4 de julio de 2020

Decadencia imperial y guerra biológica, por Stella Calloni

Stella Calloni "Estamos bajo una guerra contrainsurgente"

Las grandes movilizaciones en Nueva York y en todo Estados Unidos, comenzaron como un estallido de la población afroamericana en una multitudinaria protesta racial tras la muerte de George Floyd, un desempleado asesinado en forma atroz por un agente de la Policía de Minneapolis.

Para muchos fue la gota que derramó el vaso y puso en las calles a miles y miles de jóvenes y de pobres blancos que son millones en ese país en crisis.

La pandemia del coronavirus desnudó ante el mundo la decadencia de la potencia imperial, las miserias del capitalismo, al dejar morir a la intemperie a más de cien mil seres humanos en un sistema de salud no sólo colapsado sino inexistente para las mayorías. No hubo contención y entre la vida humana y la lógica de la usura, la acumulación, la ganancia desmedida, la injusticia social llevada a extremos límites, el presidente Donald Trump y su equipo decidieron por la lógica de la muerte.

El asesinato de Floyd, filmado por un testigo ocasional, mostró la lenta agonía de un hombre cuyo cuello fue estrangulado por la rodilla de un policía que lo mantenía inmovilizado. Su rostro estaba aplastado contra el piso y mientras clamaba con escasa voz que no podía respirar, el policía aumentaba la presión de su rodilla, asfixiándolo lentamente a pesar de sus súplicas.

Fue un asesinato por tortura, una muerte lenta y cruel, que desgraciadamente se ha hecho común entre estas fuerzas, como en los territorios ocupados de Palestina, donde es una técnica común del ejército israelí. Anteceden otros hechos similares y miles de golpizas en las calles, en una muestra feroz de racismo alentado por el gobierno de Trump y su fundamentalista grupo de asesores, entre ellos varios criminales de lesa humanidad, que nunca han sido castigados.

De hecho, este crimen sucedió en medio del genocidio de la población afroamericana que, junto con los latinos, constituye el sector más vulnerable en términos hacinamiento y pobreza, por sus condiciones de vida y su condición racial. Genocidio porque que el gobierno de Trump no cumple con lo reclamado por la Organización Mundial de la Salud ni con los protocolos necesarios, al mantener fuera del sistema de salud a más de 30 millones de personas.

El abandono a su suerte de miles de enfermos fue denunciado por varios médicos, que a su vez carecen del equipamiento necesario. En este aspecto las redes del “bien” sirvieron para hacer eco a las dolorosas denuncias, entre ellas, la de una doctora que relató como rezaba para no tener que elegir quién debía o no morir.
Sólo un estado fascista decide que los débiles, los discapacitados, los ancianos, los pobres (y en este caso los afroamericanos, latinos y migrantes) sean abandonados en estas circunstancias. Seguidores de Trump levantaron afiches claramente fascistas donde se leía “los débiles deben morir para salvar la economía”.

Sólo un Estado fascista aplica el terrorismo en formas diversas. Es evidente la utilización del COVID-19 en el desarrollo de una guerra biológica, al permitir sin ninguna contención su diseminación activa en las zonas de población más vulnerable, donde el hacinamiento es común y el hambre una presencia cotidiana. De esos sectores surgen los millones de trabajadores informales obligados a realizar los trabajos más insalubres, sin cobertura de salud alguna y sin los resguardos necesarios.

El gesto criminal de Trump fue imitado por sus lacayos en América Latina: Bolsonaro en Brasil, Piñera en Chile, Jeanine Áñez en Bolivia y otros semejantes. A estos se suman los de Europa, cuyos gobiernos son mayoritariamente dependientes coloniales del imperio depredador y cómplices de las guerras imperiales de fines del siglo XX y de lo que va del siglo XXI.

Se hizo evidente que la destrucción de los Estados Nacionales, primer gran paso de la recolonización, llevó al brutal desmantelamiento de las estructuras de salud, educación, cultura y mínima justicia para con los pueblos, arrojados a la exclusión y en lenta y torturante mortandad de hambre, asfixiados por el sistema, con miles de rodillas aplastando sus cuellos.

Esto dejó de ser un símbolo de ejecuciones racistas para ser un mandato ordenador destinado a “limpiar” los territorios propios o enajenados de poblaciones “sobrantes” o “innecesarias” que sólo significan “un gasto indebido para el sistema de previsión social”, como argumenta el Fondo Monetario Internacional en reuniones que son de conocimiento público.

En Estados Unidos hay más de dos millones de presos y más de la mitad son negros, casi medio millón latinos o descendientes de inmigrantes. Si estudiamos sus condenas, nos encontraremos miles y miles de inocentes.
Antes de que comenzara tardíamente la cuarentena, en febrero ya se sabía perfectamente que Estados Unidos estaba en crisis económica y se contaban 140 millones de habitantes con escasos ingresos e incluso en la pobreza. La pandemia fue utilizada para justificar el más violento ajuste de la historia y ahora hay 43 millones de desempleados.

De acuerdo a datos analíticos de los últimos 50 años, la brecha de riqueza creció hasta señalar que las 400 personas más ricas de los Estados Unidos poseen más riqueza que el 64 por ciento de la población más pobre y que en el país más rico del mundo, 2.6 millones de personas mueren cada año por causas relacionadas con la pobreza.

Mientras tanto, el dinero dedicado a la vigilancia policial, al espionaje, al control poblacional y a la militarización a nivel interno y externo aumentó significativamente: el actual presupuesto militar es de 721.5 mil millones de dólares, mientras que disminuyó la inversión en servicios básicos.

El 8 de junio pasado, el National Bureau of Economic Research -la máxima autoridad académica en el estudio de los ciclos económicos de Estados Unidos- indicó que ese país entró en recesión en febrero de 2020, por primera vez desde 2009. Pero la noticia se difundió con gato encerrado: el New York Times, la agencia AP y otros medios señalaron que ello ocurrió por el cierre de la economía norteamericana debido a la pandemia del Covid-19, lo cual es mentira.

“Esa falsedad insinúa que el problema no radica en un agotamiento estructural de la economía norteamericana, sino en esta fortuita plaga biológica” sostiene el político y académico panameño Nils Castro.

Añade que “no obstante, los analistas suelen considerar recesión al efecto de dos cuatrimestres consecutivos de contracción económica, lo que sitúa los orígenes de la crisis económica en el último período del año 2019, antes de que el virus entrase en escena”.

Cuando llegó el Covid-19, era inminente una recesión en Estados Unidos y en Europa, tema común en la prensa internacional. Como nunca esta crisis expuso el estado de decadencia del imperio, pero aún tiene mucho resto para continuar asfixiando a Latinoamérica y el Caribe, dueños de infinitos recursos de todo tipo, incluso algunos no explorados aún.

En la última década del siglo XX, con la caída de la Unión Soviética, EEUU apareció como la única potencia mundial, y sus trazados de política exterior desde 1992 rescataron la idea de llevar al mundo entero su visión de la “democracia”, que en realidad extiende el proyecto de dominación colonial. Ahora, sin embargo, ese proyecto se ve interrumpido con la emergencia de potencias como China, la Federación Rusa u otros países que apuntan a reinstalar el equilibrio en un mundo incierto.

El final del siglo XX vio una renovación de la “Doctrina Monroe” de 1823 para las nuevas relaciones con América Latina, que ahora es proyecto geoestratégico de recolonización, para establecer un control directo en toda la región.

Ya no se trata de gobiernos “amigos” o “cercanos”, necesitan de una dependencia total, bajo el esquema de “asociado” que imponen a Puerto Rico o las “democracias de Seguridad Nacional” (Colombia) que son dictaduras encubiertas. Lo estamos viendo en Brasil, Chile, Bolivia, Paraguay, Honduras, Ecuador, Colombia, Perú y otros en una condición similar o muy cercana.

La Guerra Contrainsurgente de Baja Intensidad (CBI) se sostiene no sólo ocupando territorios con tropas y bases, sino también con el control económico e ideológico. Esto último, mediante una guerra psicológica, mediática, de enajenación cultural como nunca antes vista, ya que controlan todos los medios masivos de información, las nuevas tecnologías, los entretenimientos, convirtiendo a una gran parte de nuestras poblaciones en sociedades “zombificadas”. Robots que actúan bajo estímulos de control “de mentes y corazones”.

Es el arma de control más terrorífica, que mata sin matar físicamente, como una rodilla hundida en el cuello de un hombre vencido, acorralado e inmovilizado.

La guerra biológica

Estados Unidos está manejando el coronavirus como una guerra biológica al abandonar a la población “sobrante” en su país bajo un esquema racista de “genocidio”. Para el que sobra la atención es mínima y solo queda el reparto de los despojos.

La utilización del Covid-19 como una guerra biológica se percibe claramente no sólo Estados Unidos, sino también en Brasil, donde Bolsonaro espera la desaparición de los pobres -mayoría negra e indígena- y la “limpieza del Amazonas” (son notorias sus amenazas a los pueblos originarios de la región). Todo esto es silenciado por los medio de comunicación masivos.

Tampoco se habla de los migrantes. El Covid-19 se extiende como un incendio forestal, a través de los Centros de Detención abarrotados por inmigrantes. Estados Unidos no sólo pone en peligro la vida de los migrantes detenidos sino que también exporta el virus a América Latina y el Caribe al deportar grandes contingentes de personas. En lugar de atender el llamado del colectivo #FreeThemAll (Liberen a Todos), el gobierno de EE.UU deportó, repetidamente, a personas con casos activos de Covid-19, a sus países de origen, lo que está provocando una mayor propagación del virus en Centroamérica y el Caribe, según informan grupos cercanos al sector.

La mayoría de los países latinoamericanos cerraron sus fronteras durante mucho tiempo y no se reciben vuelos comerciales, los gobiernos son obligados a aceptar los vuelos de deportados de EE.UU, muchos de los cuales transmiten el virus. A Guatemala enviaron 119 infectados en los vuelos de personas deportadas desde EEUU y en un momento sumaban el 20 por ciento de los afectados.

Los migrantes detenidos en EEUU han denunciado en repetidas ocasiones las terribles condiciones en que viven en los Centros de Detención, lo cual no hace nada para detener la propagación, poniendo en riesgo sus vidas. También los enviaron a Haití, México, El Salvador, Honduras, Jamaica y otros.

En una carta a “Trans Queer Pueblo”, 29 inmigrantes del Centro de Detención de La Palma, en Eloy, Arizona, escriben: “Hay 120 de nosotros en un espacio pequeño y así es como la pandemia se propaga más rápido. Nos piden dormir uno frente al otro y compartir el mismo aire. La falta de información es deprimente.

No sabemos nada, ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos) no tiene respuesta y nuestras solicitudes de libertad condicional no son respondidas. Desde nuestro corazón, pedimos ayuda. Somos seres humanos, no queremos morir aquí, por favor” (Cartas recopiladas por Trans Queer Pueblo, organización LGBT migrante de color).

La pandemia ha puesto en su lugar al mundo que nos estaban mostrando al revés.Y esto es sólo un pequeño trazo del horror.

foto Dafne Gentinetta

Stella Calloni

Revista Zoom

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