La estrategia comunicacional del presidente Mauricio Macri parece, finalmente, haber encontrado su límite. Hoy todas las encuestas coinciden en que la estrella de su carisma se apagó.

Y quizás la cuestión más importante no sea la intención de voto –que depende de otros elementos- sino la relación directa entre Macri y sus electores: lo que declina irreparablemente es la imagen positiva del líder de Cambiemos, justamente sobre lo que pivoteaba el capital político de su gobierno. ¿Pero qué es exactamente lo que se puso en crisis? ¿El gobierno? ¿Sus medidas?

Lo que se desmoronó, y se estrelló contra la realidad, es su sistema comunicacional basado en la apariencia y en el sistema de lo falsario.

Pero ¿Qué es exactamente lo falsario? No se trata de la post-verdad ni siquiera de la mentira pura y dura. Se trata de un sistema de comunicar una realidad, basado en un conjunto de datos apócrifos.

No es simplemente un relato o una mentira. Sino la construcción de un andamiaje de datos y hechos relacionados con la intención de construir una realidad paralela.

El ejemplo más sencillo de entender es el aparato desnudado recientemente por el juez Alejo Ramos Padilla: servicios de inteligencia que extorsionan, fiscales y jueces que denuncian y juzgan, políticos que “operan” en las tinieblas, periodistas que “operan” en los medios de comunicación. Esto genera una cantidad de información que construye realidades, no es una pura mentira, vacía, sino que está llena de datos “corroborables”.

Esa operación también se traslada a la política. Políticos y periodistas replicando una serie de datos confusos, arbitrarios, dudosos, terminan construyendo una verdad que, incluso, puede ser contraria a la realidad.

Como ocurre cuando se repite la frase del spot de Elisa Carrió, sobre “el robo” que nos costará dos generaciones, así sin datos, ya que los datos ya fueron construidos en las causas judiciales y las operaciones periodísticas. Lo que no se dice es que es su propio gobierno el que endeudó en más de cien mil millones de dólares a todos los argentinos, el que hipotecó a varias generaciones. Carrió no hace otra cosa que matar la “Palabra” política.

¿Cómo se mata una palabra? Casi todos responderemos que se mata con el silencio. Pero no es cierto. Cuando alguien impone el silencio sobre una sociedad lo que está haciendo en una forma dialéctica es dándole vida, otorgándole una importancia que antes no tenía.

Es por eso que hay que prohibirla. Irónicamente, los tiranos aman y temen a las palabras. Los verdaderos criminales de las palabras son aquellos que hacen un uso irresponsable de ellas, los que producen su banalización, los que la vacían de sentido, los que la falsean.

La gran bastardeadora de la Palabra es Elisa Carrió. Las palabras están allí para generar títulos para el diario Clarín o La Nación. No tienen peso en sí mismas. Pueden decir o desdecir, pueden profetizar pariciones que nunca se producen o despertar huracanes que jamás arriban a la realidad. Están allí para generar impacto mediático.

Hay que tener cuidado con las palabras. Porque no son inocentes. Y están cargadas de recuerdos, de dolores, olores, sufrimientos. ¿Cuánto hace que Carrió no hace otra cosa que hablar para un auditorio mediático que sólo está allí para aplaudir sus iluminaciones proféticas.

Pero el presidente Macri no le va a la saga. Es un poco más burdo. Se le nota cuando miente y además, la mayoría de las veces, no tergiversa, no reproduce datos construidos, sencillamente los inventa. Como cuando sostiene que hay crecimiento económico, que baja la inflación o crecen los puestos de trabajo.

El líder de Cambiemos vive e intenta impartir el mundo de lo falsario, de lo falso, de lo apócrifo, que está algo distante de la mentira. La mentira refiere a algo que no existe. Lo falsario a algo que no existe pero es simulado, artificial. Lo mismo ocurre con María Eugenia Vidal, quien además de intentar demostrar bondad e inocencia, sólo terminó desnudando su propio inocuidad como posible placebo.

Casi como si se tratara de una respuesta de tipo existencial, la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner saca a la luz este mes su libro Sinceramente. El significante juega, es obvio, entre la “forma sincera” pero también con la “mente sincera”.

Es un libro, un objeto que el macrismo ha condenado al olvido para sumirse en el mundo de las redes y los contenidos audiovisuales, pero también es una herramienta que divide los campos de acción política: se posiciona entre las debilidades del presidente y las fortalezas de Cristina. Macri miente. Ella no.

Podrá gustarle o no a muchos argentinos, generarle odio o amor, admiración o desprecio, pero ella se muestra como realmente es. Por supuesto que esa verdad está tamizada por la política, por la comunicación, por las formas como mensaje. Pero nadie puede negarle a Cristina la potestad de la sinceridad.

Ha sido políticamente incorrecta siempre, se ha peleado siembre, ha expuesto sus convicciones incluso hasta cuando no le conviene.

“Cristina no miente”, he allí la principal fortaleza de la ex presidenta. Quizás por eso su imagen ha ido creciendo paulatinamente a pesar de las decenas de operaciones judiciales y mediáticas que debió enfrentar.

Demás está decir que su libro se va a convertir en un best-seller en pocos días, y que agitará todas las redacciones del país en busca de posibles “zonas oscuras”, contradicciones, debilidades, que puedan ser usadas políticamente. Pero la clavija ya está en el pecho de lo falsario.

Entre lo “sincero”, entendido como lo que uno realmente cree, y lo “falsario”, lo que uno sólo quiere hacerle creer a los demás, también se establece una grieta definitoria.

Quizás allí también haya una clave para pensar las encuestas, las bajas y las subas de imágenes, las elecciones próximas, sus resultados, y la Argentina que se avecina.

Hernan Brienza

Deja una respuesta