27 de September de 2021

Del «vacunagate» a «rompa el pacto», por Cecilia González

Forjaron una inédita alianza política. Apuestan por la integración latinoamericana. Representan a los (supuestos) gobiernos progresistas más importantes de la región. Ambos enfrentan cruciales elecciones intermedias este año.

Y hoy, los presidentes de Argentina, Alberto Fernández, y México, Andrés Manuel López Obrador, vuelven a verse en medio de escándalos que pueden convertirse en una bisagra para sus gobiernos.

Fernández llega a la ciudad de México envuelto en la peor crisis que ha padecido desde que comenzó a gobernar en diciembre de 2019. El viernes tuvo que echar a las apuradas su ministro de Salud, Ginés González García, luego de que se descubriera que había organizado una vacunación privilegiada para un grupo de amigos.

Entre ellos estaba Horacio Verbitsky, un legendario periodista del país sudamericano que contó entre risas que le había bastado llamar a su «amigo Ginés» para vacunarse con la Sputnik V, a diferencia de los millones de argentinos, trabajadores de salud incluidos, que siguen esperando sus dosis.

No había forma de defender lo indefendible

Parte del oficialismo lo intentó: que si era una «operación» político-mediática, que qué intereses «oscuros» había detrás, que si un directivo del opositor diario Clarín también había reservado su turno, que si Verbitsky merecía la vacuna porque tiene 79 años, que si exfuncionarios macristas habían hecho cosas peores, que cuántos otros se habían vacunado sin que trascendiera, que la vacunación en ciudad de Buenos Aires, gobernada por la derecha, es un desastre.

Pero el tráfico de influencias estaba demostrado y había sido confesado por uno de sus importantes protagonistas. Aunque el caso, que ya quedará en la historia como «el vacunatorio VIP», no tiene la dimensión de las anómalas vacunaciones masivas irregulares descubiertas en Perú y Chile, basta para horadar la confianza en un gobierno que prometió: «volvimos mejores».

Para atemperar el daño, en cuestión de horas Fernández despidió al ministro, nombró a su sucesora, Carla Vizotti, y aseguró que esta situación fue excepcional y que no se volverá a repetir. Ojalá así sea.

Mientras tanto, la oposición está de fiesta, y con razón. Las y los militantes peronistas lo saben. Algunos sectores de la alianza gobernante reconocen que lo ocurrido fue totalmente repudiable, un error que les costará caro.

Hay una mezcla de enojo, vergüenza e indignación, sobre todo porque permitió que los opositores sobreactuaran indignación.

Hasta Mauricio Macri salió a presumir que no se había vacunado. Sí, el expresidente que en sólo cuatro años empeoró la pobreza, la inflación, el desempleo, la deuda y la crisis económica y que es investigado en varias causas judiciales salió a enarbolar superioridad moral.

En ese clima agitado, con el escándalo en marcha y muy lejos de terminar, Fernández viajó a México.

Sigue el pacto

La reacción del presidente argentino ante la crisis interna contrasta por completo con el estilo de López Obrador. Él no cede a presiones ni reconoce errores. Es impensable que, en un escándalo similar, despidiera a algún funcionario.

Por el contrario, hubiera adjudicado las acusaciones a una campaña mediática en su contra impulsada por sus adversarios, la derecha, los neoliberales, los conservadores, los «fifís».

Es lo que hace siempre, ante cualquier crítica o demanda.

En las últimas semanas, por ejemplo, se ha negado a frenar o condenar la candidatura a gobernador de Félix Salgado Macedonio, el senador oficialista que es acusado de abusos sexuales, incluida una violación.

De nada sirven los crecientes reclamos de las funcionarias, legisladoras y militantes de su partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) ni de los colectivos feministas que advierten que «un violador no será gobernador» y le piden que «rompa el pacto» patriarcal.

Ya hubo marchas, protestas, reclamos, cartas, recolección de firmas, campañas en redes sociales y testimonios de las denunciantes, pero López Obrador endurece su posición, pone en duda el origen de las acusaciones (y, por lo tanto, a las víctimas) y siembra la sospecha de que forman parte de una pelea interna partidaria en la que él se pone del lado de Salgado Macedonio. Las declaraciones del presidente han sido lamentables.

«La gente es la que decide, el pueblo no es tonto… siempre hay que preguntarse ‘de parte de quién’ vienen este tipo de acusaciones que se presentan justo en medio de un proceso electoral. Son asuntos que tienen que ver con una violación, este tipo de acusaciones son muy fuertes pero tampoco se pueden hacer linchamientos políticos, hay que dejarle el asunto, si es político, al pueblo. Para no equivocarnos lo mejor es preguntar. Y segundo, a la autoridad, el Ministerio Público, a los jueces, no a la campaña mediática, ¿o ustedes creen que tenemos medios objetivos profesionales?», dijo la semana pasada en una de sus diarias conferencias de prensa.

El viernes, en una confusa respuesta en la que mezcló temas que desviaban del asunto central, o sea las denuncias de abuso sexual, López Obrador usó una frase coloquial mexicana para denostar los «ataques» de la prensa que no le es afín y que, según él, sólo usan en su favor el caso Salgado Macedonio.

«Ya chole», dijo el presidente, lo que implica hartazgo, una exigencia de poner fin a una discusión. ¿Se imaginará el hartazgo que tienen las feministas de un país en el que a diario son asesinadas seis mujeres, en donde el presidente desacredita y, por lo tanto, inhibe denuncias contra hombres del poder acusados de abusos sexuales?

Por eso le respondieron: Ya chole con los femicidios. Ya chole con las violencias machistas. Ya chole con la misoginia. Ya chole con el patriarcado. Ya chole con la impunidad.

Antítesis y coincidencias

El feminismo coloca a Fernández y a López Obrador en las antípodas. El máximo ejemplo es la histórica legalización del aborto que el argentino impulsó y celebró, a diferencia del mexicano que prefiere no meterse en este tema a pesar de que su partido tiene mayoría en el Congreso.

Fernández abraza y ensalza las luchas feministas. López Obrador las minimiza, no las entiende. Les pide que no pinten las paredes cuando reclaman por los femicidios. Recorta recursos a los refugios para mujeres víctimas de violencia y los programas de estancias infantiles. Y aclara todo el tiempo que no es feminista, sino «humanista».

Pero los dos líderes también tienen coincidencias que, a pesar de todo, siguen ilusionando al progresismo regional.

En noviembre 2019, después de ganar las elecciones y antes de asumir, Fernández eligió a México como su primer destino internacional en calidad de presidente electo. Rompió así una tradición no escrita que establecía que esa primera gira debía ser a Brasil, el principal socio comercial de Argentina. Pero ya gobernaba Bolsonaro, el líder ultraderechista, así que ahí no había mucho que hacer.

Los resultados de la alianza Fernández-López Obrador fueron inmediatos. Una semana después de verse, organizaron el operativo que rescató a Evo Morales para llevarlo de Bolivia a México después del golpe de Estado en su contra.

México honró así su larga y reconocida tradición de asilo político. Y cuando el argentino tomó posesión, Morales pudo continuar su exilio en Argentina, en donde permaneció hasta que Bolivia recuperó la democracia en las elecciones de octubre del año pasado.

Las coincidencias de López Obrador y de Fernández ya habían quedado claras, también, en el caso de Venezuela.

A contracorriente de los países alineados con Estados Unidos que reconocían al autoproclamado Juan Guaidó como presidente y que promovían la salida de Nicolás Maduro, incluso a través de un golpe de Estado o de invasiones armadas extranjeras, los presidentes de México y Argentina se han pronunciado porque sean los propios venezolanos quienes recuperen su democracia y resuelvan la larga crisis política, económica y social que ha derivado en una catástrofe humanitaria.

Con el apoyo de la comunidad internacional, sí, pero sin estrategias intervencionistas que lesionen la autonomía venezolana.

La ayuda de López Obrador, además, fue trascendental para que Argentina lograra una exitosa renegociación de su multimillonaria deuda externa, ya que el presidente mexicano intercedió ante Larry Fink, el director ejecutivo de BlackRock, uno de los acreedores más duros del país sudamericano.

Pandemia

Después, México y Argentina se sumergieron en otra batalla: las vacunas contra el coronavirus.

En agosto del año pasado, los dos gobiernos anunciaron la buena noticia de que producirían la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford y la farmacéutica AstraZeneca y la distribuirían en el resto de América Latina.

Cuatro meses más tarde, una comitiva encabezada por Hugo López-Gatell, el subsecretario de Salud y principal vocero de la estrategia contra la pandemia en México, viajó a Argentina, el primer país de América Latina que adquirió la Sputnik V, para analizar la documentación de la vacuna rusa que, en principio, el gobierno mexicano había desestimado.

Las autoridades argentinas le compartieron toda la información y ello facilitó el acuerdo que permitió que esta semana los primeros lotes empiecen a llegar a México.

La inmunización es el tema central de la gira que Fernández comenzó hoy en la capital mexicana. Por eso visitará el laboratorio en donde se está desarrollando la Oxford-AstraZeneca. Por eso él y López Obrador reforzarán su crítica al acaparamiento de los países ricos e instarán a una distribución equitativa que tome en cuenta a los países pobres.

Es una estrategia necesaria y novedosa que compite con las agendas internas, ya que el impacto político y electoral que tendrán el «vacunagate» y la defensa de la candidatura de Salgado Macedonio todavía es impredecible.

El panorama se aclarará en las elecciones legislativas de junio en México y de octubre en Argentina. En la vertiginosa realidad que viven de manera permanente ambos países, parece una eternidad.

Cecilia González

Agencia RT