran mayoría de su vasta obra literaria. Es difícil, por momentos, discernir

si la tragedia estuvo al servicio de Quiroga, o Quiroga al servicio de la tragedia. ¿Se entiende, no? Quiero de­cir que la tragedia está íntimamente rela­cionada con la vida del escritor barbudo y huraño que vivió y produjo en Misiones. Tan inmersa está en la vida de Quiroga que me pregunto: ¿no será que este tipo hizo de la tragedia una forma de vida? ¿O acaso la fuerza del destino es tanta que es imposible escapar?

Los griegos creían que no se podía esca­par del Destino. Lo definían de manera inexorable. Y no había mortal, héroe o hijo de vecino que pudiera torcer aquello que estaba trazado. Y es así, entonces, que el Destino desde un principio daba señales de cómo sería la vida de todos y cada una de las personas.

El caso de Quiroga es uno de los más pa­radigmáticos. Un tipo al cual se le muere accidentalmente el padre, Prudencio Qui­roga, cuando él contaba con dos meses de edad, volándose la cabeza con una escopeta; y que después, el padrastro a quien el joven Horacio le había tomado un entrañable cariño, se suicida de un es­copetazo en su silla de ruedas en el mismo momento que el adolescente de 16 años entraba en la habitación; y que años más tarde él mismo mataría accidentalmen­te a su amigo Federico Ferrando con un tiro; un tipo así, que estuvo signado por la muerte, trágica o como sea, pero muerte al fin, no podía más que ver la vida como un pequeño instante hacia el más allá. 

Su vida fue tomada por la tragedia. El Des­tino mismo se encargó de llenar su camino de signos trágicos que le marcaron el rum­bo durante toda su existencia. La tragedia trazó su camino y de manera concéntrica siempre terminaba en muerte. Y cada vez que la Parca se presentaba, él huía. Como si fuera que yendo a Buenos Aires, Chaco o Misiones, la muerte no lo encontraría. Quiroga no sabía de la conexión intrínseca entre Destino, tragedia y Muerte, y vano era huir (o intentar huir). 

El marco de la selva 

Ramón Ayala se pregunta ¿Qué tienes mi tierra roja que a todas partes te llevo? Que por más que ande caminos me sigues con tus misterios. El Mensú se pregunta eso. Y si bien él se pregunta desde la nostalgia de estar en suelo parisino, a mí siempre me gustó pensar que Ayala se metió en el pensamiento de muchos de los que llegaron hasta aquí y nunca más pudie­ron des-encantarse de estos suelos. 

Quiroga fue uno de ellos. Llegó una vez con Leopoldo Lugones, en 1903, en cali­dad de fotógrafo en una expedición ar­queológica a las ruinas de San Ignacio, y ahí quedó prendado de eso que tiene la tierra roja. 

Aquí, en el año 1906, literalmente, constru­ye su casa en San Ignacio. La construye él mismo. Pero como el Destino se encargó de ir tramando su vida, es que hace que las cosas no le sean propicias y que Lugones lo tiente con volver a Buenos Aires y ser profesor en la Escuela Normal Nº 8. Allí, con treinta y un años, conoce a una joven alumna de dieciocho con quien se casaría a pesar de la oposición de los padres de la joven. 

En 1909 trae a su flamante esposa a vivir a su casa, construida con sus propias manos en la selva misionera. Con la selva como marco de vida nacen sus dos hijos, Eglé y Darío. 

Fue juez de paz en San Ignacio. Un juez de paz desordenado y desprolijo, según nos ha llegado el rumor. Un juez que guardaba todo aquello importante en latas de galle­titas. 

Pero el Destino (otra vez), fue socavando la relación de la pareja para llevar a la mujer a trágica decisión de suicidarse después de seis años de matrimonio salvaje, duro y agreste. Ana María Cirés, tal era el nombre de la mujer, bebió veneno, agonizó 8 días y por fin murió. 

¿Quiroga realmente pensaba que volvien­do a Buenos Aires iba a desalentar a la muerte y lograr que desista en su persecu­ción? Quizá sí… quizá no. 

Pero se fue. Se fue y volvió años más tar­de. Volvió con otra mujer veinticuatro años más joven que él. En el año 1934, salían desde Olivos rumbo a Misiones, Quiroga, su esposa María Elena Bravo, y sus tres hi­jos. Los cinco en un Ford negro. 

El principio del fin 

Llegaron a San Ignacio después de vaya uno a saber cuántas horas de viaje. Pero la felicidad no estaba allí. Es que quizá la felicidad no era posible en una vida gober­nada por la tragedia. 

Los retrasos en la jubilación del ya afama­do escritor, los problemas de salud y los ce­los que sentía por su joven esposa, fueron los ingredientes para que la convivencia se vuelva insoportable y al cabo de tres años, María Elena lo abandone y se vuelva a Bue­nos Aires. 

Quiroga se quedó en su selva. Pero un do­lor agudo en el estómago lo hizo ir hasta el Hospital de Clínica en Buenos Aires. La vida ya se le ponía físicamente dolorosa, y mu­cha morfina exacerbaba su mal carácter. En febrero de 1937 sus médicos le confesa­ron que tenía cáncer y que no había cura. Dicen que él no dijo nada. Que esa noche salió a caminar, que dio algunas vueltas, que volvió, que bebió un largo trago de cianuro, y que nunca vio llegar la mañana del 19. 

Así murió el escritor considerado el creador del cuento corto latinoamericano. Nuestro Poe, nuestro Dostoievski. El tipo al cual la tragedia lo cruzó de lado a lado. El tipo que hizo de la tragedia su argamasa con la cual expió su vida. El escritor huraño y de mal carácter que encontró en Misiones y su sel­va la forma de distraer a la muerte. 

Para alimentar el morbo

Irónicamente, la muerte vivió junto a Qui­roga. Y todo aquél con el que estrechaba vínculos sufrió su trágico guadañazo. A saber: su padre muere cuando él tenía dos meses de vida. Su padrastro se suici­da cuando Quiroga contaba con dieciséis años. A los veinte años, en el Chaco, vio morir a sus hermanos producto de la fie­bre tifoidea. Más tarde mata a su amigo, Federico Ferrando, accidentalmente. Su primera mujer se suicida bebiendo vene­no. Pocos meses después del suicidio de Quiroga, en 1937, Alfonsina Storni (con quien dicen que tuvo un affaire), se suicida metiéndose en el mar. Leopoldo Lugones se suicidaría un año más tarde, de la mis­ma manera que él mismo había conde­nado diciendo sobre Quiroga: “Se mató como una sirvienta”. En 1939 se suicidó su hija Eglé y en el año 1952 se suicida su hijo Darío. 

La muerte rondó su vida… y en medio de eso, escribió.

La casa de Quiroga

Con motivo del 79º aniversario de la muerte Quiroga, se realizó un acto recordatorio en San Igancio, en la casa que habitó el escritor. En la ocasión y con la presencia del vicegobernador, Oscar Herrera, la subsecretaria de cul­tura, Lucía Mikitiuk, la presidenta del Centro del Conoci­miento, Magdalena Solari y el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores filial Misiones, Anibal Silvero, se procedió a la re apertura de la casa de Horacio Quiroga, después de los trabajos de restauración y puesta en va­lor que allí se realizaban. 

También sirvió esta ocasión para homenajear a Olga Zamboni fallecida el pasado 26 de enero, descubriendo una placa con un texto que le dedicara oportunamente al escritor uruguayo. La escritora oriunda de Santa Ana, fue una de las mayores estudiosas de Quiroga y fuente respetada de consulta a nivel internacional. La editorial Coliheu ha publicado A la deriva y otros cuentos con se­lección, introducción, notas y propuestas de trabajo de la profesora Zamboni. 

Enfoque Misiones

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