19 de abril de 2021

Doña Teresa de Septiembre, por Joselo Riedel

Doña Teresa vivía en la última esquina del potrero más famoso de Acaraguá. Ahí donde los críos encontraban las pitangas más dulces.

En una carpa de plástico y una estructura precaria de maderas blandas pasaba sus horas Teresa. Horas cargadas de recuerdos, penurias y alcohol.

Su vida fue marcada por las adicciones y ese contexto difícil transcurrió su existencia. ¿Cómo habrá sido su juventud? ¿Cuales fueron sus sueños? La verdad, no se sabe.

Lo único cierto, al final, es que Doña Teresa desapareció una tarde. Seguramente guiada y motivada por sus delirios.

A varios días los pobladores de la zona la encontraron, ya muerta, monte adentro. Doña Teresa se alejó lo más que pudo para morir en soledad, en la misma soledad en la que transcurrió gran parte de su vida.

Precisamente en una carpa la enterraron en el cementerio colonial. Su destino hostil no tenía preparado nada mejor.

Quedó este recuerdo en la memoria borrosa de quién escribe, de cuando tenía unos cinco años y me acercaba a su morada para acceder a las mejores pitangas de Septiembre.

Joselo Riedel

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