18 de enero de 2021

Cachemira, el fundamentalismo como detonante, por Guadi Calvo

Cachemira, el fundamentalismo como detonante, por Guadi Calvo

A poco más de una semana de que se hayan disparado todas las alertas internacionales tras la nueva escalada por la cuestión cachemir entre India y Pakistán, como era lo más previsible, las aguas lentamente vuelven a su curso natural, un curso siempre al filo del desborde.

Nada dice que en cualquier momento la tensión vuelva a trepar al nivel de que ya nada pueda evitar un conflicto de real envergadura.

La escalada que se vivió estos últimos diez días se ha convertido en la más grave desde la Guerra de Kargil en 1999, por lo que ambas naciones mantienen acantonadas a sus tropas a los largo de los mil kilómetros de la Línea de Control (LdC) que divide la Cachemira India de la pakistaní.

Al menos 250 mil efectivos indios y 100 mil paquistaníes (otras versiones hablan de entre 800 mil y 500 mil efectivos) siguen estacionados a cada lado de la frontera y el menor incidente puede detonar la situación si se tiene en cuenta que a los dos lados de la frontera fundamentalistas religiosos y políticos están muy interesados en que esto suceda, a pesar de los esfuerzos diplomáticos de Moscú, Beijing, Washington, y varias naciones islámicas, obligadamente interesados en que no se profundice un conflicto en el que ambas naciones cuentan con armamento nuclear.

Los cientos de desplazados a ambos lados, que buscaron refugios tanto en campamentos establecidos por Nueva Delhi e Islamabad o en casas de familiares y amigos, todavía no han vuelto a sus lugares, teniendo en cuenta que más de 70 mil civiles han muerto en la región solo desde 1989, aunque el conflicto se inició en 1947, por lo que el número de muertos a lo largo de la LdC, es ostensiblemente mayor. Cada año, y particularmente desde 2014, se producen nuevos episodios que suman decenas de muertos.

Este último jueves 7, en la terminal de autobuses de la ciudad india de Jammu, una granada fue lanzada bajo un bus cargado de pasajeros que estaba a punto de partir hacia la ciudad de Pathankot en el estado indio de Punjab. La explosión ha dejado un muerto y 25 heridos. Aunque ninguna organización se adjudicó el ataque, ha sido “demasiado oportuno” para los intereses belicistas de ambos lados de la frontera y a algunas naciones vendedoras de armas como es el caso de Israel, que durante 2018 ha estrechado inéditos lazos con el gobierno neonazi de Primer Ministro indio Narendra Modi (Ver Israel, un caballo de Troya en India.).

Desde mayo de 2014, fecha en que el Primer Ministro Modi llegó al poder, la situación en Cachemira se ha ido deteriorando progresivamente, lo mismo que la relación con los 180 millones de musulmanes indios y el resto de la comunidad, incentivada por las operaciones mediáticas lanzadas por el gobierno de Modi e instrumentadas por la organización ultra derechista que lo llevó al poder, el Bharatiya Janata Party (Partido Popular Indio) o BJP, y sus aliados del Rastriya Swayamsevak Sangh (Asociación Patriótica Nacional) o RSS, un remedo de los camisas pardas hitlerianas, y el Vishva Hindu Parishad (Consejo Mundial Hindú), que alientan el nacionalismo indio enmascarándose en los valores de la religión hindú. Modi exacerba estos valores, con la vista puesta en las elecciones del próximo mes de mayo donde peleará por su reelección.

En 2003, el conflicto parecía haber entrado en una senda de solución cuando los entonces Primer Ministro de la India, Atal Behari Vajpayee, y el presidente de facto y jefe del Ejército de Pakistán, Pervez Musharraf, acordaron el primer alto al fuego formal desde 1947. A lo que le siguió la reanudación de vínculos de comunicación interrumpidas desde la Partición (1947). En junio de 2006, se lanzó un segundo servicio de autobuses intra-Cachemira, que permitió cruzar la LdC, y en 2008 ambos países comenzaron a comerciar a través de la Línea de Control. A comienzo de 2011, se anunció la reanudación del diálogo bilateral sobre el diferendo problemático incluyendo Cachemira, el antiterrorismo y los recursos hídricos.

En agosto de 2014, a pocos meses de la asunción de Modi, todo cambió. La India canceló las conversaciones con Pakistán excusándose en una invitación que Islamabad habría hecho a líderes separatistas de la región del Himalaya. Desde entonces, los bombardeos y las muertes en la LdC, se incrementaron año tras año, violando de manera permanente el acuerdo de alto el fuego de 2003.

Modi ha puesto atención, como ningún Primer Ministro anterior, en Cachemira, convirtiéndose en el primer mandatario que más veces visitó la región. En octubre de 2014, durante su primera visita, coincidiendo con el festival religioso hindú de Diwali o Festival de las Lámpara, prometió una gran inversión tras las inundaciones que habían arrasaron la región en septiembre, dejando 500 muertos y un millón de desplazados. Las ayudas nunca llegaron, por lo que las siguientes visitas de Modi a Cachemira fueron recibidas con protestas de los grupos separatistas pro-pakistaníes.

Protestas que se hicieron cada vez más frecuentes y violentas y que son reprimidas con ferocidad inaudita por las fuerzas de seguridad de Nueva Dehi. En julio de 2016, la represión de una de esas manifestaciones dejó más de 6 mil heridos, de los que 782 quedaron ciegos, gracias a los perdigones utilizados por la policía de Modi.

El integrismo lejos de la paz del Islam

Islamabad, por su parte ha sido acusada, no sin razón, de estimular y financiar no solo las revueltas que protagonizan los musulmanes cachemires que viven en territorio indio (unos 12 de un total de los catorce millones de habitantes de los estados Jammu y Cachemira) sino de muchas operaciones fuera de esos territorios: el más letal, sin duda, fue el ataque de noviembre de 2008 en Bombay, protagonizado por Lashkar-e-Toiba (Ejército de los Puros), que provocó la muerte de 173 personas.

Se sospecha que el grupo que se adjudicó el ataque del 14 de febrero pasado en la región de Pulwama Jaish-e-Mohammed (Ejército de Mohammed) o JeM, en que murieron 50 policías indios (Ver Cachemira, más fuego a la caldera.), ha sido también financiado por el servicio de inteligencia paquistaní, la poderosísima Inter-Services Intelligence (ISI), quien tendría importantes lazos con Masood Azhar, el líder del JeM.

Intentando rebajar la tensión, el Primer Ministro pakistaní Imran Khan accedió a uno de los reclamos fundamentales de Nueva Delhi que era detener la actividad del JeM, en territorio pakistaní. Este último martes 5, se conoció que el Hamad Azhar y Mufti Abdul Raoof, hijo y el hermano de Masood Azhar, junto a otros 44 activistas de la organización fueron detenidos. Mientras que las sedes de la organización liderada por Hafiz Saeed, Jamaat-ud-Dawa, y de su organización benéfica Falah-e-Insaniat Foundation, fueron clausuradas en las ciudades de Lahore y Muridkey, una pequeña ciudad del Pujab, y muchos de sus integrantes fueron también detenidos

El gobierno de Khan, a principios de esta semana, decidió desempolvar el Plan de Acción Nacional (NAP), que había sido ideado tras el ataque terrorista en un colegio de Peshawar en 2014 que produjo más de 150 muertos, en su mayoría estudiantes hijos de militares, y que fue adjudicado a Tehrik-e-Talibán Pakistán (Movimiento de los Talibanes Pakistaníes). Con la puesta en marcha del NAP, se inició el último miércoles una gran redada contra elementos vinculados al fundamentalismo en distinta mezquitas, madrassas y hospitales pertenecientes a distintos grupos wahabitas. En Islamabad, las autoridades tomaron la mezquita y un dispensario administrado por Jamaat-ud-Dawa, dirigida por un sheik anti-India, Hafiz Saeed,

Ayman al-Zawahiri, el sucesor de Osama Bin Laden en la jefatura de al-Qaeda en septiembre de 2014, había anunciado la apertura de la organización para Asia Meridional que tomó el nombre de Yama’at Qa’idat al-Yihad fi Shibh a-Qarrah Al-Hindiyya, que en julio de 2017 fundó la célula cachemir Ansar Ghawzat ul-Hind, bajo el liderazgo de Zakir Musa, un ex combatiente del JeM, agregando más incertidumbre en la región.

Nadie en Pakistán ni en India hoy está seguro de no volver a sufrir nuevos ataques terroristas no solo en el área de Cachemira, sino a lo largo de los dos países, donde el terrorismo fundamentalista, tanto musulmán como hindú, se torna en el verdadero enemigo de la paz.

Guadi Calvo

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