27 de febrero de 2021

China derrota la pobreza extrema pero los pobres no se han ido

China derrota la pobreza extrema pero los pobres no se han ido

China despidió 2020 mucho mejor de cómo lo empezó. Dijo adiós al año con la epidemia del Covid-19 bajo control y habiendo puesto fin a la pobreza extrema en el país. Nada que ver con el nerviosismo con el que lo comenzó, con una epidemia de origen desconocido que se expandía por el sur de forma incontrolada hasta propagarse por el planeta entero, acabando con la vida, de momento, de más de dos millones de personas.

Son dos hitos importantes. El primero, porque se logró controlar en un tiempo récord un suceso inesperado que ha cuestionado, una vez más, la transparencia de las autoridades chinas a la hora de colaborar con las instituciones internacionales.

Y el segundo, porque responde a una meta fijada para finales de 2020 por el presidente del país, Xi Jinping, cuando asumió el liderazgo del gigante asiático en 2013, culminando los esfuerzos de los líderes chinos por alcanzar un ambicioso objetivo perseguido durante décadas.

La magnitud de los logros obtenidos en la lucha por aliviar la miseria en el país es notable. Más de 850 millones de personas han dejado atrás la pobreza extrema en cuatro décadas. En 1981, casi el 90% de la población estaba por debajo del umbral de la pobreza absoluta fijado por el Banco Mundial.

En 2019, la cifra no llegaba al 1% y a finales de 2020, la prensa estatal china pregonaba su erradicación del país. Un éxito propagandístico para Xi que permite consolidar su liderazgo y poner de manifiesto que China es un país próspero, con una pujante clase media, y que merece ser considerado como líder mundial.

El éxito se alcanzó tras comprobar que los últimos 832 condados más pobres de China habían superado dicha condición.

Una meta que traspasaron al registrar la barrera de un ingreso anual de 4.000 yuanes (510 euros) o de 1,52 dólares diarios. El resultado eleva a 93 millones el número de personas que Pekín ha sacado de la pobreza extrema desde 2013.

Las autoridades chinas, sin embargo, se han abstenido de pregonar a los cuatro vientos el logro. A modo de justificación, la prensa oficial subraya que el hito se anunciará y celebrará de manera oficial a mediados de año, cuando se celebre el centenario de la fundación del Partido Comunista chino (PCCh).

Los críticos con el gobierno de Pekín interpretan, sin embargo, que este silencio refleja que la pobreza extrema sigue instalada en la sociedad china. Razones hay para ello.

El indicador que maneja el régimen chino (1,52 dólares diarios) es mucho más bajo que el umbral de 1,9 dólares fijado por el Banco Mundial, lo que sugiere que aún subsisten bolsas de pobreza absoluta en algunas zonas rurales.

Y a ello se suman los colectivos que se asoman al consumismo gracias a las ayudas que reciben de Pekín y de las autoridades locales y provinciales, pero que podrían verse abocados de nuevo a unas misérrimas condiciones de vida si dejaran de percibir esos subsidios.

El silencio oficial revela, asimismo, que los líderes chinos han asumido que la propaganda de que la emigración a las ciudades es sinónimo de una vida mejor ha trasladado parte de la pobreza rural a las grandes urbes.

Cada vez son más los migrantes que se desplazan a la ciudad en busca de un futuro mejor para ellos y sus familias y poco les importa instalarse en ellas de forma legal o sin papeles.

Están convencidos que en las metrópolis tendrán más calidad de vida, aunque sea precaria, y unas esperanzas que en el campo son inexistentes.

Las cifras que barajan las autoridades dan la razón a esas familias que se lanzan a la aventura, ya que la brecha económica entre la población urbana y rural aumenta cada año.

En los nueve primeros meses de 2020, el ingreso per cápita en las ciudades era de 2.617 euros, mientras que en el campo se quedaba en 1.358 euros. Lo más grave, sin embargo, es que entre 2013 y 2019, la diferencia entre un residente en Shanghái y uno de la remota provincia autónoma de Xinjiang creció de 1.722 euros a 3.108 euros.

Una tendencia alarmante que explicaría el éxodo del campo a las ciudades.

La evolución de la vida rural y urbana de China explica la supuesta desaparición de la pobreza absoluta de la campiña. Una realidad que responde en parte a los miles de millones de yuanes gastados por Pekín en ese objetivo, pero también al traslado de la población rural a las desarrolladas urbes costeras.

El fenómeno, como ya hemos dicho, genera núcleos de pobreza urbana, importada por millones de migrantes en busca de empleo.

Este panorama social preocupa al gobierno chino, según dio a entender el primer ministro, Li Keqiang, cuando el verano pasado alertó sobre la escasa capacidad financiera de casi la mitad de los chinos.

En una conferencia de prensa, Li dijo que aún había 600 millones de personas con unos ingresos mensuales del orden de 1.000 yuanes (128 euros), lo que apenas les daba para alquilar una habitación en una ciudad mediana.

Una realidad que choca con los planes de Xi de crear una enorme clase media urbana con un gran poder adquisitivo, capaz de convertir el consumo en uno de los motores de la economía del país.

La reflexión de Li Keqiang revela que uno de los grandes problemas de China es que aún tiene grandes capas de la población con bajos ingresos.

Lo explicaría el silencio oficial del PCCh ante la erradicación de la pobreza extrema en el campo y la falta de soluciones para eliminarla de las ciudades.

Isidre Ambrós

Política Exterior

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