20 de septiembre de 2020

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Brasil ya no será igual, por Emir Sader

Cualquiera que a el desenlace inmediato de la más profunda y prolongada crisis que el país ha vivido, Brasil no saldrá de ella igual, nunca más será el mismo país. Será mejor o peor, pero no igual.

Esta crisis ha devastado la credibilidad de todo el sistema político, liquidado con la legitimidad del Congreso y propagando la falta de confianza en el Poder Judicial. Hizo que el pueblo supiera que no basta votar y ganar cuatro elecciones para que el mandato presidencial se respete.

En resumen, lo que se creía que era una república se terminó. Lo que se decía que era un sistema político democrático ya no sobrevivirá. O Brasil se constituye en una democracia sólida ─para lo que el Congreso actual, este Poder Judicial, este monopolio de los medios de comunicación no pueden seguir funcionando cono hasta ahora─ o el país dejará de vivir realmente en democracia.

La derecha brasileña muestra su rostro. Y lo hace sin eufemismos. Al principio alegaba que se trataba de un proyecto para “reunificar el país”, supuestamente dividido por los gobiernos el PT. Se valían de la pérdida de popularidad del gobierno Dilma, así como del Congreso más conservador y descalificado que este país ha tenido jamás. Pero también lo hicieron a través de los viejos medios de comunicación de una forma escandalosa y sin ningún tipo de honor. Su objetivo era destruir la democracia política que hemos tenido y promover un gobierno antidemocrático, antipopular y antinacional.

Muy rápidamente fue posible constatar que se trataba simplemente de lo que ya se denunciaba por toda la región: el proyecto de restauración del modelo fracasado en los años 90 con Fernando Collor de Mello y FHC, un gobierno golpista y minoritario, contra el pueblo, contra la democracia y contra el país.

¿Cómo se va a pronunciar el Supremo Tribunal Federal sobre cualquier tema si ha permanecido callado frente a este golpe, puesto en practica ante sus narices, presidido en el Senado por su presidente, que apoya todas las brutales ilegalidades que se practican? ¿Para qué sirve un Poder Judicial, un Tribunal Supremo, si no es para impedir que un crimen contra la democracia fuera perpetrado por el Congreso?

¿O es que hay es un silencio cómplice mezclado con un vergonzoso aumento del 41% de sus salarios concedido públicamente ─con fotos en los periódicos─ por Eduardo Cunha, el político más corrupto del país. Un político cuya impunidad sólo se entiende por la complicidad de los que debieran castigarle junto a tantos otros miembros del Gobierno, incluido el presidente interino. Ya no habrá democracia en Brasil sin un Poder Judicial elegido y controlado por la ciudadanía, con mandatos limitados y poderes circunscritos.

No habrá democracia en Brasil sin un Congreso efectivamente elegido sin financiación privada, sin que represente a los lobbies elegidos por el poder del dinero. Un Congreso democrático tiene que estar basado en el voto condicionado, por el cual los electores controlen a aquello a quienes han votado y que se han comprometido con un programa y con un partido determinado.

En una democracia todos tienen el derecho a que se escuche su voz, la opinión pública no puede ser fabricada por algunas familias que imponen su punto de vista al país como si pudieran hablar en nombre de toda la población. Menos aún cuando han perdido cuatro elecciones presidenciales consecutivas. Nadie debe perder el derecho a hablar, pero todos deben tener el derecho a expresarse, sino no se trata de una democracia, sino de la dictadura de una minoría oligárquica.

En una democracia, un impostor no podría haber asumido la presidencia, por interina que sea ésta, mediante un golpe e imponer el programa económico derrotado cuatro veces sucesivamente. Más aún si ese golpista formó parte de la lista ganadora dos veces, con un programa radicalmente opuesto al vencedor. Si todo esto está ocurriendo es porque la democracia ha sido herida de muerte, la voluntad de la mayoría no se conoce.

Si el golpismo triunfa en el Senado brasileño será necesario hacer que pague duramente el precio del atentado que está perpetrando. Que sus proyectos fracasen, que la vida de sus componentes se vuelva insoportable, que su banda de ladrones sea víctima de la inderogabilidad. Que se ocupen y se resistan en todos los espacios del gobierno ilegítimo, antidemocrático, antipopular y antinacional.

Es parte indisoluble de la resistencia democrática impedir cualquier acción en contra de Lula, que representa los anhelos mayoritarios del pueblo brasileño según las mismas encuestas que los golpistas han utilizado para buscar legitimidad popular. Esta será la señal para saber si sobreviven espacios democráticos o no. Si lograsen blindar de tal forma su gobierno y lograran constitucionalizar el neoliberalismo, habrán soterrado definitivamente cualquier señal de democracia en Brasil.

En ese caso, ellos estarán abocados al mismo destino que sus antecesores: serán tumbados, derrotados, execrados y un nuevo tribunal de la verdad los juzgará y los condenará por crímenes contra la democracia. Serán derrotados por el país, por el pueblo, que construirá una democracia de verdad en Brasil.

Emir Sader

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