25 de septiembre de 2020

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Cerebros agredidos (segunda parte), por León Pomer

Comencemos con un pionero en el estudio de la psicología de masas. Se llamaba Edward L. Bernays, era sobrino de Sigmund Freud, y escribió en su libro Propaganda (atención a la fecha de publicación: 1928): “La manipulación deliberada e inteligente de los hábitos estructurados y de las opiniones de las masas es un elemento importante en las sociedades democráticas».

«Aquellos que manipulan este oculto mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente de nuestro país [Estados Unidos]. Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas por hombres de los que nunca hemos escuchado hablar”. En un libro posterior, Cristalizando la Opinión Pública, Bernays se propuso desentrañar mecanismos cerebrales y la influencia de la propaganda como método para unificar el pensamiento de millones de seres.

Hace más de ocho décadas, el nieto del ilustre abuelo descubrió que la llamada “democracia” a secas, imperante en los EE.UU., para ser nominada con precisión requería ser adjetivada como “democracia capitalista”: lo exigía la gigantesca operación heteronómica a que ya entonces eran sometidas las masas, o sea, la reducción de un pensar autónomo a una fantasía.

Veinte años más tarde, en Las formas ocultas de la propaganda (1957), el economista y sociólogo norteamericano Vance Packard describió un “extraño y más bien exótico” tipo de influencia que estaba surgiendo rápidamente en los Estados Unidos: los ejecutivos corporativos y los políticos estadounidenses comenzaban a emplear métodos completamente indetectables para cambiar el pensamiento y las emociones, o con otras palabras, para dirigir el comportamiento de las personas: la psiquiatría y las ciencias sociales brindaban los instrumentos adecuados.

Se trataba de la estimulación subliminal, o lo que Packard denominó “efectos por debajo del umbral”: presentación de mensajes muy breves -una fracción de segundo- que ordenan lo que debemos hacer, sin que tengamos conciencia de haberlos visto (James Vicary, investigador de marketing sobre el cual se apoyaba Packard, constató que la introducción de mensajes subliminales como “Beban Coca-Cola” había aumentado las ventas en un 15%).

Packard denunciaba que las grandes corporaciones, en colaboración con científicos sociales, intentaban que la gente comprara cosas que no necesitaba (ese poderoso controlador social llamado consumismo, que le dicen) y de condicionar a los niños pequeños para que devinieran consumidores exigentes.

Aconsejadas por las ciencias sociales, las corporaciones aprendieron rápidamente los procedimientos para aprovechar las inseguridades, las flaquezas, los temores inconscientes, la agresividad y el deseo sexual de las personas para modificar su forma de pensar, sus emociones y comportamientos, sin que supieran que eran manipuladas. Packard citaba al economista inglés Kenneth Boulding: “Es concebible un mundo de dictadores ocultos que continúen empleando formas democráticas de gobierno”.

Las fuerzas descriptas por Packard se han hecho aún más sutiles, denuncia Robert Epstein: “La música relajante que oímos en el supermercado hace que caminemos más lentamente y compremos más alimentos, los necesitemos o no. Muchos de los insustanciales pensamientos e intensos sentimientos que viven nuestros adolescentes, desde que se levantan hasta que se acuestan, están cuidadosamente orquestados por habilísimos profesionales del marketing que trabajan en las industrias de la moda y el entretenimiento.

Los políticos se valen de una gran variedad de consultores que estudian las maneras de atraer jovencitos; la vestimenta, la entonación, la expresión facial, el maquillaje, el peinado y el discurso, todo es optimizado al máximo, tal como se hace con el envase de la leche para el desayuno.

Para entender cómo funcionan las nuevas herramientas de control mental se necesita examinar los motores de búsqueda en Internet, propone Epstein, sobre todo Google, el mayor y el mejor de todos ellos, hoy convertido en el verbo “guglear” en todos los idiomas. La mayoría de los usuarios de computadoras en el mundo entero “guglean” para conseguir la mayor parte de la información que necesitan acerca de cualquier cosa. Google ha llegado a ser la principal puerta de entrada de virtualmente todo el conocimiento, porque nos da la información que estamos buscando, casi instantáneamente y casi siempre en la primera posición de la lista que aparece cuando iniciamos la búsqueda.

La ordenación de esa lista es tan buena, prosigue Epstein, que alrededor del 50% de lo que buscamos está en los dos primeros ítems y más del 90% entre los 10 ítems de la primera página de resultados; muy pocas personas miran las demás páginas de resultados, a pesar que a menudo puede haber mucha información valiosa.

De los miles de millones de páginas web, Google decide cuál será la que aparecerá en nuestra lista de resultados; también decide el orden en que las presentará. Cómo decide estas cosas es un secreto profundo y oscuro; uno de los mejor guardados del mundo, como la fórmula de la Coca-Cola. Debido a que es muy probable que los navegantes lean los primeros ítems de la lista de resultados y hagan click en alguno de ellos, las empresas están gastando miles de millones cada año tratando de engañar al algoritmo de búsqueda –el programa informático que selecciona y ordena los ítems buscados– de Google, para que ponga su página uno o dos escalones más arriba. Un peldaño más arriba puede ser la diferencia entre el éxito y el fracaso de un negocio, y estar entre los 10 primeros ítems puede ser la posibilidad de hacer muchísimo dinero.

“La posición de Google en las búsquedas en Internet es prácticamente monopólica: según el Centro de Investigación Pew, un 83% de los estadounidenses declara que Google es el motor de búsqueda que utiliza con más frecuencia. Por lo tanto, si Google favorece a un candidato en unas elecciones, el impacto en los votantes indecisos podría decidir el resultado de esa votación.

Hoy día, Google tiene la posibilidad de darle la vuelta al 25% de las elecciones nacionales de todo el mundo sin que nadie se dé cuenta. De hecho, los ordenamientos de resultados de la búsqueda de Google han hecho impacto en muchas elecciones durante mucho tiempo, un impacto que crece de año en año. Y debido a que los resultados de la búsqueda son fugaces, no dejan huella escrita y pueden ser negados tajantemente por la compañía”

No muchos años atrás, Zbigniev Brzezinski, uno de los supremos cerebros geopolíticos de los EE.UU., en su libro Entre dos edades, de 1971, abogaba por el control de la población por una élite mediante la “manipulación electrónica”: “la era tecnotrónica -afirmaba- involucra la aparición gradual de una sociedad más controlada y dominada por una élite sin las restricciones de los valores tradicionales, por lo que pronto será posible asegurar la vigilancia casi continua sobre cada ciudadano, archivos que estarán sujetos a la recuperación instantánea de las autoridades”. Ya está ocurriendo.

El por qué el común de los humanos que andan en este mundo no advierte que lo están manejando viene produciendo explicaciones, o por lo menos tentativas. Axel Honneth (tercera generación de la célebre escuela de Frankfort) en su libro Patologías de la Razón, (Katz Editores, Buenos Aires, 2009, p.38), advierte: “Es un sistema de convicciones y prácticas que tienen la paradójica propiedad de sustraer a la toma de conocimiento las circunstancias sociales que a la vez también lo generaron estructuralmente”.

La patologización de la razón comienza con las formas relacionales que caracterizan la sociedad capitalista, de las prácticas cotidianas que de ellas se desprenden en una sociedad periférica como la nuestra, y de una cultura dominante que inició su carrera en estas pampas en los comienzos de la colonia y se fue deslizando subrepticiamente, pero no tanto que no se la haya podido detectar durante toda la historia posterior.

La patologización de la razón en las clases subalternas (los pobres, los eternamente maltratados, los condenados al salario magro y el despido cono amenaza permanente) y en los sectores medios, con las particularidades propias de cada situación social y momento histórico, muestra la suprema aberración: los dominados del sistema, sus víctimas predilectas, consienten con su conducta y su pensamiento a perpetuar la dominación. Es obvio, no lo saben.

Las conductas guiadas por los invisibles titiriteros del sistema funcionan con éxito. No son una fatalidad irredimible. En eso el sistema no se equivoca: los humanos no somos en nuestra íntima verdad robots programados o marionetas teleguiadas.

La gran pelea se da por quién manda y controla en las conciencias de las grandes masas.

León Pomer

Revista Zoom

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