28 de septiembre de 2020

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El dilema moral del Che Guevara, por Iosu Perales

El Che Guevara es universal. Tan universal que incluso los movimientos pacifistas lo hacen suyo, paradójicamente. El Che en blanco y negro, el Che en tinta china, el Che dibujado por computadora, el Che en su foto final de Cristo yacente hermoso y trágico.

El Che en todas partes, en las habitaciones de comunistas y de cristianos, de socialistas y de anarquistas, en casas de campesinos e indios, en universidades, fábricas y escaparates, el Che en los campos de fútbol, el Che en estampas y en pequeñas iglesias bolivianas rezado en aymara y en quechua.

Millones de jóvenes en todo el mundo siguen viendo en el Che un ejemplo en el que mirarse en un tiempo de avance cultural del neoliberalismo, de descreimiento y nihilismo. El Che surge como el rescate de un horizonte liberador, de un impulso ético que invita a seguir luchando contra la injusticia allí donde se encuentre. Así es como cincuenta años después de su muerte su figura está viva, como si en cierto sentido el tiempo se hubiera detenido en aquella fotografía que le tomara Alberto Korda sobre la tribuna de la calle Colon de La Habana.

En los años ochenta, una vez pregunté a un joven nicaragüense que portaba una camiseta con el rostro del Che y una boina adornada con la estrella roja de cinco puntas, si había leído algo del mítico guerrillero. Me respondió que no, que andaba muy ocupado organizando a los jóvenes del barrio y que bastante tenía con seguir su ejemplo en la vida diaria. En ese momento, hace veinte años, me di cuenta que el éxito del Che Guevara no radica principalmente en sus importantes textos y en sus sugerentes tesis políticas, sino en su fuerza moral.

Es el revolucionario en estado puro, el hombre utópico, el que lleva hasta el final la coherencia en la vida, el que más ha interesado históricamente a una multitud. Che realizando su viaje iniciático en una motocicleta, rumbo a una leprosería en Venezuela; Che dejando el poder en Cuba para arriesgar su vida en el Congo, un escenario lejano y complejo que desconoce; Che muerto en Bolivia, tras un desencuentro dramático con la realidad, dejándonos ese rostro crístico que parece una llamada a la humanidad. Son esos tres momentos los que sellan el abrazo entre decenas de millones de seres humanos y el hombre. Sin duda que él era portador de muchas ideas, muchas brillantes, y era productor de teorías económicas interesantes y de enfoques innovadores, pero todo ese arsenal es perfectamente discutible. Lo que resulta en él, irrefutable, es su ejemplo. Ese detalle no hay quien lo discuta.

Ese aspecto, la moral de Che, es el que me interesa. El que me conmueve. El que me perturba a veces. El que hace de Che mi figura histórica. Esa moral, sin embargo, no es una línea recta, pura, intachable. Y no lo es porque Che era un ser humano, hijo de su tiempo e influido por las ideas predominantes de la izquierda en la mitad del siglo XX. Lo prefiero así, contradictorio, cercano. Es más real. Más verdad.

Su moral arranca de una visión de la extrema pobreza en la América andina que recorre en su moto. Ese impacto le rompe los ojos y genera en él una fuerza interior que le empuja a participar en la gesta de crear una humanidad nueva liberada de los males sociales. Al igual que en los grandes reformadores de la historia que soñaron un mundo armonioso su crítica arranca de la desazón y de la rabia, para convertirse poco a poco en un proyecto social y político que lejos de resignarse con los males sempiternos de la existencia humana, apunta a la necesidad de un ser humano nuevo, viviendo feliz en una sociedad moralmente completa.

Al Che le interesa una nueva sociedad, una nueva civilización, unas nuevas relaciones sociales, humanas y sentimentales. Su interpretación antropológica del marxismo sitúa al hombre y la mujer por encima de la economía y del desarrollo tecnológico, es el incentivo moral el que debe prevalecer. Siendo el factor humano el eje de su socialismo Che coloca al Estado como instrumento reformador, tutelar, de la sociedad. Este enfoque estatista es predominante en la izquierda de la época y promueve la idea de que es la sociedad representada por el Estado la que debe moldear al individuo, garantizando la educación correcta y unos comportamientos tasados. Y es aquí donde, a mi modo de ver, se manifiesta un punto sombrío y polémico en su propuesta moral.

Luces y sombras de su propuesta

El Estado como motor y garante de una nueva sociedad es también normativo y hace del Che un hombre a veces inflexible, un poco puritano y con un costado de monje -en acertada definición de Eduardo Galeano-.1 Un Che que, según el escritor uruguayo, no podía ver a un humilde vendedor por cuenta propia en las calles de La Habana, porque veía en ello una capsulita de capitalismo, y en el fondo temía que allí pudiera haber un pequeño Rockefeller en potencia.

Es verdad –como dijo el gran Galeano- que su llamado era una advertencia frente a la codicia, frente a las trampas de la codicia. Pero hay en él un reformador moral que desde el poder, señala lo que debe hacerse. Es decir, en su impulso moral como inspiración, como raíz para la acción política, radica al mismo tiempo dos dimensiones: una que nos remite al deseo de liberar la humanidad de toda forma de opresión y otra que hace de lo moral una idea de Estado normativo, dirigido por una vanguardia o por líderes que determinan lo que le conviene a la gente. Son estas dos dimensiones las que permanecen en difícil equilibrio en un Che en todo caso coherente con sus propias convicciones.

En su concepción del partido, la idea de vanguardia leninista aparece una y otra vez como garante no sólo de una conducción correcta de la revolución, sino también como instrumento de educación del pueblo, es decir como tutela moral necesaria. Del mismo modo su concepción del militante y del cuadro del partido, se acerca a la de un apóstol de la revolución. El nivel de exigencia del Che Guevara nos remite a una concepción salvífica, redentora, en la que el partido es una agrupación de santos, y hay ahí como un desencuentro entre la realidad y su pensamiento.

No obstante, el Che se separa muy radicalmente de la ortodoxia soviética, tanto en lo que se refiere a los métodos de lucha como en su pretensión de ser la única verdad, de manera que lee y estudia a Trosky y a Mao, siempre con una tensión contraria al dogmatismo y a la retórica -quedó triste cuando la policía cubana destruyó las placas del libro La revolución permanente de Trosky-. Además, el marxismo del Che contempla el hacer la revolución en países subdesarrollados, apoyándose en la reforma agraria, lo que fue admitido por Marx en sus últimos años tras analizar la situación de Rusia.

Su ejemplo

Ciertamente no hay trampa en su concepción moral, al contrario hay una coherencia de la que podemos extraer algunas conclusiones:

En primer lugar sus actos están llenos de ejemplaridad. Entre lo que dice y lo que hace hay una unidad completa. En el trabajo voluntario, arrastrando un asma que a veces le hace aparecer como un ser agonizante, corta caña o maneja un tractor, pero no para la fotografía sino con una intensidad y una sinceridad que nadie nunca ha discutido en Cuba. El tipo se presentaba en una fábrica y se ponía a trabajar de peón en horas nocturnas, sin que apenas nadie lo supiera, ante la alucinación de los trabajadores del turno. Siempre cobró el sueldo mínimo, dos o tres veces por debajo del salario de un técnico. No sabía que su familia estaba siendo beneficiada por un complemento alimenticio, y cuando tuvo conocimiento de ello ordenó de inmediato su supresión.

En segundo lugar el impulso moral conduce al Che a pensar el hombre nuevo y la mujer nueva como eje del desarrollo. Una concepción que rompe con el marxismo soviético y enlaza -tal vez sin querer- con la corriente histórica del socialismo utópico. De hecho la evolución del Che con respecto a la URSS es cada vez más crítica, no le gustan ni los métodos fordianos, ni las concepciones economicistas, ni la escasa calidad de los productos soviéticos. Para él es el factor humano el eje del desarrollo del socialismo.

En palabras de Eduardo Galeano “él le devuelve a la conciencia el valor protagonista que tiene en la historia de la humanidad”. Sin embargo, el hombre nuevo del Che es un super-hombre. En un momento afirma que es necesario encontrar la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana una actitud heroica. Como quiera que el punto de partida es otro muy distante, el Che deposita en el Estado y en el partido la responsabilidad de una educación del individuo, confiando que prenda en las masas una actitud de presión a quienes no se han educado todavía. Su propuesta, en “El Socialismo y el hombre en Cuba” es atrevida y con tribuye a una humanización del marxismo y del socialismo, pero era extremadamente arriesgada.

Era partidario de un modelo de sociedad autosuficiente, donde los valores éticos predominen sobre los mercantiles, y donde el bien común sea el valor por excelencia. Hay en este último punto una inspiración radical que parece tener su raíz o al menos conectar con Pierre Rousseau, pensador francés del siglo XVIII. Pero antes de señalar lo que hay, a mi juicio, de relación con Rousseau, es de interés indicar que de su viaje a la URSS a finales de 1960 viene gratamente impresionado por la solidaridad recibida.

Como dice Paco Ignacio Taibo II en su biografía sobre el Che,2 no tenía una mínima percepción del desastre social, del autoritarismo político, del carácter policíaco de la sociedad soviética. No obstante su posición crítica fue en aumento, y tras la crisis de los misiles donde los cubanos se sintieron manejados por la política de Kruschev quien pactó con Kennedy a sus espaldas, Che Guevara entró en un enfurecido silencio respecto de la URSS. Ese silencio fue roto en Argel en 1965, donde denunció la complicidad tácita de la dirección soviética con el imperialismo en la profundización del desarrollo desigual y la subordinación de los países pobres al reparto del mundo. Presiente las enormes dificultades de Cuba en su tránsito al socialismo y lanza su mensaje a la Tricontinental de crear otros Vietnam, no confía para nada en una Cuba dependiente de la URSS, una Cuba sometida al monocultivo del azúcar como producto principal de cambio para la importación de maquinaria del Este de Europa. El Che vive entonces con angustia la soledad vietnamita y se rebela contra la guerra de insultos y sectarismos que libran la Unión Soviética y China; no entiende ni acepta esa división del campo socialista.

Su alejamiento de los soviéticos y un mayor conocimiento de la experiencia china, alimentaron sobre él el estigma de ser pro-chino, y sin embargo lo cierto es que siempre se mantuvo fiel a sus propias ideas y a su conciencia y lo que siempre defendió en aquellos difíciles momentos era la unidad del campo socialista.

La sombra de Rousseau

En su pequeño ensayo El socialismo y el hombre en Cuba,3 escribe como en la historia de la revolución cubana aparece un personaje que supera al individuo: la masa. Esta idea de la masa que no es una mera suma de individuos, una agregación, no es otra cosa a mi parecer que la voluntad general de Rousseau, mejor o peor expresada. Responde a dos proposiciones: de un lado superar la democracia burguesa, parlamentaria, sustituyéndola por una democracia realmente participativa, directa, «el pueblo reunido», algo que permanece en la filosofía de la revolución cubana; y de otra parte superar el individualismo -inclusive el de buena voluntad- sustituyéndolo por el cuerpo social colectivo, cuya voluntad no deviene del recuento de votos individualmente expresados, sino de la fuerza espiritual y política que se manifiesta en el clamor de la masa.

Pero un primer problema de la voluntad general es que requiere de seres éticos capaces de poner por delante el bienestar de todos a la ventaja personal. Asunto nada fácil y por eso advierte que la sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado. Un segundo problema -de Rousseau ya en el siglo XVIII, como el del Che y el de la Cuba actual-, es quién interpreta la voluntad general y quién dirige la voluntad general de la masa. No es un problema menor, sino un problema de envergadura que indica la dificultad de la vía democrática escogida.

Como es sabido, siendo Ministro de Industria provocó algunos debates económicos de gran envergadura entre 1963 y 1965. Algo hemos comentado sobre el asunto de los incentivos, pero fue el tema de la ley del valor en la transición del capitalismo al socialismo el que convocó la participación de intelectuales como Mandel, Sweezy, Huberman, etc. En síntesis, quienes defendían la importancia de la ley del valor atribuían a los mecanismos del mercado en la economía planificada un papel decisivo, de manera que defendían una amplia autonomía financiera de las empresas e insistían en el dinero como factor clave para aumentar la productividad.

El Che y sus partidarios -entre ellos varios economistas de prestigio como Alvarez Rom y Oltuski- pusieron el acento en la gestión centralizada, teniendo en cuenta las desigualdades del desarrollo en la isla. Creían que la autonomía financiera de las empresas alimentaría opciones sectoriales y no nacionales; pensaban que la autonomía de los directores en materia de inversiones y salarios derivaría en desigualdad y desequilibrios territoriales. El Che y su equipo proponían una economía que tuviera en cuenta las prioridades nacionales y gestionara cuidadosamente las escasas divisas y los recursos escasos en medio del bloqueo4.

La propuesta del Che se apoyaba en un fuerte sentido de la igualdad, en un temor fundado a las relaciones monetario-mercantiles, y en su crítica al socialismo de la URSS. Pero hay en su planteamiento una apuesta por el Estado en detrimento de la autonomía, de la misma manera que en la reforma agraria pondría el acento en la centralización y no en las cooperativas y en la propiedad social diversificada.

Una ética impaciente

Pienso que su fortaleza ética se pone de relieve también en el hecho de que escogiera la vía armada. Hay en esta opción una pasión por lograr los cambios por el camino que él considera más corto y seguro. Y no es que estuviera en desacuerdo con la participación electoral de la izquierda, pero el Che había visto demasiado fraude en el continente, y había comprobado como a los avances políticos de la izquierda la derecha respondía invariablemente con golpes de Estado.5 La esperanza se cansa de esperar, otra vez Galeano, y es por ello que el Che tiene prisa, es un impaciente. Vive la acción revolucionaria con urgencia, como si cada día que pasa es un día más de sufrimiento intolerable de la humanidad.

Parece cierto que el Che no temía a la muerte, y que incluso parecía buscarla. Lo dice el mismo Fidel en una entrevista que dio a Gianni Mina6. Hay un poema del propio Che que empieza diciendo: Bienvenida sea la muerte/ donde quiera que sea/… Pero esa actitud, o si se quiere esa aptitud, se asemeja a la disposición del que cree profundamente; algo similar hemos visto en otros guerrilleros en América Central, en creyentes cristianos que lo arriesgan todo con extrema generosidad. Así era el Che, un hombre que incluso cuando jugaba al ajedrez lo hacía a todo o nada, ganar o perder.

Su vía armada contiene un singular humanismo. Lo dejó claro al decir que un revolucionario debe estar movido por grandes sentimientos de amor; él no odia al soldadito al que combate, odia al sistema, odia a la injusticia social y a la dictadura política. Y esa conjunción de amor y de odio son los ingredientes necesarios de un humanismo que busca la realización aquí en la tierra. El amor y el odio van pegados.

En esta vía revolucionaria el Che pareciera cargar el universo sobre sus hombros. La Tricontinental le descubre una vocación salvífica sin fronteras. En un viaje a África como ministro se siente responsable del hambre y del colonialismo. Vuelve al Congo como combatiente, junto con un puñado de veteranos de Sierra Maestra, y pronto se ve envuelto en un laberinto tribal, de rivalidades, que no logrará entender. Sin duda los combatientes de Laurent Kabila carecían de la disciplina y de la mística de los cubanos; regresa a América defraudado y triste.

Aquí podemos apreciar como el Che no era un calculador político, sino un apasionado, y en este caso un voluntarista llevado a África por su generosidad infinita. Y en Bolivia otra vez se repetirá en cierto modo el error de cálculo, aunque en otro escenario. Solo, con un grupo de convencidos, será traicionado por los comunistas locales. Creo sinceramente que es víctima de la política exterior soviética que influye decisivamente sobre Mario Monge, el secretario general de los comunistas bolivianos que en lugar de presentarse en una cita con el Che, viaja a Bulgaria y luego a Moscú a buscar apoyo para su tesis contraria a la lucha armada. La posición de Monge estuvo además influida por su incumplido deseo de ser el máximo dirigente de la guerrilla en Bolivia y su sectarismo frente a la posición de dirigentes y militantes de las juventudes comunistas que se incorporaron con entusiasmo al grupo guerrillero.

Pero el Che, además, se equivoca de época y de lugar, creo. Como acertadamente recordó Eduardo Galeano en la entrevista que le hice en 1987, en Bolivia se produjo un diálogo de sordomudos entre el foco guerrillero y el paisaje humano y físico. Hay que recordar que en Bolivia, tras el estallido revolucionario de 1953 liderado por el Movimiento Nacionalista Revolucionario, se habían logrado en parte tres objetivos: una reforma agraria, la nacionalización de las minas y la implantación del sufragio universal que llevó a una notable politización de mineros, estudiantes, campesinos. Es verdad que pocos años después se instaura una dictadura militar y el PIB es el más bajo de América Latina después de Haití, pero lo comprobado por los hechos es que las condiciones sociales no eran las óptimas para una guerra de guerrillas. Cuando quiso buscar un escenario más favorable, donde los hermanos Peredo gozaban de simpatías, fue abatido en la Quebrada del Yuro.

La misión del revolucionario

En todo caso es conocido que el Che, al elegir Bolivia, quiere dar inicio a un plan que formaba parte de una estrategia continental. Abrir un sólido frente de lucha armada en Bolivia era un paso más hacia su gran objetivo: Argentina, primero, y luego todo el cono sur. Lo cierto es que aun sintiéndose cubano, el Che era muy argentino. Siempre, incluso en Sierra Maestra, había soñado con luchar en su Argentina.

Y es en este hecho que puede descubrirse otra faceta del Che: su visión bolivariana, continental. Para él, Cuba debe ser un referente, una bandera, pero es sólo el comienzo. Esto da pie para descubrir el distinto papel entre el Che y Fidel Castro. Eran dos personalidades tan fuertes que necesitaban de una cierta distancia. Fidel era y es un político de Estado, pragmático, hábil dirigente, un conductor del pueblo.

El Che era el revolucionario en estado puro, mucho menos calculador, conductor de grupos pequeños de grandes ideales como los de él. Así por ejemplo si Fidel era capaz de soportar las políticas soviéticas, el Che Guevara o bien hacía saber su disentimiento o bien se refugiaba en un mutismo significativo. La misma diferencia encontramos en el tratamiento que hacen ambos a la unidad con los comunistas cubanos del PSP. Es indudable que el Che no tiene mucha confianza en ellos. La verdad es que toda su confianza la depositaba en el Ejército de Liberación, donde veía una garantía mayor de mística.

Por lo demás eran años en los que había que construir un Estado y el Che odiaba a la burocracia y en ese tiempo se trataba justamente de organizar una administración, de poner a técnicos al frente de muchas tareas. Choca asimismo con los Comités de Defensa de la Revolución en los que detecta una penetración de oportunistas en busca de casa o de automóvil o de mejor acceso a alimentos. Sencillamente al Che no le entusiasmaba la idea de verse sumido a la rutina de aquella construcción estatal seguramente inevitable; no en vano sus oficinas eran una especie de campamento y el tipo estudiaba en el suelo, todo como si fueran lugares de tránsito o la montaña misma. No tiene vocación de poder, no quiere el poder, como lo prueba el hecho de que el día de tomar posesión del ministerio de Industria el 23 de febrero de 1961 le dijera a su colaborador Manresa: Vamos a pasar cinco años aquí y luego nos vamos. Con cinco años más de edad, todavía podemos hacer una guerrilla.

Como bien puntualiza la cubanologa francesa Janette Habel7, aquel su discurso de Argel en el que denuncia a la URSS por su papel abusivo frente a países pobres, frente a Cuba, fue muy mal acogido en Moscú que hizo saber que lo consideraba inaceptable. A su regreso de la capital argelina el Che y Fidel discutieron durante dos días. Ya el Che no volvió a aparecer públicamente.

Es así que pienso que en la mente del Che está la idea de que Fidel lo llena todo en Cuba y que su misión es otra bien distinta: impulsar dos, tres Vietnam. Su internacionalismo, su sentimiento latinoamericano, encarnó un modelo de provocación a los poderes establecidos y una llamada al asedio perpetuo al imperialismo y al colonialismo. Las claves de su pensamiento son dos: la misión del revolucionario es hacer la revolución; ninguna injusticia que suceda en el mundo le deja indiferente, no hay pues fronteras. Desde luego no las hay para él, que nace en Argentina, entra en la política en Guatemala, se casa con una peruana en Méjico, lucha en Cuba, luego en el Congo, y muere en Bolivia. Hay una confesión increíble que le hace a su padre, ya en enero de 1959, a los pocos días de haber triunfado la revolución: Yo mismo no sé en qué tierra dejaré mis huesos.

América Latina sin el Che

Desde la muerte del Che el escenario internacional ha cambiado notablemente. Su discurso estuvo influido por un movimiento mundial de descolonización y formación de nuevos estados, el auge de los nacionalismos, y la existencia de un mundo dividido en bloques. También por una extendida realidad de dictaduras que cerraban toda posibilidad de cambios por la vía democrática y que llevaron a una parte de la izquierda a considerar la vía armada como la única alternativa de liberación de los pueblos. Hoy, las democracias, aunque en muchos casos frágiles e inciertas, se abren camino gracias a las luchas populares y ciudadanas en muchos países de América Latina.

Ciertamente un movimiento de cambio recorre América Latina, desde el cono sur hasta Centroamérica. Se expresa en forma de auge de los movimientos sociales e indígenas, y en resultados electorales que están dando lugar a gobiernos progresistas, que en algunos casos proclaman situarse en lo que llaman socialismo del siglo XXI. Es difícil saber hasta dónde podrán llegar estos gobiernos y hasta dónde el movimiento general de cambio, toda vez que factores internos (fuerte oposición de las oligarquías y dominio m mundial del dinero) y factores externos juegan su papel confrontativo. No sabemos, por otra parte, hasta dónde estos gobiernos y la fuerza política y social que los apoya, están dispuestos a llegar en lo que se refiere a una transformación del modelo económico y social que ha sido y aún es predominante. Parece, en todo caso, que la crisis neoliberal da la razón a quienes plantean la necesidad de otro modelo económico y otra globalización.

La importancia de este movimiento general no significa de ningún modo que el modelo capitalista haya sido derrotado o que ha comenzado una cuenta atrás irreversible. Menos aún puede decirse que estamos arribando a una etapa postcapitalista. El capitalismo y su expresión neoliberal tiene muchos recursos para la confrontación y capacidad de reacción, incluso utilizando a los Estados y cooptando partes de este movimiento de cambio. De este modo se ha establecido un pulso con dimensiones estratégicas entre el neoliberalismo y su capacidad de recuperación y este movimiento general de cambio que tiene margen para ir mucho más lejos. Grandes batallas están aún por llegar.

El movimiento general de cambio no es uniforme. No representa lo mismo el movimiento bolivariano que la izquierda que gobierna en Brasil o en Chile. Pero por encima de las diferencia, en comparación a los años sesenta, el esfuerzo de adaptación de la izquierda latinoamericana a las nuevas condiciones de lucha ha sustituido, en general, las luchas guerrilleras por luchas sociales, electorales, y por la búsqueda de acuerdos. La guerrilla de Bolivia hoy no tendría sentido, y así vemos como la colombiana ha cerrado una época tras sus acuerdos con el gobierno de Santos.

Creo que hay que rescatar de este movimiento continental progresista: a) el deseo general de cambio que está directamente relacionado al fracaso de años de neoliberalismo que no han hecho otra cosas que aumentar las desigualdades y la exclusión; b) la fuerza de los movimientos sociales, particularmente indígenas, que impulsan nuevos paradigmas (Buen Vivir) y nuevas organizaciones políticas; c) en cada experiencia hay hechos positivos: de Venezuela la solidaridad material y sus propuestas alternativas del ALBA; de Bolivia su alto grado de movilización popular; de Brasil su experiencia de gestión y sus posiciones progresistas ante los tratados comerciales, la OMC, el programa Hambre Cero…de El Salvador la derrota de veinte años de autoritarismo de la derecha, de Ecuador su revolución ciudadana, etc.

El tiempo, probablemente en un plazo no largo irá colocando las distintas experiencias en su lugar, pero ahora interesa sumar los positivo de cuanto significa oposición a un neoliberalismo que todavía tiene cartuchos en la recamara.

El Che como referente para hoy

Hoy vivimos una crisis de las ideologías. El socialismo como concepto y como creencia atraviesa problemas de identidad. Hay una notable confusión que sólo podrá resolverse mediante la refundación de paradigmas. Hoy, las ideologías de las izquierdas son más difusas, tienen menos fuerza movilizadora, y tienden a manifestarse con programas progresistas y de centro-izquierda. En contrapartida es bien cierto que ahora sabemos más que antes y que hay un espíritu de búsqueda, de exploración; las interrogantes amplían un vasto campo de estudio y experimentación. En los años del Che las ideas socialistas estaban en auge y la confianza en el devenir era mucho mayor; merecía la pena el sacrificio de la lucha, incluso el de arriesgar la vida.

La izquierda de América Latina no ha olvidado al Che. Es cierto que sus propuestas político-militares, su concepción del Estado y su pensamiento económico, no disfrutan, décadas más tarde, de los apoyos que tuvo entre las izquierdas. Pero el Che sigue siendo una guía de valores sin los cuales la izquierda de hoy perdería su razón de ser. En una aproximación general podemos distinguir tres planos de relación entre la izquierda y el Che. Uno de vigencia, otro de discusión y otro de distanciamiento progresivo por la vía empírica.

Los valores más reconocidos, de vigencia, son a mi juicio, el impulso ético no exento de contradicciones (ya explicado en la primera parte) y la visión bolivariana o continental de la lucha, lo que representa en la actualidad un esfuerzo inédito de construcción de una nueva unidad entre países que pone fin a décadas de fragmentación y de abuso de la influencia norteamericana.

Entre las ideas del Che que podemos situar en un plano de discusión está la idea del poder. Para él la conquista del poder político es incuestionable; esa es la esencia, la razón de ser de una vanguardia. Pero al mismo tiempo él no está apegado al poder. Simboliza una paradoja: desde los primeros días del triunfo revolucionario en Cuba renuncia al poder. Lo hace consciente de que la lucha contra el imperialismo debe continuar en otros escenarios, creando muchos Viet Nam. En años todavía no lejanos, en Chiapas, el movimiento zapatista reiteró una y otra vez que no luchaba por el poder, que no deseaba el poder político. Sin embargo, hoy, la izquierda continental está formando gobiernos utilizando una vía diferente a la del Che, porque sabe que no puede resignarse a ser oposición perpetua para mantener pura su ideología, ni podrá construir nuevas naciones más justas sin acceder a la administración del poder público.

En cuanto al uso de vías diferentes, para el Che la lucha por el poder sólo era factible mediante una estrategia político-militar; más exactamente creía imprescindible la construcción de ejércitos guerrilleros. Hoy día, la izquierda latinoamericana, para lograr gobiernos populares, lucha en el marco electoral.Hay aquí una diferencia con los años sesenta. En aquellos años la lucha armada era una identidad fuerte de la izquierda. Hoy la identidad de la izquierda no pasa por la lucha armada y sí por democratizar la democracia.

Precisamente el paso de la lucha armada a la vía electoral es lo que explica seguramente una nueva relación entre ideología y política. La gestión entre ambos ámbitos se presenta de forma nueva. Este es un punto que deben tener en cuenta quienes hacen el ejercicio de trazar una línea fronteriza entre izquierda y progresismo en América Latina. Lo hacen críticamente con la mirada puesta en gobiernos surgidos del apoyo popular, algunos proclamados bolivarianos. Sucede que las estrategias político-militares se orientaban a lograr todo el poder del Estado, en tanto que en los escenarios de alternancia de gobierno, quien lo gana se ve obligado a convivir con zonas del estado no afines e incluso a pactar en los parlamentos y hacer ejecutivos de amplia representación nacional. Por consiguiente la brecha que pueda darse entre izquierda y progresismo es un problema de correlación de fuerzas y de método escogido para las disputas políticas.

Durante décadas la izquierda latinoamericana estuvo influida, como toda la izquierda en el mundo, de un optimismo infundado en cuanto a la toma del poder estatal y la construc­ción del socialismo. Ciertamente se creía que ambas cosas estaban conectadas de tal manera que lograr el poder era garantía para transitar hacia el socialismo, aunque con mucho costo. La izquierda latinoamericana pensaba construir una democracia popular y emprender las transformaciones necesarias que dieran al pueblo todo cuanto este anhela. De manera que primero era la revolución política, tomar el Estado, y luego vendrían las bases económicas y sociales. Desde luego los hechos demuestran que la izquierda no había medido correctamente la correlación de fuerzas. El imperialismo no estaba dispuesto a aceptar otra Cuba, y en Nicaragua la guerra de agresión no permitió a los sandinistas que tenían el poder político el que abordaran las transformaciones económicas en condiciones de paz, sin presiones políticas y militares, ni embargos económicos. Sencillamente la revolución política sandinista careció del tiempo necesario para acometer con normalidad las transformaciones más delicadas.

Otras ideas del Che que se corresponden a una época y a una cultura predominante en el marxismo, no forman parte del proyecto de los grandes partidos políticos de la izquierda de hoy. Me refiero a su concepción estatista de la que emana una función dirigente y tutelar de la sociedad, en el plano económico como en el ámbito moral. Tampoco tiene viabilidad en los nuevos procesos progresistas la idea del partido único. Hoy hay una conciencia emanada de la experiencia de que los partidos políticos son una parte de la izquierda social que tiene sus propios movimientos, y se piensa no en partidos guardianes del proyecto revolucionario sino en partidos abiertos al debate interno, al pluralismo, a la experimentación, y abiertos a compartir con otras fuerzas esfuerzos de cambios democráticos.

El fin de una época

El arsenal ideológico de la izquierda latinoamericana en los años sesenta estaba fuertemente inspirado en la revolución cubana. Su lema era la triada: Armas, Unidad, y las Masas. Sus concepciones políticas definían el carácter de la revolución como antiimperialista y socialista al mismo tiempo. Y el enfoque político-militar era foquista, tal y como el Che propuso en Guerra de guerrillas y más adelante difundió Regis Debray, en el sentido de creer que el grupo guerrillero rural podía crear las condiciones revolucionarias allí donde hubiera un potencial representado en las clases populares.

El enfoque general era voluntarista, como se demostró con los hechos, en Venezuela, Perú, Brasil, Bolivia, Argentina. Subestimaba las posibilidades de reacción, tanto de las oligarquías locales como del imperialismo, y dejaba de lado toda política de alianzas con la burguesía autóctona. Tuvo de positivo que logró radicalizar a buena parte de las juventudes de los partidos comunistas; unió a cristianos y marxistas; acercó el mundo de la universidad a los trabajadores y los campesinos… Tuvo de positivo la mística, la dimensión humanista de la lucha.

Frente a las experiencias guerrilleras de los años sesenta, en Bolivia, Venezuela, Argentina, Guatemala, etc, la reacción imperialista tuvo tres ejes:

-La Alianza para el Progreso de la administración Kennedy generó reformas y expectativas. Logró que las burguesías nacionales rompieran con Cuba y a cambio impulsó el desarrollismo y una cierta industrialización, sin que ello significara el fin de las políticas represivas.

-La transformación de los ejércitos, dándoles capacidad contrainsurgente, creando cuerpos de élites entrenados en las escuelas norteamericanas en el canal de Panamá.

-Al mismo tiempo se instaura el terror de la mano de los escuadrones de la muerte. En Guatemala, en Brasil, en El Salvador, etc, los asesinatos de líderes comunales, sindicales, campesinos, persiguen cortar los escasos lazos entre organizaciones guerrilleras y movimientos sociales.

A finales de los sesenta la América Latina rural estaba quedando atrás. En su lugar, el desarrollo monstruoso de las ciudades reflejaba un doble fracaso de las burguesías nacionales: la no resolución del problema agrario empujó unas migraciones gigantescas; la industrialización estaba muy lejos de absorber la mano de obra que se hacinaba en los nuevos suburbios. La conclusión es que las ciudades se convirtieron en centros de nuevos conflictos sociales que darían lugar a potentes movimientos populares.

Este cambio tuvo efectos sobre el pensamiento de las guerrillas que se volvieron más urbanas. En Chile el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en Uruguay el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaro, en Argentina el Ejército Revolucionario del Pueblo, llegaron a ser muy importantes. Su enfoque no se basa ya en la idea de una vanguardia decidida que crea las condiciones en el monte y baja a las ciudades, sino que contempla simultáneamente la acción militar, la propaganda política, y la creación de fuertes organizaciones populares estables y sindicatos que deberán ser la base de una insurrección generalizada. El MIR creó frentes de trabajadores y estudiantes; los Tupamaros el frente 26 de Marzo, el ERP argentino potentes secciones sindicales.

Estas organizaciones intentaron impulsar una coordinadora del Cono Sur, a modo de alto Estado Mayor de sus luchas. Habían dejado atrás el foquismo, pero conservaban el ideario guevarista de creer en una revolución continental y, por supuesto, en su carácter antiimperialista y socialista.

Como es conocido las tres organizaciones fueron barridas por la represión que desataron los golpes de Estado en Argentina, Chile y Uruguay, auspiciados por Estados Unidos. Sus derrotas dejaron un rastro de pesimismo, dolor, muerte, y una gran cantidad de revolucionarios, guerrilleros, periodistas, escritores, maestros, etc., como exilados deambulando por el mundo.

A finales de los años setenta la revolución sandinista tomó por sorpresa a una buena parte de todos ellos. En realidad muchos de los guerrilleros del Cono Sur no creían en la posibilidad de un triunfo revolucionario en una república bananera que carecía de clase obrera industrial. Pero sucedió que los sandinistas entraron en Managua y de todas partes llegaron sobrevivientes de las guerrillas. Dirigentes míticos como el argentino Haroldo Gorriarán Merlo -quien luego organizaría el ajusticiamiento de Somoza en Asunción y años más tarde dirigiría el asalto al cuartel La Tablada en Argentina, por lo que fue condenado de por vida-, escogieron vivir en Nicaragua y comenzaron a trabajar con el Ejército sandinista y con el ministerio del Interior.

La revolución sandinista dio un impulso moral enorme a las guerrillas que ahora desplazaban su fuerza de gravedad hacia Centroamérica. Pero también dio origen a un cambio de estrategia del imperialismo. Los contendientes de una y otra parte ya no eran los de los años sesenta.

En los perfiles de las organizaciones guerrilleras de los años ochenta apenas quedaban ya rastros del foquismo. Su tendencia a ligarse con los movimientos sociales era todavía más fuerte que en las experiencias citadas del Cono Sur. Su concepción política se vuelve más nacional aunque sigue siendo clasista: las políticas de alianzas se hacen prioritarias.

Estas organizaciones disponen de una diplomacia internacional, despliegan recursos por todo el mundo y organizan movimientos de solidaridad -bastantes organizaciones montaron sedes representativas en Madrid, en París y otras ciudades europeas-. Los movimientos guerrilleros de los ochenta no son partidos sino frentes que engloban a varios partidos. Cabe también señalar que en estas organizaciones la experiencia vietnamita de guerra popular prolongada contaba más que la cubana; bastantes cuadros son entrenados en Vietnam. El caso de El Salvador es paradigmático: supo conectar la guerrilla a la acción de masas, a las organizaciones sociales e impulsar comités populares en zonas liberadas, a la par que desplegó una gran y eficaz diplomacia.

El rol del imperialismo

Por su parte el imperialismo norteamericano diseñó la Guerra de Baja Intensidad (GBI) como modalidad para luchar contra guerrillas mucho más maduras que las de los años sesenta y setenta. En la reunión de Santa Fe, llevada a cabo poco antes que Reagan llegara al poder en 1981, se planteó una estrategia que concebía la guerra, antes que nada, como un enfrentamiento político. Con ello Estados Unidos quería superar el trauma de la derrota del Vietnam, en cuya guerra predominó la idea de derrotar a los revolucionarios vietnamitas en el campo estrictamente militar.

Además la derrota en Vietnam condujo a Estados Unidos a la peor crisis de legitimidad internacional. El nuevo pensamiento estratégico dirigido por el realismo político de Henry Kissinger, no descartaba la invasión directa de tropas norteamericanas -como luego se vería en la isla de Granada en 1983 y en Panamá en 1989-, pero ponía la condición de que debería tener una importante «legitimidad» y sería un método excepcional. Así pues lo que salió en Santa Fe fue una política de GBI sobre dos bases: poner en pie gobiernos de fachada constitucional para combatir a las guerrillas; y ganar el corazón y las mentes del pueblo mediante reformas sociales. Esta política se impulsó sobre todo en El Salvador. El gobierno militar fue sustituido por una junta de gobierno encabezada por Napoleón Duarte, viejo opositor de la Democracia Cristiana; y se impulsaron muchos planes sociales en el campo que fueron fracasando uno a uno, pues el Ejército encargado de aplicarlos se mostró incapaz. La Guerra de Baja Intensidad inició una enorme ofensiva ideológica de corte claramente anticomunista, que incluía la denuncia y el exterminio de la Teología de la Liberación.

Pero al mismo tiempo la GBI comprendía el perfeccionamiento de los ejércitos, su tecnología, la presencia de asesores norteamericanos en los escenarios de guerra; la incorporación de población campesina e indígena a grupos paramilitares como las llamadas patrullas civiles en Guatemala y Colombia que tenían como objeto reprimir a población civil sospechosa de ser simpatizante de las guerrillas; creación de aldeas modelos como paradigma del desarrollo al que podrían aspirar quienes renegaran del comunismo; se impulsó asimismo migraciones y expulsiones con el objetivo de vaciar el campo de población civil y aislar a las guerrillas; en fin, se prosiguió asesinando a dirigentes del movimiento popular bajo la acusación de ser guerrilleros legales.

La GBI, finalmente, se sustenta en la idea de no permitir terceros espacios, terceras vías. Su filosofía es la llamada suma-cero -de la que tan partidario ha sido siempre Kissinger-, según la cual la contrarrevolución debe ganarlo todo y la revolución debe perderlo todo.

Ya es bien sabido que en los años noventa las guerrillas centroamericanas acabaron un ciclo con los acuerdos de paz y que, por su parte, los sandinistas fueron desplazados electoralmente del poder. No es mi intención explicar aquí y ahora los pormenores, los porqués de esos hechos que han dado lugar a escenarios nuevos, más complejos, en los que la situación de la izquierda se ve amenazada por la capacidad de cooptación de los sistemas parlamentarios y una nueva correlación de fuerzas regional.

Lo que está detrás de este recorrido es probablemente el fin de una época en la que la ilusión de crear nuevas Cubas estaba en el centro de las creencias de la izquierda. También parece quedar atrás la vía guerrillera como método de toma del poder, sin que ello suponga el fin de protestas armadas puntuales frente al neoliberalismo y las políticas de gobiernos excluyentes. Treinta años después la América del Che Guevara, y la misma izquierda, ya no son las mismas.

Sin embargo, yo hago un balance general positivo de estas décadas. Es cierto que la revolución social y política deseada parece alejarse como posibilidad, pero ese alejamiento tal vez sea sólo temporal o una visión pesimista vinculada a la perplejidad que produjo la derrota electoral de los sandinistas en 1990. Los cambios democráticos y de la estructura de la propiedad en Nicaragua, los avances políticos de la izquierda en El Salvador y Guatemala, no son de poca importancia tras 150 años de dictaduras terribles. Como tampoco son de poca importancia los notables éxitos políticos, electorales, de la izquierda en Brasil, Uruguay, Bolivia, Ecuador y Venezuela. Lo cierto es que el futuro sigue abriendo perspectivas de cambio bien a pesar de los himnos de victoria del capitalismo:La buena noticia del Buen Vivir, como paradigma que engloba una nueva propuesta alternativa se abre camino por América Latina.

La izquierda ayer, algunos rasgos

La izquierda ha vivido durante estos años experiencias que han puesto en entredicho esquemas doctrinarios y visiones que en algunos casos carecían, precisamente, de la inspiración guevarista, tal y como revela la ex-comandante guerrillera Mónica Baltodano, en un texto lleno de frescura, al decir que en la Nicaragua sandinista, el universo subjetivo, el espacio de los valores, el mundo de la cultura, continuó pagando el tributo de los esclavos: la sumisión y la dependencia del pasado. Al factor humano no se le prestó la suficiente atención como sujeto del cambio. En cambio en la izquierda primaron las visiones estatistas que hacían del aparato del poder un factor tutelar de la sociedad.

En la izquierda de años atrás la visión del poder era restrictiva, pues incluía una concentración del Estado y del gobierno en las fuerzas revoluciona­rias. Luchaba por destruir un sistema de dominación económica y político, para instaurar un nuevo orden democrático popular y de justicia social. La idea de acabar con un sistema, fuente de opresiones, de marginación y pobreza, de sufrimiento y explotación, era correcta y sigue siendo correcta. Sin embargo el concepto de destrucción estaba vinculado a actitudes muy marcadas por vías autoritarias y por cierto dogmatismo.

El caso de Nicaragua, donde los sandinistas gobernaron una década, es sumamente interesante:

Los sandinistas en el poder tuvieron que consagrar sus mayores esfuerzos a defenderse, a conservar lo logrado. Se trataba de una dinámica diabólica que puso las energías liberadoras, espontáneas y reivindicativas al servicio de las estructuras creadas. La lógica de la revolución pasó a ser la lógica del Estado; la sociedad terminó ocupando un lugar subordinado.

El 19 de julio de 1979 nos encontramos con un poder integrado por el Frente Sandinista. Y dadas las condiciones de atraso y escasez de recursos, la vanguardia de la lucha revolu­cionaria se convierte en fuerza gestora del nuevo Esta­do. De repente lo que era una fuerza dinámica de la revolución pasa dirigir el Estado y debe elaborar y aplicar políticas de gobierno: la vanguardia revolucionaria incor­pora­da a la gestión estatal. La fusión excesiva entre la dirección del partido y la dirección del Estado, planteó dificultades importantes para la extensión de la democracia. La subordinación del Estado al partido implicó también, si­multáneamente, la subordina­ción del parti­do al Estado. La gestión pasó a ocupar el primer lugar y la vanguardia como fuerza revolucionaria tendió a diluirse, quedando mediatizada por las políticas gubernamentales. ¿Era evitable este fenómeno en Nicaragua? La respuesta es que era muy difícil evitarlo habida cuenta la dura guerra de agresión dirigida por Estados Unidos.

En todo caso en la izquierda latinoamericana si estaba enquistada la idea de un Estado todopoderoso que lo resuelve todo. La ideología estatista ha sido propia de la cultura de la izquierda. El mismo Che Guevara concebía al estado como motor central de la revolución.

El rumbo de la izquierda, hoy

Durante unos cuantos años, tras la derrota electoral del Frente Sandinis­ta en febrero de 1990, la izquierda, especialmente la centroamericana vivió unos años en la perplejidad, buscando una nueva identidad. La idea de la revolu­ción entró en crisis. El debate acerca de cómo hacer la revolución se transfor­mó en una duda alargada acerca de si la revolución era o no posible en los próximos años. Las certezas fueron dejando espacio a la desmoralización en unos casos, a la tentación de una fuerte moderación en otros, a la persistencia de la búsqueda de una nueva identidad para la izquierda en tercer lugar.

La propuesta de los más moderados defendía una lectura radicalmente autocrítica del pasado de la izquierda, cuya conclusión precisa era esta: nos equivoca­mos en el objetivo de hacer revoluciones que supusieran la ruptura con el sistema vigente y nos equivocamos al escoger la lucha armada como vía al poder. Esta es la corriente que más se ha alejado del Che Guevara.

La búsqueda de la mayoría consistió en adaptarse a la lucha por el poder desde una óptica más realista en lo que tiene que ver con la acumulación de fuerzas sociales y políticas (también electorales por consiguien­te), sin perder la perspectiva crítica ni los objetivos finales de lucha por una sociedad de signo o inspira­ción socialista. El punto de partida era el de reconocer­ que aun habiendo logrado importantes objetivos políticos mediante las luchas guerrilleras la posibilidad de conseguir victorias transformadoras se alejaba.

Es de este modo que el nuevo espacio de la izquierda centro­americana arranca de la toma de conciencia de que las prioridades actuales son básicamen­te dos: resistir al neoliberalismo, y democrati­zar la sociedad y las instituciones, profundizando en los cambios. Si lo primero requiere dar impulso a los movimien­tos sociales y hacer oposición concreta a cada ataque neoliberal, lo segundo apunta en la dirección de construir espacios de nuevas alian­zas que pueden presentarse bajo nombres diversos (Alianza Nacional, Bloque Democrático, Gobierno de Todos, etc.). La lucha por una democracia en la que la partici­pa­ción activa de las poblaciones supere el marco meramente electoralista, constituye una alternativa democrática que no entraba en la visión ni en los planes de la izquierda de los sesenta, concentrada como estaba en la toma del poder por la vía político-militar.

La lucha por la democracia es, significativamente, una de las grandes prioridades del movimiento zapatista en Méjico. Tene­mos que creer en el sub-comandante Marcos : El zapatismo nace con la idea de, junto con la sociedad civil, hacer un gran movimiento conjunto para lograr una transición hacia la democracia. Ciertamente él no habla de socialismo, ni siquiera de tomar el poder. Y, más aún, el zapatismo no deja a un lado la idea de hacer una gran alianza con el cardenismo. y eso que el cardenismo es una amalgama compleja que va desde la izquierda ra­di­cal a la socialdemocracia. El caso es que ahora el zapatismo mantiene una posición casi silente. Veremos qué le depara el futuro.

¿Qué diría el Che, si viviera, de esta adaptación de la izquierda a las nuevas condiciones? Es imposible saberlo.

Esta lucha contra el neoliberalismo y por la democracia va acompañada en América Latina de esfuerzos por lograr alianzas políticas con sectores nacionalistas y reformistas. Así es en Uruguay con el Frente Amplio. Así fue también como el FMLN logró ganar las elecciones presidenciales de 2009. Pero si tenemos que hablar de avances sustantivos de la izquierda hemos de referirnos a Bolivia, Venezuela y Ecuador.

Los tres mantienen similitudes importantes aun cuando el caso de Venezuela suscita críticas y debates en la propia izquierda.

-Una primera es que sus gobiernos son el fruto de un empuje popular que desborda lo puramente electoral. Ello hace que los gobiernos de los tres países hayan contraído un compromiso con multitudes empobrecidas ante las cuales han de presentar resultados;

-Una segunda es el presidencialismo que encarna liderazgos ante los que las multitudes se reconocen.

-Una tercera, derivada de las anteriores es la tentación recurrente al populismo como forma de satisfacer el sentir y los intereses populares. En estos liderazgos se focaliza fuerza a corto plazo y debilidad a medio plazo.

-Una cuarta es la visión continental que entiende que el futuro de cada uno de los tres países depende también de sus capacidades para construir alianzas y mercados comunes.

Sin duda estos y otros rasgos contienen aspectos positivos, siendo uno de ellos la incorporación de millones de excluidos y olvidados al espacio de la política. Tal vez, en el lado negativo se encuentre cierta centralidad presidencial.

Una polémica

La dinámica de la izquierda gobernante en América Latina (incluyo aquí al centro-izquierda) está dando lugar a algunos debates acerca de su enfoque y de su rumbo. Uno de ellos tiene que ver con el anticapitalismo, o mejor dicho con su débil crítica al capitalismo. Otro aspecto está vinculado a lo se da por llamar izquierda marrón.

Lo que ocurre, a mi juicio, es que la crisis de la propuesta socialista es más profunda de lo que pudiera imaginarse y que su vacío no se llena con un discurso verbal. Cada izquierda en cada país no puede resolver este problema. Hace falta que una corriente general, mundial, proponga un nuevo paradigma capaz de constituirse en motor de recambio al capitalismo. La idea del carácter ascendente de la historia no funciona y, entre tanto, el motor propio del capitalismo (hacer negocios, enriquecerse) no encuentra oposición suficiente. Mientras el capitalismo se sigue proponiendo como modelo económico y social nosotros respondemos con un arsenal de valores. Es decir la lucha se da entre categorías distintas y hará falta que éstos últimos (los valores) se traduzcan en un nuevo modelo social y económico viable para discutirle al capitalismo de tú a tú.

No obstante la crítica es fundada cuando denuncia que la izquierda en los gobiernos no discute el concepto capitalista de desarrollo y festeja el crecimiento económico como el gran logro asociado al mito del progreso. Es paradójico que con frecuencia quienes levantan la bandera del Buen Vivir no se hayan dado cuenta que en esencia constituye una enmienda a la totalidad del sistema y que, por consiguiente, su apuesta va en dirección opuesta a la idea convencional de desarrollo. No digamos ya cuando esta contradicción se expresa en políticas económicas de Estado basadas en las prácticas extractivas.

Es cierto que siempre queda la duda acerca de si el rumbo tomado por los gobiernos de izquierda (o progresistas si se prefiere) es el correcto. Sin duda no hay ni habrá seguridad completa de que este rumbo sea el bueno. La izquierda está sujeta a errores, a experiencias de las que desconocemos de antemano sus resulta­dos. No hay un manual ni un diseño que pueda establecerse como referente estable. Si a esto añadimos la idea de que la izquierda debe estar removiendo continuamente las aguas, es decir en constante evolución y búsqueda en el campo de las ideas y de la experiencia, convendremos que se hace difícil establecer una línea segura, protegida de todo riesgo.

La Izquierda de hoy y el Che

Aunque la izquierda latinoamericana ocupe hoy espacios muy dife­ren­tes a los que ocuparon en los años sesenta, necesita tener impor­tantes puntos de conexión con ideas y valores del Che Guevara, aun cuando ello no debe significar coincidencia plena.

A los valores que al comienzo hemos señalado: la política como impulso ético y el factor humano como factor principal del cambio social, podemos añadir los siguientes:

* El agrarismo. Che Guevara veía con claridad que sin reforma agraria radical no habría revolución en Cuba ni en ninguna otra parte de América Latina. Él mismo veía al Ejército Rebelde como una prolon­gación del ejército de Emiliano Zapata. Hoy día tal vez el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil sea la máxima expresión de las luchas campesinas por la tierra, habiendo incorporado en su agenda asuntos como el de la Soberanía Alimentaria.

* El igualitarismo. El Che vivía este valor de un modo radical. El igualitarismo entendido como una tendencia hacia la igualdad; como un valor ideológico y cultural decisivo frente a un neoliberalismo que fragmenta a las clases populares, divide los movimientos sociales y crea una cultura del individualismo y la insolidaridad.

El igualitarismo del Che es radicalmente antiracista. Para él, negros, mulatos y blancos eran exactamente hombres y mujeres. Siendo él mismo blanco decía de los negros y mulatos: Son nosotros, no son otros.

* La relación entre lo colectivo y lo individual. Plantea de fondo el asunto de la relación entre vida pública y vida privada. Ciertamente la fisca­lización, el control de la vida privada, no sólo lesiona grave­mente el derecho de las personas a vivir según su con­ciencia; además consti­tuye una visión errónea de la sociedad que queremos. Pero esto debe conjugar­se con otro criterio igualmente básico: la vida privada, diría el Che, no debe constituir el espacio para una doble vida, para una doble moral, para el engaño. Si la vida privada es la negación de lo que se defiende en público; si uno defiende los derechos de las mujeres en sus discursos y en casa es un señor feudal; si uno dice luchar por una sociedad mejor, más humana, más igualitaria, y practica el egoísmo económico en su vida privada, la insolidaridad, la codicia, etc; hay en todo ello una corrupción personal.

* Internacionalismo. Este es un valor guevarista de primera magnitud del que ya hablamos al comienzo. Hoy hay más unidad en la izquierda latino­americana que en los años sesenta, como lo demuestra el proceso del ALBA y otros esfuerzos continentales.

* Autocritica. Para el Che la verdad era una ley sagrada. Si sus criticas eran mordaces, duras, sus autocriticas eran ejemplares. Son famosas las que hace estando al frente del Ministerio de Industria, arremetiendo contra la escasa calidad de los productos y los errores de su ministerio. Pero su actitud de reconocer siempre la verdad le llevaron a denunciar la burocratización, la corrupción, el dogmatis­mo, la censura de las ideas, etc. Como dirigente de la revolución cubana su actitud era siempre autocritica, nunca justificaba lo mal hecho.

* Respeto a las ideas. Al Che gustaba de discutir con los que estaban en desacuerdo con él y con políticas de la revolu­ción. En lugar de acudir a medidas represivas alababa la valentía de los que discrepaban y optaba siempre por la tolerancia y el debate. De hecho era un heterodoxo que leía a Mao y a Trotsky con gran interés. En este punto la izquierda tiene mucho que aprender del Che.

* Finalmente la idea de socialismo. Si bien el socialismo del Che, de acuerdo con la cultura de la izquierda predominante en su época es el resultado inevitable de la lucha, está inserto en la marcha de la historia. En la izquierda de hoy predomina la idea de socialismo como necesidad, no como algo inscrito necesariamente en el porvenir, todo es más incierto, más inseguro. Y, muy especialmente, en la izquierda de hoy sigue pendiente la refundación de la propuesta socialista.

La izquierda del siglo XXI tiene planteados problemas que no formaban parte de la agenda de la izquierda de los años sesenta. Podemos citar el problema de la seguridad ciudadana como un azote; la penetración del narcotráfico en las estructuras del estado; la corrupción con dinero público; el medio ambiente; las desigualdades de género y los derechos de las mujeres (en este punto hay gobiernos llamados de izquierda que han dado alarmantes pasos atrás en cuanto a los derechos de las mujeres); los problemas de la paz en el mundo; los retos de la nuevas tecnologías; el poder de los medios de comunicación, etc, problemas ante los que la izquierda no siempre tiene respuestas únicas ni convenientemente elaboradas.

Iosu Perales

 

Alainet

1 PERALES, Josu (1987) Querido Che (entrevistas), Editorial Revolución, Madrid.

2 TAIBO II Paco Ignacio (1997) Ernesto Guevara, también conocido como el Che, Planeta, Barcelona.

3 GUEVARA CHE, Ernesto (1977) Obras escogidas T.II, Editorial Fundamentos, Madrid.

4 Ibíd.

5 Siendo todavía ministro en una Conferencia dada en Montevideo advirtió “aquí se puede hablar, elegir y ser elegido, cuiden lo que tienen”

6 MINA, Gianni (1988), Habla Fidel, Mondadori, Madrid.

7 HABEL, Janette (1997) Revis. Viento Sur., nº 34, Madrid.

 

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