27 de septiembre de 2020

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«Bolívar cultivó la constancia en el desamparo y la audacia en la dificultad»

El reconocido poeta venezolano Gustavo Pereira desentraña un resquicio íntimo del Libertador, a 235 años de su natalicio. ¿Libertador, dictador, sublime, mezquino, bondadoso, cruel, amoroso, despiadado?

¿Quién era usted, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios?

Él, que se describió a sí mismo como «un hijo de la infeliz Caracas» y «hombre de las dificultades», es una de las figuras más portentosas de la historiografía latinoamericana, no solo porque emancipó a cinco países de la Corona española, sino porque esa hazaña le permitió sembrar los más altos lauros y los más viles escarnios.

De él se ha dicho de todo: que hablaba «como demente», que era un «mozo feroz», que era ansioso y menudo, que era «decididamente feo», que era orgulloso y altanero, que bailaba con destreza, que tenía modales finos y una capacidad envidiable para resistir el hambre y la fatiga. Pero más allá de las antipatías, hasta el General José de San Martín lo reconoció como «el hombre más asombroso que haya producido América del Sur».

«No hay un hombre –decía hace más de 20 años el dramaturgo venezolano José Ignacio Cabrujas– al que se le haya seguido más la pista, diariamente, que a Bolívar. Cualquier persona puede responder qué hacía el 14 de mayo de 1819 a las 6:00 de la tarde con bastante precisión», bromeaba. «Pero, paradójicamente, es también un gran desconocido de la historia».

A 235 años de su natalicio en Caracas, Bolívar sigue siendo un retrato inacabado que enardece ánimos, ennoblece plumas, envilece egos y erige revoluciones sin que aún sea posible asirlo a un concepto compartido. El reconocido poeta venezolano Gustavo Pereira, redactor del preámbulo de la Constitución Bolivariana de 1999 y estudioso del Libertador, hace un repaso del legado intangible que dejó aquel hombre que nació rico, quedó huérfano a edad temprana, fue prematuramente viudo, emancipó a cinco países, alcanzó la máxima gloria de su carrera militar y murió en el destierro a los 47 años, como dice su propia leyenda, «en casa ajena y con camisa prestada».

– ¿Bolívar sigue siendo un gran desconocido? ¿Lo hemos convertido en mito para enmascarar su condición de hombre?
– Mitificar a los héroes, desde tiempos inmemoriales, ha sido práctica habitual de carácter pedagógico en todos los pueblos. Fundada en paradigmas, su propósito, tácito o expreso, essembrar o afianzar valores con el ejemplo de sus paladines. Valores universales, inherentes a las sociedades humanas, que en su proceso evolutivo intentan sobreponerse, a veces sin lograrlo, a los dictados de una herencia fatal: la zona de nuestro cerebro primitivo llamada reptílica, responsable de muchas sinrazones.

Extrañamente, los héroes nacen de hazañas bélicas, lo que pareciera contradecir aquel propósito si no fuera porque éstas, con el tiempo, se olvidan si no responden a causas justas. Por lo general son los estamentos dominantes los que imponen sus héroes en concordancia con sus intereses (de allí la presencia de los falsos héroes), pese a que los pueblos reconocen a los verdaderos, que convierten en inmortales. Y puesto que sus méritos desbordan sus errores y sus cualidades sus defectos, estos se echan al olvido en el saco de la balanza histórica.

Tal pasa con Bolívar. Las clases hegemónicas impusieron su Bolívar: el de los cuatro últimos años. Un Libertador acosado, decepcionado, descreído, lleno de amarguras, que decía haber arado en el mar ante la ingratitud, deslealtad, ambición, resentimiento, maledicencia y deshonestidad de quienes usufructuaron para sí la guerra de independencia. Nuestro pueblo mitificó al otro: al justiciero, al ser sensible, culto, probo, generoso, valiente y audaz que del mismo modo que luchó, amó; que igual dormía a la intemperie que en palacio; que en sus luchas atravesó a caballo páramos y sabanas una y otra vez como nadie en el mundo, abandonando sus privilegios, conveniencias y comodidades de oligarca; que comía de su arepa y padecía de su sed, que lo dignificó y entregó cuerpo y alma en su única aspiración: la gloria. La gloria que le deparaba ser amado como libertador.

– Uno lee la correspondencia de Bolívar y tiene la impresión de que fue un hombre que tuvo muy presente su trascendencia. Su tono es definitivo, como anhelando la posteridad. A usted, ¿qué tipo de escritor le parece? ¿Cómo llegó a él?
– Llegué a Bolívar por la poesía, por sus cartas, muchas de ellas escritas o dictadas en lenguaje de sin par elegancia, preciso y refulgente. Tuve la suerte, en mis estudios de bachillerato, de ganar un concurso literario cuyo primer premio fue el de sus obras completas y desde entonces me convertí en adicto de sus textos. Como dijera uno de sus contemporáneos: si él se hubiera dedicado enteramente a la poesía habría sido uno de los insignes poetas de su tiempo. Dejó su ‘Delirio sobre el Chimborazo’ como desatendida prueba.

Él había leído incansablemente en Europa a clásicos y modernos, la poesía jamás le fue ajena y, en París, al enviudar, cuando los placeres no pudieron mitigar su desamparo, se nutrió en el pensamiento revolucionario de su tiempo. Voltaire y Rousseau se harían sus favoritos, trató a Humboldt y Bonpland, conoció en italiano los últimos tratados sobre tácticas y estrategias de la guerra y en inglés las noticias de Inglaterra, cuyas instituciones admiró. No fue sino al enviudar, después de presenciar el amor de las multitudes hacia Napoleón tanto en París como en Nápoles, cuando pensó en la gloria de luchar por liberar y redimir a su pueblo como definitivo destino.  

– Se ha dicho que la vida de Bolívar fue siempre una epopeya. Sin embargo, hay episodios de su vida que muestran su carácter leve y diáfano: un hombre que es capaz de amar con dulzura, de bailar con uno de sus generales para que las damas de Lima lo sacaran a bailar, de deshacerse en elogios para su maestro. ¿Nuestra historiografía no echa más en falta la imagen de un Bolívar amoroso, gracioso y hasta más falible? ¿Eso no serviría para sentir su cercanía y derretir una estatua que fue erigida durante casi dos siglos para volverlo inaccesible?
– Es verdad. Y eso he intentado en los libros que le dediqué, no como historiador profesional, que no soy, sino como humilde oficiante de la poesía que siente curiosidad por indagar, tanto o más que en los hechos humanos, en las sensibilidades que los hacen posibles. La historia suele prescindir de ellas, limitándose a realidades objetivas, aunque los seres humanos actuamos porque sentimos y pensamos, excepto en los actos reflejos, condicionados para la subsistencia.

En carta a Santander, Bolívar se auto calificaba así, ‘hombre de las dificultades’, y esto no era simple frase. Toda su vida vivió entre escollos, determinados desde su infancia por amadas ausencias. Rico, pero huérfano a temprana edad de padre y madre, a la muerte de su abuelo es colocado en manos de un tutor, un severo tío de cuyo hogar escapó, después enviuda a los diecinueve años y pierde a su hermano mayor Juan Vicente, desaparecido en un naufragio en 1811. Desde siempre, pues, aprendió en el desamparo, aunque a menudo halló la mano salvadora. En ese desamparo cultivó una virtud mayor: la constancia. Y en las dificultades, la audacia.

– En la otra orilla siempre han estado los detractores de Bolívar. Lo han llamado dictador, le han adjudicado una nula capacidad de perdón, se le ha acusado de sanguinario. ¿A qué atribuye usted el encono de algunos historiadores en contra de su legado?
– Las razones son múltiples, pero particulares. Cada quien aduce las suyas: ambicioso, cruel, sanguinario, dictador, monarca frustrado, libertino, ateo, creyente, masón, demagogo, impío, jugador, mestizo, delirante tropical. Todos los absurdos se enardecieron tan pronto Hugo Chávez fue electo presidente. Éste y sus compañeros habían bautizado su movimiento como bolivariano, lo cual, desde luego, concitó hacia el Libertador, por transferencia, la aversión redoblada de sus detractores y también, desde luego, la de los gobiernos de EE.UU. y sus representantes criollos, que conocían muy bien sus propósitos de confederar en una gran nación, cada una con sus gobiernos y particularidades, las naciones de la Hispanoamérica independizada, lo cual iba en contra de los intereses del futuro imperio que él vislumbró y vaticinó en sus cartas.

Rebelarse contra ese mundo al revés determina, para quienes lo intentan, una penosa travesía que requiere talento, probidad y abnegación, virtudes todas presentes en Bolívar. Pero él fue, ciertamente, humano, y de humanos, diría Séneca, es errar. Así que también tuvo prejuicios y yerros y sintió aversiones como cualquier mortal, pero sus cualidades eran tan ostensibles que hasta sus adversarios las reconocían.  

– También se ha dicho que la figura de Bolívar ha sido utilizada como ficha corriente por todos para enmendar cualquier entuerto. Si usted tuviera que desagraviar su memoria, ¿qué cosas le gustaría que no se asociaran al nombre del Libertador?
– El asunto no es nuevo y el propio Bolívar se refirió a él en carta a Antonio Leocadio Guzmán. No tengo la cita a mano pero dice más o menos así: «Algunas personas invocan mi pensamiento y en él apoyan sus errores: esto me es bien sensible pero inevitable; con mi nombre se quiere hacer el bien y el mal y algunos lo invocan como texto de sus disparates».

No pueden asociarse con Bolívar conductas no siempre extrañas en quienes pretenden agraviarlo; algunos, como Madariaga, desde el prisma racista-falangista, otros bajo la férula del resentimiento (los casos de Hippisley o Decoudray), unos por sorprendente desinformación (como Marx) y los más, entre ellos ciertos historiadores de pacotilla, por una argamasa de tonterías ajenas a la verdad documentada y probada. Pero con mayor abundancia existen estudiosos, dotados de razones y objetividad, que revelan sin tapujo, a veces cargando la tinta, sus yerros o debilidades y están en su derecho, pero como le he dicho, en el fiel de la balanza éste jamás podrá ser acusado con fundamento de insensible, malvado, deshonesto, ingrato, desleal, insidioso, cínico, avaro, cobarde, servil o ambicioso (a menos que queramos calificar como ambición la gloria).

Quienes lo trataron durante años, dejaron testimonios que, en conjunto, lo definen como quedó para la historia. Y Manuela Sáenz, que lo conoció en la intimidad, dejó en sus diarios conmovedoras páginas sobre el ser humano que amó hasta su muerte por las mismas razones que lo aman nuestros pueblos.

– La Revolución Bolivariana volvió a problematizar la figura de Bolívar. Con sus errores o aciertos, toda una generación volvió a sentirse heredera de un espíritu épico que definía el carácter nacional. Ahora, en medio de una de las crisis más profundas que ha vivido el país, ¿considera que su figura sea capaz de cohesionar la nación ante el intento de ciertos sectores por desmembrarla?
– Y no solo con su ejemplo, porque afortunadamente no nos faltan héroes legítimos ni pueblo heroico que iluminen junto a él el fragoso camino de la verdadera independencia. Pero el propio Bolívar no pudo lograr esa cohesión, ni siquiera en Venezuela: la realidad, la ignorancia, la yunta aherrojada durante siglos en las conciencias y las pasiones despreciables de quienes usufructuaban para sí aquellos esfuerzos heroicos, volvieron añicos su sueño. Pero si algunas lecciones debemos asumir en esta hora son especialmente dos de aquellas que él nos legó: resistencia y constancia.

– Usted, que ha tenido oportunidad de leer buena parte de las páginas dedicadas al Libertador, ¿qué retrato ha podido hacerse de él? ¿Cómo es el Bolívar de Gustavo Pereira?
– Me gustaría reiterar mi desacuerdo con una decisión gubernamental que juzgo errada: la oficialización del retrato derivado del examen de sus restos en la exhumación practicada en 1812. No dudo de la seriedad y carácter científico de la misma, y creo que la imagen es una versión iconográfica que merece respeto. Pero me he preguntado y me pregunto: ¿a qué época corresponde ese rostro? ¿al Bolívar joven? ¿al Bolívar envejecido y abatido y ya muerto, o a la del cadáver rejuvenecido en virtud de los datos de conformación de su calavera, pero de pelo liso y pronunciado mentón en un Bolívar que nunca existió para quienes estuvieron a su lado?

Conozco los voluminosos tomos iconográficos de Alfredo Boulton, Enrique Uribe White y antes que ellos el estudio de Manuel Segundo Sánchez. Allí hay de todo en punto a rostros del Libertador, los verídicos y los imaginarios. Pero el propio Bolívar, ¿acaso no manifestó por escrito al general Robert Wilson su satisfacción por el retrato que le hiciera en 1825 José Gil de Castro en Lima? Y el hijo de Wilson, Belford, quien fuera su edecán hasta el año de su muerte, ¿no dejó un testimonio claro e irrefutable ante la fidelidad de un retrato que le hiciera en Cartagena Antonio Meucci en 1830, retrato que compró y mostró a Diego Ibarra, edecán y amigo de Bolívar desde la infancia y a otros que le trataron durante años? Todos coincidieron en que el parecido era extraordinario.

Pero también están, concurrentes en los mismos rasgos que describen sus allegados, el célebre perfil de Roulin, el retrato de un pintor anónimo en 1826, otros dos de José María Espinoza y uno que le hiciera en Haití un pintor de apellido Denis en 1816.

Sabiendo que la guerra, la intemperie, las vicisitudes y el tiempo han debido transformar un rostro que no siempre podía ser el mismo hasta su muerte, de sus últimos años sobre todo quedaron esas imágenes que podemos tener por fidedignas. De modo que oficializar el retrato del 2012 como único y verdadero rostro de Bolívar, me parece algo inapropiado, por más razones científicas o de otro tipo que se aleguen. Por mi parte, prefiero dejar el rostro verdadero y cambiante, uno y múltiple, entre las brumas del misterio.  

– La historia que se enseña en las escuelas venezolanas a veces es de carácter moral: este es bueno, el otro es malo. Nada más. Eso termina cercenando los matices de una historia que ha tenido más revueltas que planes, más coyunturas que procesos, entonces, figuras tan complejas como Bolívar quedan condenadas a la imagen chata de héroe intachable o de caudillo implacable. ¿Qué importancia tiene recobrar la pequeña gran historia de sus emociones, de sus sentimientos, de las circunstancias que atravesó y que explican su proceder, más allá del inventario de guerras ganadas y repúblicas perdidas?
– Aunque a mi juicio la vida interior de los héroes, sus ideales y sentimientos, sus virtudes y  defectos, sus empeños y veleidades, son tan importantes como sus hechos para obtener de ellos una visión totalizadora, el exaltar y enseñar solo los méritos y cualidades constituye práctica natural y no representa nada pecaminoso puesto que junto a la visión oficial, por lo común acrítica y marmórea, existe una historia crítica que se encarga de trazar con objetividad, documental y meticulosamente, los inventarios biográficos y, haciéndolo, expone esas aristas veladas o semiveladas.

Bolívar, como todos los que vivieron en confrontaciones, no siempre fue justo, pero cuando con el tiempo se percató de cuándo y a quiénes lastimó o agravió, enmendó o intentó enmendar la plana, como se dice. Ocurrió, por ejemplo, con el general Mariño, su rival en glorias hasta el año 1817. No así con Piar, casi diez años mayor que él, condenado por un tribunal integrado por algunos de sus amigos y paisanos, pero a quien pudo indultar y así evitar su fusilamiento.No lo hizo porque, además de que así afianzaba su hasta entonces cuestionado poder, temió que perdonándolo se desataría, por una parte, la guerra de castas, y por la otra imperaría la anarquía de la cual era implacable adversario. Recordemos que a Santander lo indultó –y no al almirante Padilla por las mismas razones–, aunque sabía que con ello daba rienda suelta a los demonios que después de su muerte abatieron a la Nueva Granada –la actual Colombia– de guerras intestinas hasta nuestros días, entronizando la hegemonía de la hipócrita y perversa oligarquía que no ha dejado de gobernar en directo o por mampuesto.

– A 235 años de su natalicio, ¿cómo cree usted que deberían los venezolanos recordar al Libertador?
– Ojalá que a propósito de cada natalicio se honre a Bolívar de la manera no tradicional que se espera de una revolución que lleva su nombre. Recordando sus lecciones, claro, pero también desenterrando las pequeñas miserias que lo rodearon y ante las cuales muchas veces debió sucumbir en función del interés superior de la independencia y, lograda esta, el de la unión hispanoamericana que una vez más, ahora mismo, es torpedeada por los mismos lacayos imperiales, con otros rostros, pero con los mismos intereses y objetivos y la misma desvergüenza.

Nazareth Balbás
Agencia RT

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