22 de septiembre de 2020

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Celibato, ¡Vade retro, peccatorum!! por Teodoro Boot

Cual moderno Paco Jamandreu, Carlos Scarlata, cura párroco de San Isidro Labrador, templo católico ubicado en la localidad bonaerense de Lima, inquietó a gran parte de la feligresía femenina al establecer el canon de la moda cristiana: nada de pantalones, minifaldas, escotes o transparencias.

La vestimenta cristiana femenina consiste en faldas por debajo de las rodillas, ropa suelta, sin escote, y con mangas largas, preferentemente rematadas en puntillas.

Los bíceps, muñecas y antebrazos femeninos perturban al desdichado párroco, que parece ya no poder con el celibato.

Las fieles se quejan: “Debajo de la sotana hay un hombre”, susurra el padre Carlos, en fantástico remedo del “Hay efectivo” del personaje que encarnaba Alberto Olmedo en el popular sketch Álvarez y Borges, que hacía junto a Javier Portales.

Además de prorrumpir semejantes insinuaciones, convengamos que aunque tan fuera de lugar como prohibir el ingreso al cristianismo a los hijos de mujeres solteras o separadas, lo que resulta más llamativo es que simultáneamente Scarlata no haya vedado a los hombres concurrir a la casa de Dios con ojotas, pantalones cortos, musculosas o torsos desnudos.

Y cuando muchos se preguntaban si debajo de la sotana no habría también un pederasta, el cura se despachó proscribiendo el uso de jeans y calzas a las niñas de diez años.

Es razonable el temor que embarga a la comunidad de la ciudad de Lima: ¿acaso además de ocultar a un ser enajenado por la lujuria, es posible que la sotana esconda a un pederasta y un pedófilo?

¿Cómo puede predicar y confesar en paz un hombre agobiado por semejantes pulsiones? ¿Será necesario encerrarlo para que no sea arrebatado por la visión de antebrazos femeninos, pectorales masculinos y mocos infantiles?

Consciente de sus debilidades, el padre Carlos ha optado por encerrarse por sí mismo, pero en el edificio parroquial, lo que ha traído como consecuencia que al templo ya sólo concurran las ancianas, aparentemente –al menos hasta ahora– a salvo de la concupiscencia del religioso.

Preventivamente, la comunidad de Lima ha iniciado una campaña  de firmas para solicitarle al obispo Pedro Laxague que tenga a bien trasladarlo a otra a zona.

Monseñor Laxague se devana los sesos tratando de encontrar una parroquia donde no haya mujeres, ni hombres ni niñas ni niños, ni, por las dudas, ancianas y ancianos, cuando tal vez la solución consista en proporcionar periódicamente un franco higiénico al buen sacerdote,  para que se calme un poco.

Teodoro Boot

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