23 de septiembre de 2020

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Campaña de largada, por Juan Carlos Argûello

Envalentonado por el apoyo de la marcha en defensa del Gobierno que se hizo el 1 de abril, el presidente Mauricio Macri decidió redoblar la apuesta a la polarización en la carrera hacia las elecciones legislativas que se harán el 22 de octubre.

La movilización no fue masiva y quedó pequeña en comparación con las marchas previas en contra de las políticas económicas actuales. Sin embargo, le dio al Gobierno la certeza de que hay un nucleo duro que se mantiene leal e inconmovible. Y que pide más. Concentrado en Capital Federal y el centro del país, ese respaldo le dio aires a Macri para enfrentar el primer paro nacional de su gestión.

El paro, que fue casi total por la adhesión de los gremios del transporte y camioneros, le dio una excusa perfecta para fortalecerse en ese nucleo duro.

Por eso, Macri no se amilanó ante la huelga ni los piquetes. Y desafió al anquilosado sindicalismo. “Siento que no paró el país, al contrario, diría yo que fue un activador del cambio, porque vimos una toma de conciencia, una profundización del debate de qué es lo que sirve para construir futuro. Los que pararon, los que no pararon, todos queremos una Argentina con más oportunidades. ¿Y dónde vamos a dirimir las cosas en las que sigamos teniendo diferencias? En la elecciones de octubre. Y creo que cada vez más se ve con claridad quienes queremos construir un futuro y quienes se aferran a un pasado que no nos dio respuestas ni a la pobreza, ni al desarrollo, ni a la mejora de la calidad de la educación pública. Entonces ratifico que creo en lo que estamos haciendo”, dijo, palabras más, palabras menos, el Presidente. Algo así como “armen un partido” y ganen las elecciones.

Son “ellos o nosotros”. “O los mafiosos van presos o nos voltean”, dice que les dijo a sus ministros. La amenaza latente de que la ex presidenta Cristina Fernández vaya presa, encaja perfectamente en la estrategia. Esa dicotomía le sirve para hacer política.

Una apuesta tan alta conlleva el riesgo de perder todo. Pero Macri acostumbra a plantear metas demasiado elevadas aunque después terminen siendo un boomerang.

Ellos o nosotros es yo o el abismo. Ese abismo puede ser perder las elecciones, un escenario que el mismo Presidente define como “un fracaso”, aunque al mismo tiempo espera que aumente la presencia de Cambiemos en el Congreso en 20 por ciento.

Por eso admite que “no hay plan B” para la economía. Su fortaleza está en sostener el rumbo para retener al votante que lo eligió convencido. Con el radicalismo sumiso y el peronismo desperdigado, la opción no es mala. Puede quedarse con un tercio de los espacios de poder en juego. 

Ningún análisis puede caer en la ingenuidad de pretender que el Presidente “no ve la realidad”. La ve, la interpreta y toma posición. Hace política, algo que muchos le endilgan no conocer.

El nucleo duro no quiere torcer el rumbo ni se siente demasiado afectado por la recesión que no cede, los tarifazos ni la inflación. Es el sector más bajo de la pirámide social el que sufre los embates del ajuste. Y es éste el que sale a la calle y el que nutrió el paro de la CGT. Pero ya no lo había votado –mayoritariamente- en 2015. ¿Por qué lo haría ahora? Macri ganó pese a la “calle ganada” del kirchnerismo, que ahora, además, está fragmentado y es mala palabra para algunos sectores.

Como hace dos años, Macri debe convencer de que el camino es el correcto para que lleguen “inversiones” y se produzca algún derrame. Los dos primeros semestres de su gestión pasaron sin grandes novedades.

El Foro Económico Mundial sobre América Latina que se realizó en Buenos Aires, sirvió para repetir el ruego de que los grandes grupos económicos miren a la Argentina como destino de sus dólares. Aunque sean efímeros. “Para aquellos que vengan a invertir en nuestro país, sepan que se pueden llevar el dinero cuando lo decidan, confiando todos los argentinos en que vamos a crecer tanto y durante tantos años, que siempre van a continuar reinvirtiendo”, aseguró Macri. Una confianza demasiado excesiva a la luz de la experiencia. Capitales golondrina y un alto nivel de endeudamiento no suelen ser una buena combinación.

Pero Macri tiene los elogios que busca. David Lipton, subdirector del Fondo Monetario Internacional, consideró que “ya hay indicios de que las políticas están siendo eficaces”.

“Para este año y el próximo prevemos un repunte de la economía, y que la inflación continúe disminuyendo”, aseguró Lipton en sus referencias a la situación económica en el país.

El elogio endulza los oídos del Gobierno, pero contrasta con los propios análisis del FMI. El organismo financiero en enero había pronosticado que el PBI del país crecerá este año 2,2% en lugar de 2,7% como había previsto en octubre último y bastante abajo del 3,5% que planteó el Gobierno en el Presupuesto 2017.

También adelantó que la inflación terminará por encima de la meta del Banco Central y que la recesión fue más grave a lo previsto.

Hace apenas unos días, el director del FMI para occidente, Alejandro Wernes dijo que creía que el Gobierno fue “muy optimista” en cuanto a la velocidad de reacción de los inversores. El funcionario celebró el gradualismo, pero pidió “acelerar el ritmo antes de un eventual cambio en las condiciones financieras internacionales”. No habrá muchas mejoras, pero el FMI aplaude.

La Fundación Mediterránea advierte que “alcanzar la meta de déficit fiscal de 2017 exigirá una importante moderación en el gasto en lo que resta del año”.

Si el ajuste no llega antes de las elecciones, para no dañar las chances electorales del oficialismo, llegará apenas después.

El Gobierno viene fallando con sus propias metas. En 2016, se cumplió la meta de déficit primario de 4,6 % del PIB, pero fueron determinantes los ingresos extraordinarios del último trimestre, originados en el Sinceramiento Fiscal. Sin ese aporte, el déficit se habría ubicado en torno a 5,8 % del PIB. En el primer trimestre de 2017, los ingresos fiscales subieron 36,9 % interanual, pero sin computar las multas del blanqueo, el aumento habría sido de 27,3 % interanual. Mientras tanto, el gasto primario subió en enero-febrero a un ritmo interanual de 38,5 por ciento.

El ministro de Economía, Nicolás Dujovne, ratificó que “bajar el déficit fiscal” no es negociable. Así que en algún momento se profundizará el ajuste. Probablemente sea después de las elecciones.

Sin embargo, las cuentas públicas registraron en febrero un déficit presupuestario primario sin rentas financieras de 26.747 millones de pesos, lo que muestra un incremento del 60,7% en comparación con igual mes de 2016.

El blanqueo disimula un poco el rojo. Pero el récord alcanzado no se traduce en un impacto directo en la economía real ni en las inversiones. Los analistas anticipan que se moverán los mercados inmobiliarios y de automóviles, pero no mucho más en inversión directa. Es que buena parte de los 116 mil millones sigue en el exterior. Peor aún, para la economía misionera, los dólares que ingresen no harán más que fortalecer el tipo de cambio, lo que significará extender las asimetrías en el tiempo.

El resultado del blanqueo representa casi exactamente la mitad de los u$s 232.411 millones que los argentinos tienen en el exterior como dinero no declarado, según informó el Indec el año pasado.

Mientras tanto, la economía real tambalea. Los brotes verdes celebrados no son demasiados. Y los datos que empiezan a aparecer de Macri versus Macri, son desalentadores. La industria cayó  6 por ciento en febrero y la construcción bajó 3,4 por ciento. Y, según el Indec, el uso de la capacidad instalada de la industria se contrajo al nivel más bajo en los últimos catorce años al retroceder al 60 por ciento.  El sector automotriz fue el peor posicionado con 31,5% en el uso de sus posibilidades de producción, seguido por el de la metalmecánica (excepto automotores), con un 42,1%.

El indicador de la Utilización de la Capacidad Instalada en la Industria había alcanzado el 60,6% en enero pasado, y el 64,2% en febrero de 2016. El declive sigue.

Este es el escenario en el que transcurrirá el tiempo de ir a las urnas. Seguramente se moverá más la obra pública, lo que sería una bendición para las provincias, pero no habrá muchos cambios sustanciales.

El Gobierno de Cambiemos se pondrá a prueba con sus propias recetas, aquellas que se sabía antes, iba a aplicar, pero de las que renegaba en público como una supuesta “campaña del miedo”. Deberá, sin embargo, conquistar a sus propios desencantados, que van apareciendo tímidamente y ordenar una tropa política que, salvo el circulo más cercano, pelea sus propias batallas por espacios de poder. La renuncia del embajador de Estados Unidos, Martín Lousteau abre un interrogante sobre el resultado en la Capital Federal, donde el enrulado según algunas encuestas, tiene una imagen positiva superior al 60 por ciento, incluso superando a Elisa Carrió, la carta “ganadora” de Cambiemos para el distrito gobernado por Horacio Rodríguez Larreta. Lousteau estuvo a punto de derrotar a Rodríguez Larreta en las elecciones pasadas, lo que podría haber desmoronado todo el armado PRO. ¿Podrá ahora? ¿Irá por afuera o planteará internas?

Del otro lado hay una mayor fragmentación que en 2015 y eso puede jugarle a favor al Gobierno. El kirchnerismo, enredado en inncontables causas judiciales, tiene a su favor la “mística”, pero cada vez menos dirigentes se animan a describirse como tales.  

Sergio Massa está desaparecido de la acción política desde hace más de un mes y parece haber perdido el crédito como “sucesor”. La irrupción de Florencio Randazzo puede volver a modificar el escenario peronista, donde también pretenden competir Daniel Scioli y posiblemente Cristina Fernández.

En esa lógica, el misionerismo se consolida como opción política que no dependa de las decisiones tomadas en un sillón de Buenos Aires. El gobernador Hugo Passalacqua ratificó que en el tiempo electoral se marcarán las diferencias con el Gobierno nacional, disimuladas hasta ahora en pos de la gobernabilidad. Pero lo cierto es que hasta ahora no hubo demasiados beneficios por sostener el acompañamiento.

La estrategia de la Renovación será sostener el modelo con un mensaje claro que ya bajó a las primeras y segundas líneas: lo importante es el equipo y el rumbo. Aparecerán caras nuevas en la oferta electoral legislativa, matizadas con la experiencia de quienes ya tienen carrera hecha. Pero los nombres más firmes se conocerán más o menos en un mes. El oficialismo tiene el mérito de la gestión y por eso puede esconder sus cartas hasta último momento.

“No es momento de vanidades. La gente está en serias dificultades y hay que estar cerca de la gente. Hay dificultades para llenar la olla y para recaudar. Y así y todo estamos haciendo obras, con acuerdos de gobernabilidad con la Nación, con Paraguay, con Brasil”, explicó Passalacqua.

El mandatario sostuvo que Misiones seguirá dando gobernabilidad al Gobierno nacional aunque en tiempos electorales marcarán las diferencias. “No somos del mismo color político y cuando vengan las elecciones en octubre, iremos con nuestras listas. Pero queremos dar gobernabilidad”, afirmó el mandatario.

Passalacqua aseguró que pese a la crisis por la que atraviesa el país, “el error que nunca voy a cometer es alejarme de la gente”.

En la oposición, en cambio, ya aparecen algunas definiciones. La alianza Cambiemos ofrecerá a Humberto Schiavoni como candidato a senador y buscará la ratificación de Luis Pastori como diputado nacional.

El problema está en el deseo de un sector del radicalismo de pelear cargos en las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias. Gustavo González es uno de los que quiere dar el salto al Congreso nacional y los jóvenes que terminan sus mandatos en el Concejo Deliberante posadeño, quieren convertirse por lo menos en diputados provinciales.

Si la UCR obliga a unas internas, en el PRO no disimularán su fastidio. El macrismo quiere marcar el territorio y fortalecer a los propios. Alex Ziegler, quien también tenía aspiraciones de repetir en su banca, está con un pie afuera de Cambiemos y para seguir perteneciendo deberá conformarse con apenas una banca como diputado provincial. Lo más probable es que protagonice una nueva ruptura, como la que lo alejó de la Renovación. El vicepresidente del partido del Colorado, Libertad; Valores y Cambio, Sergio Peñalva, salió con los tapones de punta contra Schiavoni. “El marketing electoral, no nos interesa; nosotros somos verdaderamente el cambio y continuamos representando la voluntad del electorado misionero. Seremos una alternativa electoral en las próximas elecciones”, disparó. 

En la Legislatura misionera está puesta la gran atención de los otros partidos locales. El partido Agrario confirmó que teje una alianza con el massismo y los radicales de Vanguardia. Si se concreta y los votos acompañan, el objetivo es transformarse en la segunda fuerza parlamentaria, desplazando a la suma del PRO  y la UCR.

En cambio, el peronismo y el Frente Grande ratificaron su integración al Frente Renovador de la Concordia, con un mensaje claro: las políticas que hay que enfrentar son las que bajan de la Nación.

Juan Carlos Argûello

Economis

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